ESCUELA PEÑA DE MAGIA Y HECHICERÍA

CAPÍTULO I: 14 DE FEBRERO DE 2009
SAN VALENTÍN

El perfume intenso de una rosa solitaria llena la habitación desde un jarrón asiático en tonos azules. Pausadamente, se prepara para salir, como si fuera un ritual, como para un cita con una exigente amante. Antes de salir, echa un vistazo a puertas y ventanas y comprueba todos sus cierres. Nada parece fuera de su sitio. Por último, apaga las luces susurrando una despedida a la flor y abandona su hogar, su castillo, enfundado en un abrigo de paño.

Baja las escaleras, medio saltando, medio bailando, a riesgo de chocar con los techos, demasiado bajos en algunos sitios, mientras tararea "A time for us" de Nino Rota. El perfume denso y cálido del aceite de sándalo que se ha puesto en puños y cuello lo tranquiliza. Sabe que puede delatarlo en ciertas circunstancias pero merece la pena.

Esta despierto y descansado tras una larga siesta: la noche va a ser muy larga. Los días como éste son propicios para la caza. En los bolsillos de su abrigo, una pequeña libreta con unos cuantos sellos casi terminados y un par de bolígrafos; al cuello, el cordón de seda con el pentáculo; en su mano, los guantes de cuero marcados; en sus pantalones, cartera y llaves; en el bolso, pañuelos, un par de cristales, papeles y la caja de Luis: completamente preparado para la guardia nocturna.

A través del tabique suena el reloj de pared de don Marcial, recordándole sin necesidad de mirar en el móvil que lleva junto a las llaves que son las diez de la noche. Un poco pronto pero quiere pillar a los "madrugadores". Los adolescentes del parque del norte son presa fácil tras varias botellas de veneno líquido: hay caminos demasiado sombríos.

En el portal, un viento frío acaricia su rostro. Sonríe: la unica muestra de cariño que recibirá en esa noche. Quizá algún día comparta días como esos con alguien pero, por ahora, sólo la luna será su amante.

Como ejercicio, mientras recorre algunas calles para llegar a la arboleda, comienza con un ligero sondeo de aquellos con quien se encuentra: preguntas, prisas, tensiones y chistes privados pero, a esas horas, la mayor parte son banalidades, dudas y miedos. ¿Estará allí? Es fácil, metes el juego ese y en dos patadas, se revienta. A Arturo le queda mejor el pelo largo, ¿no crees? ¡Qué camiseta más chula! ¿Debería haberme puesto la roja? Está buenísimo. ¿Quién llevará la sangría? Cada vez es más fácil seguir hilos concretos de pensamiento. Ni siquiera precisa mirarlos una vez establecido el primer contacto, la mayor parte del tiempo parece que gritasen agónicamente su soledad, necesitados de que alguien les escuche, aunque puede ser que simplemente esté cogiendo práctica.

Cuando al final de la calle alcanza ya a ver los primeros árboles del parque, su mente deja de revolotear como una mariposa entre las flores y se recoge en su centro inexpugnable. Esa noche incluso él puede ser una víctima pues ancianos misterios se levantan medio sonámbulos buscando perpetuarse a través de los siglos. Aunque tarde, algunos grupos de jóvenes todavía se encaminan al lugar donde, como encantados por la música del flautista, se dirigen todos ellos: el fondo del parque, donde deja de serlo para convertirse en bosque.

En las sombras, a varios metros de distancia, es indestinguible de los troncos de los árboles y los setos recortados. Bajo la luz de tristes farolas se amontonan grupos de jóvenes, reunidos en torno a botellas de alcohol barato mezclado con refrescos. Protegidos en una tenue claridad no son consciente de los peligros que corren; no sólo humanos sino también inhumanos. Risas, diálogos rápidos, miradas: la necesidad de pertenecer a un grupo, de sentirse importante, de ser aceptado, de reconocimiento, de cariño. Todo ello en torno a vasos de plástico con el elixir de la vida.

Sus ojos recorren los grupos tratando de adivinar posibles víctimas: solitarios, enamorados, marginados; mientras, sus otros sentidos tratan de reconocer las señales de los depredadores y sus dedos aferran el pentáculo jugando con sus formas. A una cierta hora, abandonan paulatinamente la zona. La mayoría, en grupos pero algunos se alejan solos ensimismados en sus pensamientos. Mentalmente los sigue unos centenares de metros pero todos parecen alcanzar sin problemas los límites del parque.

Cuando apenas quedan unas decenas, advierte que una pareja abandona los protectores círculos luminosos en dirección contraria a los demás. Enamorados. Ansiosos de un contacto más allá de los abrigos, de los jerseys, de las camisetas. Ardientes. Deja ir el hilo de sus pensamientos y sondea el entorno. Allí está: un cazador. El deseo de la pareja hace que permanezca invisible a los ojos del depredador. Con el mayor silencio posible, rodea a los dos jóvenes ya apoyados en el tronco de un árbol. El parásito se aproxima saboreando anticipadamente un festín de sensaciones. El círculo se cierra. Un grito sordo de impotencia. Un golpe apagado en la hojarasca. Dos pares de miradas temerosas escrutan la oscuridad. Un susurro aterrado y una carrera hacia las farolas donde ya no queda casi nadie. Risas de los amigos. El miedo que permanece les indica la salida.

Enfrentados. La atracción desvanecida llama a la indignación del iracundo ser. Su mirada de odio, de hambre insatisfecho, se clava en el hechicero. Un sello, una circunferencia cerrada como hacía mucho que no sentía. Protegido tras el símbolo arcano, el mago observa a la criatura. Sus dedos largos, sus ojos oscuros, su pelo lacio. Vampiro de emociones. No el más peligroso pero fuerte como muchos; sin embargo, impotente ante la protección mística. Serenidad. Seguridad. Dos espadas implacables contra su adversario. Sus dedos conjuran fuego blanco como muda advertencia. La criatura da unos pasos y se desvanece en la noche. Una pequeña victoria. Ha tenido suerte.

Cuando ya sólo quedan unos pocos, abandona el lugar. Su tarea allí ya está hecha y corre el peligro de que el vampiro haya ido a por refuerzos. Sus pasos rápidos buscan la parada del autobús nocturno para ir al centro. La noche apenas ha empezado y aunque la mayoría se retirará pronto a casa, habrá un grupo de desesperados que creyendo salir de caza, se descubrirán como presa. Bajo las lámparas de bajo consumo de la iluminación urbana la seguridad aún no es completa pero puede permitirse relajarse un poco. De forma incosciente saca su libreta y comienza un nuevo sello. Práctica, entrenamiento, estudio: su auténtica arma.

Al poco, el vehículo público arriba a la parada. Sólo unos pocos hacen el viaje de regreso al centro, sobre todo a esas horas cuando la mayoría ya se agolpa en los discobares y pubes, muchos con un nivel de ruido que no soportarían de tratarse de una conferencia. Al fondo, un joven con unos pequeños auriculares se prepara para la música que escuchará cuando se reúna con sus amigos. Sin ningún tipo de habilidad especial, el conductor puede determinar cuáles son sus gustos. Mirando por la ventanilla, en la parte media, una joven ensimismada más fuera del transporte urbano que dentro. En el lado opuesto, una pareja, completamente enamorada, susurran palabras, intercambian miradas y rozan sus labios en besos dulces. En la parte delantera, una mujer mayor, regresa a su casa después de una cena familiar.

Cuando llega a su parada, en la plaza de la Justicia, se dirige sin pensar hacia la zona de bares aunque, esa noche, no va a divertirse: su deber le llama. No tiene planeado ninguna ruta concreta pues los hábitos alimenticios de los depredares habituales cambian para esos días. Se dejará llevar aunque entrará en los locales donde algunos de sus amigos suele estar más para cerciorarse de que están seguros que para charlar con ellos. La noche apenas ha empezado y algunos garitos todavía están casi vacíos. Sólo los incondicionales y los amantes del espacio libre se encuentran por allí. No obstante, en algunos, los cuerpos se amontonan entrelazados por acordes y percusiones llenos de decibelios. Pese a todo diálogos intensos se llevan a cabo matizados por algunos grados alcohólicos en la mayoría de los casos. Las cabezas se acercan buscando sonidos distinguibles entre la maraña de ruido. El lugar idóneo para la caza de sensaciones. El lugar idóneo para que algunos se alimenten.

Por fin llega a su primera parada y se interna en el discobar hasta la barra. Pide un solitaria limonada llena de cubitos de hielo y se apoltrona contra una de las paredes. En la penumbra busca señales de caza. No pretende impedir todos los sorbos que se harán durante esa noche pero al menos tratará de evitar que alguno apure la botella. Puede divisar a tres, habituales de la casa. Aprovechan los ligeros roces con los más exaltados y embriagados. Casi podría decirse que hacen un bien pues los tranquilizan. Ellos mismos protegerán cualquier entrada. No suelen desear compartir la mesa. Una de ellos lo divisa y fija su mirada. Asienten ambos en señal de reconocimiento. Aquí no va a pasar nada. Apura su refresco y sale al frío nocturno. Nada extraordinario.

El local de enfrente parece estar repleto así que cruza la calzada. En la puerta siente cómo cruza un círculo. No es normal. Sus sentidos se ponen alerta y saca su libreta. Con un par de trazos concluye un sello que le protegerá de magia contraria. Le cuesta encontrarlos. Son dos. Lo miran fijamente. Con cuidado busca otros diseños que sólo tres pares de ojos pueden advertir en la sala. Protección. Varios círculos. Están huyendo. Alza las manos en señal de paz. No le creen. Están aterrados. Uno de ellos musita un encantamiento y su dedos entrelazan hebras de color púrpura, invisibles para los mundanos. En ese instante, el círculo externo se rompe. Puede sentir los residuos esparcirse por el suelo, absorbidos por la tierra. Se gira buscando la causa. Aparentemente no ha entrado nadie más pero podía estar allí hace algún tiempo oculto bajo una sombra. Un cálculo rápido le permite trazar el origen de la falla en el círculo y descubrir quién lo ha destruido. De algo sirven las matemáticas. Un brujo. Un señor de los espíritus. Está disfrutando con el miedo. Parece que le alimenta. No hay barrera contra ello. Intenta adivinar cuántos servidores lleva: dos espectros y una sombra. No demasiado para él. Quizá sí, para la otra pareja. Le asaltan preguntas: ¿quiénes? ¿por qué? ¿debería intervenir? Sin nada más, puede equivocarse. Sólo espera que no haya bajas colaterales. Se hace a un lado e intenta sondear la mente de alguno de los magos. Sin resultados. Sólo tienen miedo, un miedo atroz a lo que vaya a sucederles. ¿Cuál habrá sido su pecado?

Discretamente, saca su libreta y comienza a esbozar un nuevo sello para proteger a los inocentes danzantes que no se han percatado de la avaricia de los espectros. Espera que el brujo los tenga fuertemente controlados. Levanta ligeramente la vista del papel. Se ha acercado a la pareja y una siniestra oscuridad los rodea. Ese es el momento de cerrarlo. Concluye la última línea y traza en el aire la señal que protegerá a los jóvenes del bar. Ahora libre, intenta indagar en las mentes de los atacantes. Hambre: los espectros. Odio: la sombra. Sed: el brujo. Necesidades primarias, vivencia del momento. Se concentra un poco más. Sin testigos. No quiere dejar testigos. En el lugar equivocado, en el sitio equivocado. ¿Para quién trabajará el brujo? ¿Por qué la pareja se involucró? ¿Pasaba por allí por casualidad? En cualquier caso, el brujo no estaba haciendo algo que debiera hacerse. Un momento, ¿tratos con demonios? Una daga acaba de brillar a través de la oscuridad. Eso sí que no. Invoca un relámpago espiritual. Uno de los espectros desaparece con grito de sorpresa. El brujo se revuelve con asombro. ¿Quién le está plantando cara? Antes de que pueda hacer otra cosa, una nueva llama blanca se lleva al otro espectro. Una mirada de odio intenta atravesarlo como si fuera una lanza medieval. El sello de protección que trazó antes de salir de casa, aguanta el ímpetu maligno. En la daga que lleva gotea algo de sangre. Está llegando tarde.

El brujo se abalanza sobre él, en un acto reflejo se aparta y utiliza la fuerza de su mente para arrebatarle el cuchillo. Sólo consigue que salte en las manos de su dueño. Lo suficiente para que en la caída que provoca su ataque, se lo clave a sí mismo. Cuando parece que no va a levantarse, su cuerpo se difumina y desaparece fundiéndose en las sombras, en la sombra.

El ruido parece surgir entonces en el silencio irreal que los rodeaba. La penumbra retorna de la oscuridad que había reinado durante unos instantes. Se acerca a la pareja. Siguen asustados y en la mano de ella todavía hay un destello verde. Levanta las manos. No quiere hacer daño a nadie. La luz desaparece. El hombre está encogido. Aprieta su brazo intentando contener una hemorragia. Si ha visto bien el acero y al negra empuñadura lo va a tener difícil. Se intenta acercar. No le dejan. Ofrece sus manos brillantes con cautela. Le dejan hacer. Con un gran esfuerzo que le drena física y psíquicamente, consigue parar la efusión sanguínea. Sin embargo, le va a quedar una grave cicatriz: magia negra. Sonrisa de agradecimiento. No es nada, tened cuidado. Les ofrece un sello de ocultamiento que cogen agradecidos. Tras ello, sale de nuevo a la noche fría.

Sin poder evitarlo, se relaja. Ha estado cerca. Si hubiera habido otro espectro, no habría podido liberarlos. ¿Dónde estaría el lugar del ritual? No se atreve a encaminarse hacia allí. Un escalofrío recorre su espalda. Algo le dice que será mejor dejar el cierre a otros mejor preparados: a alguien con poder absoluto sobre los etéreos. Necesita azúcar. La magia drena muchas energías. Marcha a uno de los locales donde sirven comida. La dueña ya lo conoce: un snack de chocolate y una bebida isotónica. El cuerpo puro, lo llama. Es gracioso. Al menos, alguien sonríe por sí misma.

Se acercan las tres de la madrugada y los locales empiezan a vaciarse de gente tranquila y de parejas. Sólo quedan los nocturnos, los borrachos y los desesperados. No puede hacer mucho. El número de víctimas probables es demasiado elevado para cubrir todos los frentes. Espera que haya otros como él haciendo rondas aunque todavía no se ha topado nunca con ninguno. Decide volver a casa y hacer alguna ronda por su barrio. Comienza a sentirse cansado y deja que sean los propios depredadores los que se controlen.

El camino es largo sobre todo porque da varios rodeos por algunas calles aledañas a las zonas de marcha donde ha descubierto en ocasiones algún desaprensivo. Casi alcanzando su portal, un sonido de satisfacción procedente de una oscura entrada, alerta su sexto sentido. Bruscamente se gira y divisa en la sombras lo que podría ser una pareja dando rienda suelta a sus sentidos en un viejo diván colocado en la entrada. Sin embargo, no es así. Incluso a esta distancia puede notar cómo el flujo vital es absorbido. No ha llegado a tiempo. El cuerpo inerte cae a un lado. La temible criatura se levanta y dirige sus sensuales formas hacia la puerta. Le ha visto. Corre, le gritan todas las células de su cuerpo. Sin embargo, su mente le dice que antes debe cubrirse las espaldas. Saca nervioso su libreta, la abre por una página concreta y pone su mano en el hierro frío de la hoja antes de que su adversaria llegue a ella. Unos ojos negros como los abismos marinos se fijan en su rostro unos instantes. Ahora sí, corre. Como un escolar saliendo de la clase a última hora, da media vuelta y huye. No mira atrás. Seguro que bate su propia marca en carrera corta. Lástima que no haya nadie dispuesto a cronometrarlo. En menos de dos minutos llega a su propio portal habiendo recorrido un par de manzanas, sorteado un par de cubos de basura y girado en cinco esquinas. Está muy cerca pero es más seguro que vuelva a su casa. Traza un signo de borrado y cruza los dedos confiando en que funcione. Después, saca sus llaves y, aún jadeando, abre la puerta.

Ya en casa, tras haber asegurado de nuevo los sellos, reflexiona sobre la noche mientras se prepara un vaso de leche con cacao y unas galletas. Intensa: un vampiro menor, un brujo y una ninfa oscura. El primero ahuyentado pero no derrotado; el segundo, transformado en sombra y la última retenida y, quizá, espera, despistada. Necesita mejorar mucho para enfrentarse a estas amenazas con una mayor posibilidad de victoria. Quizá debiera repasar más en los libros que todavía tiene de Luis; aunque pocos, pueden hacer su magia más poderosa. También debería salir a correr más a menudo, por si todo lo demás no funciona. A sorbos, la leche caliente le sienta bien y lo adormece un poco. Se desnuda y se prepara para dormir. La claridad del nuevo día se advierte tras los cristales. Baja la persiana. Mañana es hoy.


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