Bagardo Kedoto, un hombre poco agraciado, habías sido marginado por sus convecinos y objeto de sus burlas por su corteza de miras durante su niñez. Ello terminó degenerando en un carácter amargo y resentido que provocó un mayor aislamiento y desprecio entre los que lo conocían. Hace unos años, salió de su tierra natal, Amane, en la costa norte del Imperio, y estuvo vagando por las distintas regiones del Imperio intentando encontrar su sitio. Nunca fue bien acogido ora por su desgradable apariencia, ora por su carácter débil, ora por su retorcida imaginación. Finalmente recaló en Sainur, la capital de Keromte, el ducado de los mineros y allí estableció contacto con los siervos de Eshara, la diosa de la corrupción y la enfermedad.
Con ellos, encontró el reconocimiento que buscaba y un cariño aciago. Vagabundo por los pueblos imperiales, buscó lugares donde llevar la semilla de la enfermedad y la desgracia: los pueblos más felices.
En Gaerald era el tiempo de la cosecha y los campos estaban llenos de los frutos del trabajo y la bondad de los dioses. Las esperanzas se habían visto satisfechas con creces y en la baronía se respiraba un ambiente de felicidad y prosperidad. El día de la fiesta de Ariana, la dama de la espiga, prometía ser realmente espléndido para todos aquellos dispuestos a disfrutarlo.
A lo largo del día se sucedieron justas y juegos donde casi todos los habitantes de la villa participaron de una forma u otra, bien animando, bien disputando su premio. Un grupo de juglares tocó sus instrumentos desde un estrado toda la jornada, los posaderos del Tronco Verde ofrecieron sus mejores caldos y sus mejores comidas, algunos aldeanos emprendedores mostraron y vendieron sus productos a vecinos y foráneos y la chiquillería gozó cada rincón del pueblo incluidos los vedados habitualmente.
El crepúsculo dio comienzo al colofón de la fiesta. La bebida corría a cuenta del barón y unos caleros humeantes ofrecían sus viandas a aquellos que no habían tenido suficiente con el rancho de la tarde. La música no paraba de sonar y todo el mundo quería aprovechar al máximo la horas nocturnas. Los niños jugaban entre los bancos situados en un extremos del prado, las parejas se cortejaban en las danzas y los bailes viviendo nuevas sensaciones o recordando algunas viejas y los amigos reían en torno a jarras de buena cerveza.
Cuando algunos comenzaban a retirarse y los fuegos artificiales de los Sotonake brillaban en el cielo, Sunu Anatasi y Fernuk Aniamasa descubrieron unos niños que parecían haber tomado algo del alcohol reservado a los mayores. Tras llevarlos a casa, se percataron de un nauseabundo olor procedente del pozo. La alarma despertó en sus corazones y fueron a buscar a Kanara, amiga del primero e hija del segundo por si se trataba de algo peor de lo que pensaban.
La curandera acertó en seguida con lo que les sucedía a los muchachos y lo relacionó con el hedor procedente del pozo: los escalofríos de Eshara, una enfermedad que podía causar la muerte si no era tratada de forma adecuada. Esa noche algunos no durmieron y otros tuvieron que levantarse temprano para evitar que una epidemia se extendiera por el pueblo.
Kanara comenzó a ocuparse de los enfermos, ayudada por las brujas Odome, Sunu Anatasi y los sacerdotes solares: Lucon Carin y Menesera Laina mientras el hijo del barón Ounor se ocupaba de la limpieza del pueblo. Damen fue convocado por su amigo al castillo y le solicitó que le ayudase a encontrar al culpable. Este fue a buscar a Korion con el que comenzaba a llevarse mejor de lo que imaginara cuando lo conoció. Por supuesto, Kaida se apuntó a la excursión sedienta de una nueva aventura y también contaron con la magia de Aliel, el ermitaño, que se ofreció al instante cuando se enteró del problema.
La búsqueda comenzó con buen pie pues, gracias a la intuición y el buen hacer del hijo del herrero, supieron por dónde había marchado el causante de sus problemas. Cabalgando a lomos de los caballos más rápidos de la baronía y sin más percance que el encuentro con unos salteadores, alcanzaron en Ataida al culpable de la epidemia: Bagardo Kedoto.
Al principio, el homicida logró casi convencerlos de que simplemente transportaba componentes alquímicos para un nigromante pero la agresividad de Kaida mostró la auténtica faz del corruptor. Por suerte sus acciones no provocaron mayores daños que unos días en cama para la hija del alquimista que precisó para recuperarse de unos escalofríos y la muerte del desdichado Bagardo.
Por su parte, en Gaerald, la ciencia de su más destacada sanadora permitió que sólo una infeliz pareja muriera de lo que podría haber sido una plaga para la baronía y todo quedase para la memoria como un mal sueño.
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