Cuando el Imperio Ardantesio era sólo una región casi sin civilizar en el centro del continente, otras razas luchaban por su hegemonía. Durante tres siglos, el reino oscuro de Gordaner, comandado por el rey brujo semiinfernal Katsemin, impuso el control sobre todos los reinos circundantes. Los pocos que se le oponían eran brutalmente aplastados o arrinconados en las costas y acantilados del norte donde apenas lograban sobrevivir. Meta tras meta, la ambición del hechicero no tuvo límite y finalmente anheló el poder de los dioses. Para ello forjó su obra maestra: el hexaedro de acero, un artefacto de gran poder que le permitiría asaltar los infiernos. El brujo estuvo preparándose durante años y, cuando lo consideró adecuado, cuando creía segura su victoria, abrió la puerta y alcanzó el reino demoniaco.
Sin el control del nigromante, el reino que había creado se desmoronó en luchas intestinas. Durante decadas no se supo nada de él hasta que un día una puerta de fuego y piedra se abrió en las montañas durante unas horas. Una figura terrible, hecha de humo y fuego, depositó el hexaedro y después desapareció. Algunos relatos cuentan que el propio Katsemin, bajo su forma divina, dejó el artefacto para llenar el mundo de una oscuridad que le preceda.
Las fuerzas del bien han intentado destruir el hexaedro pero no han tenido éxito. Según los arcanos grimorios que se consultaron en la fortaleza caída de Katsemin, sólo la luz pura que incida sobre el hexaedro puede destruirlo. Por ello, han tratado de esconderlo en lugares diversos para que las fuerzas de la oscuridad no se hicieran con él.
Hace cuatro siglos, un druida de la Hermandad Blanca escondió el cubo bajo las raíces de un árbol joven. Con el tiempo, el árbol murió y hace unas días, unas lluvias desenterraron el hexaedro. Durmin, el primogénito de Akharia, estaba recogiendo romero en el bosque cuando vio un objeto brillante en el suelo. Se acercó curioso a indagar y segundos mas tarde Skipir aparecía bajo el sol del mediodía en el bosque de Gaerald.
Sunu Anatasi realizaba una sesión de meditación en los aledaños del bosque cuando una especie de mono alado atrajo su atención. Incapaz de reconocerlo pero adivinando su naturaleza demoniaca trató de seguirlo infructuosamente.
Por su lado Gata Edron, en uno de sus paseos habituales por el bosque, descubrió el rastro de una criatura antinatural. Alarmada, recabó la ayuda de sus amigos y junto con Sunu emprendieron la búsqueda.
Merced a un golpe de suerte, sus pesquisas los llevaron a las colinas cercanas donde al parecer los extraños seres habían establecido su guarida. Tras el primer combate, en el que los infernales fueron enviados al limbo, Aliel identificó los seres como diablillos menores. Aparentemente no iban a resultar un problema para el avezado grupo.
Sin embargo, esa noche, mientras hacían guardia Kaida y Gata, Skipir y varios de los suyos sorprendieron a las hechiceras y, tocándolas con el hexaedro arcano, capturaron sus almas. Igual suerte hubieran corrido todos si no hubiera sido por el sueño ligero de Damen y Aliel que tras despertarse consiguieron hacerse cargo de todos y evitar la magia del maligno cubo portado por el diablillo líder.
Consiguieron derrotarlos pero las féminas del grupo no aparecieron de nuevo encerradas para toda la eternidad en el poliedro mágico. El resto, advertido por la sabiduría de Aliel, evitó tocar el artefacto y transportándolo con sumo cuidado al templo de Manah de Gaerald, lo sepultaron en una de las criptas con la ayuda del padre Lucon en espera de descubrir la llave o la forma de destruirlo.
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