NAVEGANTES DE LA PLUMA

Nº 2 - NOVIEMBRE 1995

EDITORIAL

¡Bienvenidos otra vez!

Ha pasado casi un año desde que nosotros, Navegantes la Pluma, y vosostros, biblionautas, nos encontramos por última vez. Allá por diciembre dejamos nuestro navío en buen puerto y, ahora, emepzamos una nueva andadura.

Desde aquel invierno, que ya se nos antoja lejano, hemos transitado por una vía de peregrinaje en la que las paradas han sido, quizás, demasiadas. Así, hemos atravesado los Páramos de la Apatía, salvado las alturas de las Montañas de la Adversidad y vadeado el Río negro de la Desesperación. Algunos de nosotros se quedaron en el camino y ya no los encontraréis en nuestras páginas. Han sido, probablemente, graves pérdidas pero hemos de seguir adelante.

Sin embargo, pese a todos estos obstáculos, en apariencia insalvables, alcanzamos al fin la meta de nuestros viaje: la Ciudad de la Nueva Ilusión donde hallamos la Catedral de la Esperanza en la Plaza del Compromiso. Y, como siempre, nuestro accidentado periplo tuvo la virtud de lograr en nosotros nuevas obras que, mediante el ejemplar que tenéis en nuestras manos, llegan ahora hasta todos vosotros.

Por último, una vez más, os pedimos indulgencia por los fallos que podamos haber cometido y esperamos que disfrutéis con nuestros poemas y relatos tanto como lo hemos hecho nosotros al concebirlos.

Un cálido saludo y hasta la próxima.

El Navegante de la Pluma


EPIDEMIA

El Imperial Boralia dominaba perfectamente el esférico, mareando continuamente a su rival, el Sub-X, con rápidos y certeros pases, así como jugadas de indudable belleza y efectividad. El resultado, evidentemente, no podía ser más claro: el equipo visitante iba por debajo en el marcador, tanto que, de no ser porque el estadio del Boralia ofrecía unos inmensos paneles que indicaban el tanteo, nadie hubiera podido decir con un mínimo de seguridad por cuanto perdía el Sub-X. Este era un equipo totalmente desconocido allí en el Imperio, y eso resultaba realmente extraño, pues Boralia se ubicaba en el centro de la Galaxia y tenía unas comunicaciones envidiables. Pero bueno, en aquel insondable cosmos siempre había algún sistema planetario perdido del que jamás se había tenido noticia. De hecho, entre el público no se veía a primera instancia ningún seguidor del Sub-X, todos eran fanáticos del Boralia, y le dedicaban gritos tan fuertes de animo como les permitían sus gargantas.

- ¡Vamos, Terk, el balón es tuyo!

- ¡Venga, a la victoria! -gritaban.

El Sub-X estaba visiblemente desmoralizado, tanto, que sus jugadores ni se movían. El tanteo estaba siendo escandaloso.

Y mientras tanto, el público seguía apoyando fervientemente al Boralia. Bueno, no todos. Un escrutinio más exhaustivo de los que allí se hallaban congregados revelaba la presencia de uno, uno solo, que parecía ser seguidor del otro equipo. En contraste con lo que podía esperarse de su estado de ánimo en aquellas circunstancias estaba contento, incluso radiante. Se le oía decir entre el griterío:

- Ja, ja, ja.

El partido transcurría rápidamente sin ninguna variación en la tónica del encuentro, con la misma superioridad aplastante del Boralia. Sin embargo, e incomprensiblemente, el hincha del Sub-X seguía riendo:

- Ja, ja, ja.

Y de repente, tan inesperada como penosamente, tuvo lugar el comienzo de una catástrofe. Sin motivo alguno, de forma inextricable, los jugadores del Boralia empezaron a caer violentamente al suelo, presos de dolores acerbos.

Antes de que los seguidores pudieran siquiera tomar conciencia de lo que sucedía, todo el público comenzó a experimentar los mismos efectos que sus ídolos y fueron desplomándose uno a uno, víctimas de intensos retorcijones. Todos, menos el seguidor del Sub-X.

Un hincha contrario, que agonizaba lastimosamente a su lado, le dijo con un hilillo de voz:

- ¡Es una epidemia! ¡Hay que acabar con ella! Pero... ¿por qué no le afecta a usted?

El aludido le dirigió una sonrisa desdeñosa y le respondió:

- Imposible. Yo soy la epidemia. Ja, ja, ja.

Fernando Lafuente


UN DIA DE PRIMAVERAL OTOÑO

A Javier,
peregrino con nombre.

Apareció en el llano
con el paso mágico del caminante
y al picaporte llama;
mas, por respuesta, le llega el silencio.
De entre las olvidadas casas
que alberga la calle del Paso,
sólo una entreabre su puerta
para cerrarse a la búsqueda
de la hipócrita y fría moneda.
El jovenzano. Del que su rostro
no habla de años. Anida en su frente
bucles rizados; maíz hogaño.
La puerta se cierra...
Reemprende la marcha
y se acerca al único jardín,
jardín que señala el alfa y omega
del pequeño pueblo.
Del otro lado del mirador,
domina robusto y majestuoso
el aromático eucalipto.
Generoso en hojas, como generosa es
la mano que lo plantara.
El eucalipto, que no conoce de egoísmos,
le da la bienvenida al muchacho
invitándole a cruzar el pórtico.
Junto a él, próspero en hojas
y añorando el azúcar de sus frutos
con los que obsequiar al joven,
se acomoda con dulzura el níspero.
¡Aragón y sus hombres!
Aragón y sus gentes.
Tienen aquí cuerpo de árbol,
poseen alma acogedora y noble.
Son el cerezo y el ciprés,
el ciruelo o la hierbaluisa.
Brazos que tienden su ayuda
al peregrino de este siglo veinte.
La huerta pródiga y luchadora
tiene el nombre de Costa
y la inmortalidad del lienzo
perfuma en laurel
la acogida del recién llegado.
¡Por unas horas! Compartiendo sonrisas.
¡Por unas horas! Amigo, dueño...
y señor de relatos sin quimeras.
Por unas horas...
El joven de los mil lugares
tuvo el calor de un hogar
y alimentó su caldera.
Por unas horas...
el joven, que en amigo viniera,
al "Mirador de los Poetas"
trajo a nuestra soledad
la razón de ser, la razón de amar.
Ello aconteció
una tarde de primaveral otoño.

Aguilar d'Ebro.
15 de Octubre de 1995.

Tadeus Mou (Carmen Amigó)


VIENTO Y FRÍO

Hace viento y frío.
¿Dónde estás, amor mío?
Mi semblante es sombrío
y mi corazón no late
porque está vacío
de la sangre que no puede darte.
Y este amor
se siente infame
si no puede besarte.

El sol nunca brilla
para aquel que no tiene
ni amor ni compañía.
Y el frío congela,
endurece y amortaja,
en una cruel condena,
a aquel que no escapa,
que no rompe las cadenas
del egoísmo envilecido.
Escupid ese amargo vino
que bebéis cada domingo
diciendo que sólo os valoráis
a vosotros mismos.

Nada es eterno ni duradero.
Lo que antes te hacía grande,
ahora te hará pequeño.
Pero nada importa
si te puedo decir que te quiero.

El viento arrastrará las hojas caídas
de nuestra vida.
El viento se llevará
la tierra que alimentaba
nuestras raíces perdidas.

El viento se llevará
todos nuestros sueños
mientras poco a poco
nos hacemos viejos,
pero nada importa
si puedo decir que te quiero.

El cielo, la luna
y las estrellas
se podrán caer al mar,
pero nada de lo que he dicho
podrá cambiar.

Porque no me importa
ser extraño y vagabundo,
ser odiado y castigado
y recorrer todo el mundo
para estar a tu lado.

Y no deseo nada,
ni poder,
ni fama,
ni riquezas,
ni oro,
ni gemas,
ni dinero
si no puedo decirte que te quiero.

Hace frío y viento.
Estés donde estés,
iré a tu encuentro.

Antonio Ullod


XLV

Las palabras vuelan
en un caos informe,
sin sentido
en mi mente.
El bolígrafo corre,
la hoja se emborrona,
los tachones se suceden
sobre una hoja de papel.
Y un grito impotente,
una voz ahogada
a través de la niebla,
del vacío.
Y el viento
a través de la ventana
tirando las hojas
de una vaga ilusión.
Y todo,
para escribir
una hoja en blanco.

Nauta


RECUERDOS DE ESPUMA

Como en un canto absoluto
es tu voz la que me llama;
como un murmullo susurrante
pero resonando todavía en mi alma.
Tu recuerdo todavía me atormenta,
pero sigo de pie, en el acantilado.
Miro el océano y deseo tierras lejanas;
pero se hallan distantes, inalcanzables,
y mis ojos lloran de impotencia.
Al fin lo lo soporto más
y dejo a mi cuerpo solo
en manos de la inconsciencia.
El grito de la gaviota
y el ulular del viento,
me dan el soplo de la vida
para aguardar nuestro encuentro.
Pero todo acaba siendo
un pozo sin fondo,
de agonías y lamentos;
porque sigo de pie arriba,
vacío y sin sentimientos.

El Navegante de la Pluma


Siempre he querido...
besar tus labios,
pero mi soledad me lo impide,
las tostadas no tienen mantequilla,
y si la tienen, no está fundida.
Los desayunos me amuerman,
el café me tranquiliza
y tu presencia... me desestabiliza.
El zumo no tiene pulpa
ya sé que no es tu culpa
pero me sabe a sal,
la idea de desayunar en soledad.
La mermelada...
está helada,
y es que... sin tu amor
todo está en refrigeración.

Félix Viana


La palabra sorda de tu garganta
alejada por mi dolor escandaloso;
y tu voz huye marchita
perseguida por el tiempo.

La presencia tuya en mi vida
quebrada por días de gloria,
gloriosos y fugaces;
y tus manos frías ignoran lo amargo.

La imagen difusa del presente
alterada por mis lágrimas impotentes;
y tu cuerpo yace muerto en ese rincón,
inmerso en el olvido de las gentes.

Inerte tú,
todo se detiene.
Y ahora tan sólo me queda
añorar tus palabras,
desear tus manos
y evocar tu imagen.

Namaste


EL ÚLTIMO AMANECER

Cuando sale el sol, qué triste es tener que ver este precioso amanecer desde la "ventana" de un pordiosero refugio. Qué bello es observar con devoción este dorado horizonte, las nubes ardientes y el sol despertando; y es tan satisfactorio observar, después de todo, este bonito amanecer y este tierno fenómeno natural que se repite cada día... ¡Ya está! Tenían que estropear este momento tan especial el ruido de los aviones que resuenan una vez más tras el último bombardeo de anoche. Cada vez que oigo uno, todo el cuerpo me empieza a temblar y pienso que es el fin. ¿Por qué tienen que hacerse los hombres la guerra? ¿No son hermanos? Que dialoguen, ¿no? ¿O es simple tozudez de humanos?

Finalmente se alejan; poco a poco, pero se alejan de aquí. Los niños, cuando los oyen, se ponen a llorar desconsolados y, en el momento que vuelven a caer las bombas, todo es un caos, parece el fin, hasta que una vez más acaba y volvemos de nuevo a nuestra "normalidad", a nuestra sórdida realidad. No sólo tenemos enemigos militares, ya que además el frío y el hambre son nuestros peores adversarios. Tienes una ración mínima al día y por cada manta, diez personas. No existe egoísmo porque en esta situación límite tenemos que compartir todo.

¡Otra vez! ¡Los aviones! Ahora parecen más cerca. ¿Qué ha sido ese ruido? ¡No, bombas no! Comienzan a caer de nuevo más bombas y se sienten cada vez más próximas al refugio. Todo retumba y se mueve. Ahora sí que moriremos. Quiero ver la última luz de mi vida. Respingo de nuevo mi cabeza hasta el ventanuco y observo mi último y decadente amanecer.

Marian


Su corazón no tiene morada aquí, entre los mortales.
Sólo los latidos son perceptibles, casi confusos.

La realidad se asemeja a un sueño cubierto de brumas,
brumas qie ceden ante un camino,
camino entre el amor y el desamor,
camino donde el pulso de vivir se desboca,
camino cubierto de suaves perfumes y flores de amapolas.

Mil rayos de sol son pocos para iluminar este idilio
que fluye desbocado entre sombras y tinieblas.

Todo mi mundo para ella, por ella.

Ni los ángeles beberán del néctar de su boca
porque correré y volaré para atraparla.
Entre mis brazos se desvanecerán sus deseos
y mis ansias tendrán fin por siempre.

Alberto Navarro


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