Entre una niebla asfixiante,
marea impersonal donde las haya,
se te puede ver allí a lo lejos,
un alma perdida y solitaria
que naufraga en la barra de un bar.Me vuelvo y te observo por un instante.
Tu triste imagen se me queda grabada
en la retina y me aflijo al recordar
que yo también estuve así.¿Qué te ha pasado, niña?
Imagino cientos de situaciones varias
que te hicieron varar
entre las rocas de ese olvidado rincón.Tu alma llora mas ya no queda
recipiente para contener tus lágrimas de metal.
Una cita que no se produjo nunca,
el fin de un turbio amor,
donde sufriste lo indecible,
o es que estás envuelta en un manto
de obligada soledad
del que no te puedes desprender.Apuras el cigarrillo con furiosa tensión.
Tu alma ya ha escapado de tu lánguido cuerpo,
y de repente pareces un triste espectro
que pide a gritos saltar de este tren en marcha.Esquiva, intentas sin conseguirlo
escapar de las anónimas miradas que te acosan.
Aunque no te conozco, niña,
te acompaño en tu amargo pesar.
La noche te aguarda cuando salgas
y sabes que hoy no tendrás a nadie
que te proteja del frío.Con los sentidos desorientados por una pena
que no pediste cargar a cuestas,
caminarás sola entre las sombras,
queriendo acabar esta parodia de vida.Quisiera poder decirte que encontrarás un camino de luz
que te lleve a frondosos valles,
donde puedas encontrar de nuevo
la ilusión de un niño
que descubre el mundo por primera vez.Mi dulce solitaria,
esta noche todos somos un poco tú.
Contemplando el cielo granaíno,
respirando tu esencia de mujer,
eleváronse mi alma y mi espíritu
con la gracia de los azules mares
que surcan el horizonte de tu piel.Ojos moros en la noche,
danzarina furtiva
bajo estrellas y luceros,
mi corazón al fin sonríe
por despertar junto a tu pecho
un nuevo día.Y en el mirador de San Cristóbal
del Albaicín, dulce aroma,
donde te entregué mi vida.
¡Ay, morena de mis sueños!
¡Por ti se rinde la Alhambra!Fuente junto al Darro
que no apaga mi sed por ti,
cielo granaíno
de Sierra Nevada y de jazmín,
como el Mula-Hacín
así me enamoré yo de ti.
Dolor,
dolor amargo,
por no tenerte,
porque no me amas.
Dolor,
dulce dolor,
por no olvidarte,
porque yo te amo.
Dolor,
dolor amargo,
por estar cerca,
porque no lo estoy.
Dolor,
dulce dolor,
por lo que siento,
porque te quiero.
Ha cesado la tormenta
y ya no se ven nubes negras
en el cielo.
He abierto las ventanas de par en par
y mi vida fluye constante
cada día que amanece.
Ya no me amilano ante la adversidad,
ya no consiguen asustarme esas sombras,
aquellas que construyen mi futuro.
Las aves del sur vuelven del exilio
para decirme que siguen allí.
Buscaré en las raíces de la tierra
para aprender más sobre mí mismo.
El conocimiento será la llave
que me permita mirar de cara
a las estrellas en la fría noche.
Hoy el sol brilla con fuerza
y me siento como nunca antes,
pensando en que nada me va a parar.
Es hora de soltar lastre,
es hora de volver a sentir aire fresco
de nuevo cada mañana.
Dejaré atrás viejos fantasmas
y me pondré mi mejor traje,
regalándole al mundo la mejor de mis sonrisas.
Hoy es un día maravilloso,
ideal para afrontar el futuro con decisión.
Cada amanecer se despierta,
a sí mismo se llama
y en sí mismo se reencuentra.
La madrugada es fría
y el reloj con su sarcástica mueca
de irónica victoria rutinaria
le devuelve una imagen
que ya apenas reconoce.
Ningún espejo cercano
se acostumbra a su figura
en esas gélidas horas
en las que la ciudad, despistada
se ha vestido de luces.
Mientras susurros lejanos
de dudas y recuerdos
bañan su mente y sus ojos
a veces de alegres pensamientos,
a veces de sucias telarañas insolentes
Hoy desperté sin Luz.
Ella se marchó, silenciosa,
en una hora rasgada,
en un minuto sombrío,
en un segundo inesperado.Ella se fue, rauda,
en la noche traidora,
señalando su rastro
con saladas lágrimas.Ella me dejó
por almohada a la luna,
en un cielo rutilante
que no entiende de palabras.El roce de las esferas
estorba el silencio
de este cuarto solitario
que se hace asfixiante.Pero ni los recuerdos,
ni el olvido reparador,
sirven de nada
cuando Tristeza te hiere.Ella, infiel amante,
no regresará,
dejando el deseo morir
en mi cuerpo enlutado.De la noche a la mañana,
las cosas cambian”, dicen,
pero yo, llorando, sólo sé que...... hoy desperté sin Luz.
Caminaba tambaleándose, serpenteando entre las estrechas y oscuras calles. El pequeño farol de la taberna iluminaba débilmente el exterior con su pálida lucecilla. Era tarde. Dormía ya el pueblo en silencio. Desde un cielo llameante de oscuro añil, la impenetrable luna llena velaba el sueño de las gentes.
El borracho se alejaba sin rumbo, apoyándose en las paredes de piedra de los antiguos caserones. Sin saber cómo, llegó al arroyo. Las trémulas aguas danzaban al compás del susurro de la leve brisa. El suave reflejo de la luna producía un lánguido parpadeo sobre la superficie, formando inconsistentes ondas.
Martín, el borracho, con los pantalones arremangados hasta la rodilla y, tal vez, preso de un acto de locura, comenzó a pisotear la luna, intentando romperla en pequeños pedazos. Sus pies chapoteaban incesantes, inquietos, danzarines. El agua estaba fría, pues, a pesar de ser verano, la temperatura descendía notablemente cuando el día empezaba a languidecer. Pero este hecho no parecía importarle demasiado. De pronto, empezó a emitir una nerviosa carcajada que irrumpió en el silencio de la noche como un potente trueno en la tormenta. Por más que pisaba esa luna, por más que la empujaba para que se hundiera, ésta continuaba allí. Parecía que se despedazaba en las ondas y, de nuevo, aparecía entera, intacta. Dirigió una mirada suplicante hacia el cielo. Continuaba allí, impasible, reluciente. Rápidamente, se agachó de nuevo hacia las aguas para, ahora sí, poder atraparla. Pensó que ya la tenía, mientras llenaba sus manos, colocadas en forma de cuenco, del líquido transparente. De pronto, en su rostro se dibujó una sonrisa de satisfacción. Pero observó el arroyo y ella seguía allí, vibrando pausadamente en el agua.
Desilusionado y desengañado, volvió hacia las rocas de la orilla. Estiró los pantalones hasta sus tobillos y se alejó del lugar, internándose en la vereda. Estaba oscuro. Apenas se veía, pero, quizá por esta razón, el perfume de las flores parecía cobrar mayor intensidad. Y en el profundo silencio de la noche escuchó el ronco graznar de un maldito búho agorero. Durante el día, sus sentidos del olfato y del oído parecían descansar aletargados, pero cuando llegaba la noche, éstos despertaban rápidos de su intenso sueño.
Ahora se tambaleaba de nuevo a la deriva, tal vez algo frustrado por su anterior experiencia. Atravesó varios campos y, finalmente, llegó a la antigua iglesia románica que se escondía tras un corpulento roble. Siguió caminando y pronto traspasó la puerta del cementerio. La luna seguía luciendo, cándida e inocente, en el oscuro manto del imponente cielo.
Martín se sentó agotado sobre una tumba. Siempre había pensado que le gustaría escuchar las conversaciones de los muertos y, en su empeño, dándose media vuelta sobre su cuerpo tumbado, pegó una oreja a la pared del nicho que le separaba de un ya descompuesto y putrefacto cadáver. No escuchó nada. Volvió a intentarlo y, viendo que su propósito era fallido, culpó al graznido del infeliz búho, que le había seguido toda la noche. “¿Cómo iban a querer hablar los muertos con la voz del pajarraco de fondo?” El borracho lanzó una piedra hacia el árbol donde descansaba el ave. Pero iba demasiado ebrio como para, además, tener buena puntería. El búho ni se inmutó. Martín pensó que el pedrusco le había alcanzado. “¡A ver si éste va a resultar como esa maldita luna!”
Se volvió a tender sobre la tumba, mirando al cielo. Recordó con nostalgia sus tiempos de pintor callejero. Había marchado del pueblo siendo un chaval, llevando consigo nada más que sus pinceles. Muchos decían que sólo era un pobre soñador bohemio, pero Martín recordaba esa parte de su pasado como una de las mejores de su vida. Se acordó de aquella época en la que realizaba algunos retratos en la playa durante el verano. El resto del año, vendía cuadros en una concurrida plaza de la ciudad, en la que instalaba todos sus bártulos, que no eran demasiados. No era rico, pero ganaba lo suficiente para vivir. Fue más tarde cuando empezó a realizar pequeñas exposiciones de su obra en locales alquilados y, después, adquirió una sala propia en una galería de arte. A partir de ahí, su fama como pintor creció como la espuma. Sus obras eran comentadas y admiradas por artistas e intelectuales. Por supuesto, la cotización de sus cuadros también subió y, en poco tiempo, Martín se convirtió en uno de esos nuevos ricos. De repente, se veía rodeado por una desconocida atmósfera de fama y éxito. Sus bolsillos aparecían repletos de billetes que ni siquiera sabía cómo gastar... En fin, su éxito creció y creció y, finalmente, se desbordó. Y con él, se ahogó Martín, agarrado a una burbuja que parecía de felicidad. Había creído conseguir su sueño, pero, por desgracia, despertó de él demasiado pronto. Aficionado al juego, muy poco tardó en derrumbar la montaña que con tanto trabajo había construido. Así, se encontró de nuevo en su pequeño pueblo, en su vieja casa y con sus cuatro pinceles, que le habían dado la fama y que ahora le veían caer.
Martín, el borracho, suspiró. Sus párpados se cerraron lentamente y una sensación total de descanso invadió todo su cuerpo, tumbado todavía sobre una fría tumba. “Si al final todos terminamos aquí...” musitó en voz baja. “Si al final resulta que la vida es como la luna...” pronunció señalando el cielo con su dedo índice. “Somos poseedores de nuestra propia vida, al igual que vemos la danza de la luna llena en el escenario de la noche, como si nos perteneciera... Pero un día la vida se nos escapa y no podemos hacer nada por atraparla. Al igual que la luna en el arroyo. Se escapaaaa... Nos es arrebatada, como la vida.” Calló un instante y, tras unos segundos y con la voz entrecortada, prosiguió. “La felicidad, la gloria, el éxito, la fama... son ideales inalcanzables, incorpóreas ilusiones, inconsistentes utopías. Soñamos toda la vida con tocar esa estrella y, cuando estamos a punto de hacerlo se desvanece en el aire, volátil, alejándose de nosotros. Vivimos en un permanente engaño.” Movió sus manos en el aire, dejándolas flotar como flotan en la atmósfera los deseos, las ambiciones, los sueños... “¡Qué fastidio!”
Si necesitas algo, puedes contactar con nosotros a través de nuestro correo electrónico.