NAVEGANTES DE LA PLUMA

Nº 13 - FEBRERO 2004
ABECEDARIO

EDITORIAL

Bienvenidos, biblionautas.

Hace diez años, un grupo de personas con el interés común por la palabra escrita se juntó merced a la llamada de un loco soñador. Esa reunión logró plantar la semilla de un pequeño árbol en los yermos literarios de esta sociedad materialista. La luz de la luna, el calor del sol y el cuidado amoroso de algunos de aquellos aprendices de jardinero y otros más que se unieron a la aventura, consiguieron que el retoño comenzara a echar hojas y, al poco, diera sus primeros frutos.

Nunca fue muy grande ni tampoco frondoso. Hubo tiempos estériles en los que pensábamos que se moría pero, tarde o temprano, podíamos tener en nuestras manos una nueva cosecha de sus delicadas ramas.

Esta vez, su madera ha querido ofrecernos algo distinto. Su savia ha dado veintisiete frutos surgidos de cada nota que sus hojas extraen del viento y de las estrellas, de la lluvia y el cielo.

Aquí tenéis la magia del momento. Confiamos en que nuestra labor de jardineros os haga disfrutar de la A a la Z.

El Navegante de la Pluma


A - CREPÚSCULO

Abre los ojos una vez más,
hazlo por mí, por favor.
Siente la brisa del mar,
aquella que un día te vio nacer.
Miles de recuerdos volverán,
momentos en los que fuiste feliz
y pudiste sentir el poder del amor.
Cae la tarde en este ocaso de sensaciones
y el horizonte te anuncia
que se acerca el final.
Mas sabes que aún queda algo por hacer
antes de que baje el telón.
Querrás despedirte de las estrellas,
cerrarás los ojos recordando
ese dulce pájaro de juventud,
creyendo ser el niño que nunca creció.
Te despedirás como siempre lo hiciste,
sin ruido y sin dolor,
porque sabes que un simple "te quiero"
será suficiente legado para todos.
El sol se pone en el horizonte
y la oscuridad te da un cálido abrazo,
regalándote unas ultimas lágrimas
de felicidad.

Emilio Gómez


B - BAJO LLUVIA

Sucumbe bajo lluvia
la ilusión ignorante,
sus gotas arrastran
sueños ansiados.

Mas el ogro de las nubes
truena con gélida voz:
las ondas rompen
quebraderos inútiles.

Y la desazón resultante
se desliza bochornosa
en esta tarde de verano
que dejará triste tormenta.

Elisabet Garrido


C - CUANDO HABLA LA OSCURIDAD

Deja que la oscuridad murmure
límites inconexos y atroces
allí donde tenues destellos
de variopintos amaneceres
que sonríen victoriosos
proclamando el devenir
de la noche de las ventanas rotas.

Fronteras absurdas se desnudan
en el interior de mi mente
y una vez más
se despiertan mis ojos
mártires del repiqueteo
de los tambores
que desplazan mis sueños
y los renuevan
dejando así morir la noche
y asumiendo el estallido
de un joven amanecer.

Nacho Giménez


D - DESTRONO DE UN REY

Después de que un buen Rey perdiera una batalla, curóse sus heridas con su propio llanto interior y el amor de su Reina. ¿Y cómo el Rey recuperó su fuerza y su alegría?

-Veo al amanecer un sol deslumbrante que será mi estrella en el horizonte, mis escuderos alimentan mi valeroso caballo y que, como yo,lucirá una armadura gloriosa de coraje y de valor pero, tesoro y Reina mía, mi ánimo todavía está enterrado bajo mi sangre que fue derramada en el campo de batalla y necesito tus besos, esta noche, por piedad y por Santiago apóstol. Te anhelé tanto entre las lanzas y los escudos que, incluso, creí ver tu rostro de cisne reflejado en el acero de mi espada König.

El rey comenzó a llorar como nunca antes lo había hecho; tanto, que parecían surgir ríos de lágrimas de sus bellos ojos azules.

-No, amor mío, ahora no debes desfallecer, debes ser fuerte. ¿Recuerdas? ¿No fue acaso más dura la conquista de nuestro amor tan sincero, tan puro y verdadero? Éramos de reinos diferentes. Tú, de las heladas tierras del Norte y yo, del sol cálido del Sur, pero ¿es que acaso yo te he abandonado? ¿No sellamos, en nuestro libro del amor sagrado con letras labradas por ángeles, que nuestro amor jamás morirá?

Entonces la Reina pronunció unas palabras en el tono que sólo una Reina puede pronunciar; majestuosamente dijo:

-Mi Rey, yo soy tu Reina pero esta noche no ahogues tus penas en el vino de las lamentaciones. Ven a mí, amor mío, y pecho contra pecho, sexo contra sexo, quememos la llama de nuestro puro amor. No derrames más lágrimas, mi Rey. Y ahora, bésame.

Iván López


E - EXILIADOS

Exiliados por despejar la incógnita.
Vagan las almas perdidas
de los valientes que se atrevieron
a alzar la voz justo
cuando más hacía falta.

Qué duro resulta no poder ver más
la tierra que te vio nacer,
qué duro debe ser morir
en brazos de una amante extraña.

Su luz no ha de apagarse jamás
y su voz, en inspiración ha de convertirse.

Dales agua para que puedan
seguir su camino,
para que recuperen fuerzas
y así poder soñar con su hogar.

Como almas en pena vagan
en busca de un lugar
que les haga sentirse
como en casa propia.

Exiliados.

Óscar Gómez


F - FRIGENIA

Un cuentecillo... con moraleja incluida.

En un lejano rincón del tiempo y el espacio, más allá de nuestra imaginación, se encuentra un lugar llamado Frigenia. Pocas agencias de viajes ofertan vacaciones allí, pese a gozar de los paisajes más emocionantes y maravillosos del universo; no lo hacen porque aquellos turistas que deciden aventurarse por esas tierras jamás repiten.

Nuestro protagonista, un joven amante de los paraísos naturales, no podía creer que esto fuera así mientras miraba extasiado el catálogo de imágenes de Frigenia: montañas de formidable altura y esplendor, lagos fulgurantes y límpidos como el cristal, ríos plateados y puros... Incluso las ciudades se enclavaban en aquellos parajes sin desentonar ni perturbar significativamente el entorno, como si fueran un elemento más; la polución era prácticamente inexistente y hombres, animales y plantas cohabitaban en una comunión aparentemente perfecta. El joven preguntó a la chica de la agencia sobre esta evidente paradoja, pero ella se limitó a encogerse de hombros, sin responder. Inundado de misterio, decidió entonces viajar a Frigenia.

Mientras se acercaba a su destino, se preguntó inquieto si la gente tal vez no volvía porque las fotos del catálogo eran falsas o exageradas y todo era un fraude. Sin embargo, eso no tenía sentido: en tal caso, habrían ya demandado tantas veces a la agencia que ésta habría comprobado que no le salía rentable engañar a nadie. No: fuera cual fuese la razón que disuadía de regresar a los turistas, no tenía su origen en algo tan superficial.

En efecto, cuando llegó a Frigenia, se encontró exactamente con lo que había esperado: las montañas eran tan majestuosas como viera en la agencia y los ríos tanto o más bellos. Pensó que iba a disfrutar como nunca de la naturaleza y que se empaparía del espíritu de las gentes del lugar. No obstante, ya nada más llegar, mientras se dirigía al alojamiento que había contratado, notó algo raro que no supo definir. Aparte de que allí no había hoteles ni apartamentos, lo que atribuyó a motivos ecológicos, no se le ocurrió nada más.

Pasaron los días y nuestro protagonista comenzó a adivinar lo que sucedía. Al principio fue capaz de percibirlo, porque hacía muchas excursiones por los montes y quedaba aturdido por su hermosura, abstrayéndose del resto. Mas cuando quiso tomarse un descanso y permanecer varias jornadas en la ciudad, mezclándose entre sus habitantes, no lo pudo ver más claro. En Frigenia nadie se saludaba. Palabras y gestos de bienvenida o reencuentro no tenían sentido allí: resultaban absurdas, casi violentas, expresiones tan habituales entre nosotros como “buenos días”, “hasta luego”, “¿qué tal estás?”, “¿cómo va todo?... Nadie hacía comentarios sobre el tiempo para iniciar una conversación, ni se interesaba sobre el estado del otro, ni le visitaba sólo para verle y por el mero placer de hacerlo... Eso no significaba que los moradores de aquel lugar fueran mezquinos o estuvieran siempre tristes y de mal humor; no, simplemente no se saludaban.

Curiosamente, el joven de nuestra historia era de los que prefería callarse cuando subía con alguien en el ascensor, para no tener que empezar con el típico “¿hoy hace buen día, verdad?” o “¿qué tal su familia, bien?”. No obstante, la ausencia de esas fórmulas que siempre le habían parecido forzadas se le estaba antojando insoportable. Meditó sobre ello, y no tardó en percatarse de por qué se sentía tan mal. Más o menos sinceros, más o menos comprometidos, con mayor o menor significado, los saludos en su mundo eran una forma de sentirse miembro de una sociedad, de ser considerado como uno más, válido y activo. Era un modo de saber que a alguien le importaba en alguna medida cómo le iba la vida, si tenía o no problemas y si conseguía salir adelante. Allí en Frigenia, sin embargo, no daba la impresión de contar para nadie: se sentía completamente solo. Si no era así, si en el corazón de aquellas gentes él era algo más que una sombra que pululaba por ahí, no había manera de saberlo, pues no le dedicaban un solo gesto, un saludo, una palabra que le diera un atisbo de ello. Paseaba por las calles como si perteneciese a otra dimensión; nadie le miraba más de un segundo ni reaccionaba de ningún modo ante su presencia. Ni aceptación, ni rechazo: nada. El hecho de que entre ellos se comportaran igual no le servía de consuelo.

Incapaz de aguantarlo, se echó de nuevo a la montaña, pero únicamente consiguió sentirse más y más solo. En lo alto de una colina, rodeado por incomparables parajes de ensueño, comprendió con dolor, en el colmo de los contrasentidos, por qué nadie acudía a Frigenia una segunda vez. Un ser humano necesita hombres y mujeres, no robots calculadores que no se permiten gastar energía inútilmente saludando a sus semejantes. Así pues, finalmente y perpetuando la triste realidad del lugar, nuestro protagonista regresó a la ciudad y se embarcó lo antes que pudo hacia su adorado planeta, donde alguien se alegraría de su retorno... aunque fuesen sólo palabras.

Saludar no es sólo educación, es empatizar con otra persona aunque sea por un segundo, reconocer que está ahí, que está a nuestro nivel y nosotros al suyo. Es demostrar que nos preocupa, que sabemos que no sobra, que existe en ese momento y en ese lugar. Si sois capaces de apreciar el valor de lo que os digo, valorad también el que cada cierto tiempo esta modesta revista salga a la luz -a veces casi de milagro- para deciros, con ilusión:

¡BIENVENIDOS, BIBLIONAUTAS!

Fernando Lafuente


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