NAVEGANTES DE LA PLUMA

Nº 16 - JUNIO 2006
ÁNGELES Y DEMONIOS

EDITORIAL

En las viejas leyendas, en los textos mitológicos, en las sagradas escrituras nos encontramos criaturas de gran poder a un paso de la divinidad pero sin llegar a serlo. Son sirvientes, mensajeros, a veces, incluso, dioses caídos. Seres que no son de este mundo bien por su absoluta maldad bien por su inmensa bondad. Etéreos o absolutamente materiales se pasean por nuestra memoria colectiva despertando a veces nuevas historias; en el fondo, llamándose a sí mismos, perpetuándose siglo tras siglo.

Podemos pensar en ángeles y demonios como el resultado de la imaginación colectiva, como un mito ya superado por la razón o como unos entes superiores que se manifiestan a los elegidos. Es decir podemos pensar en ellos como algo ajeno a la condición humana.

Sin embargo, nos olvidamos de que las leyendas, los mitos, las historias están llenas de símbolos. ¿Cuál sería el significado de estos seres entonces? ¿A qué harían referencia? Quizá sería pecar de antropocentrismo pero, ¿no podrían señalar al propio hombre?

En efecto, dentro de nosotros mismos tenemos la semilla de todo lo bueno y lo malo que ocurre en este mundo y somos libres de elegir a qué aspiramos, cómo queremos ser recordados. ¿No es eso una leyenda? Así que mientras decidimos qué ser: ángel o demonio, naveguemos entre las letras y recordemos algunos cuentos, algunas historias.

Buen viaje, biblionautas.

El Navegante de la Pluma


AYÚDAME, HERMANA LUNA

Cuenta la leyenda
que un caballero errante,
sin más propósito que la conquista
del corazón de su amada,
escuchaba con atención a la luna
antes de que el día emergiera
esperando nuevas sobre su dama.
Deseaba conocer, saber
de aquella hermosa mujer
que contaba la leyenda,
mientras las estrellas bailaban
alrededor del fuego nocturno.
Mas no sabía qué camino seguir.
Su corazón clamaba de dolor
y deseaba que su tortura sin fin cesase.
Sintiendo lástima por sus lamentos,
quiso ayudarle en tan triste momento la luna.
Justo cuando se apagara
la estrella que más alto brillaba,
sabía que su dama estaría cerca,
que por fin sabría la verdad
y conocería el por qué de esa leyenda.
Sabría por fin el motivo
de su largo penar.
Junto al lago al fin la vio.
Para él era la más hermosa doncella
que existía sobre la faz de la tierra.
Sus ojos eran como un oasis en el desierto,
más triste estaba ese bello ángel.
¿Qué habría hecho tan bello ser
para sufrir tal castigo?
¿Cuál sería su pesar?
¿Qué tendría la vida
para tratarle de esa manera?
Ella divisaba a su caballero
cruzando el lago a su encuentro,
buscando desesperadamente
el abrazo del amor soñado.
El caballero preguntó por su pena,
pues era cierto que su corazón sufría.
En el día de su decimoctavo cumpleaños
fue obligada a casarse en una boda irreal.
Sus nupcias no eran fruto del amor,
pues es sabido por todos que la conveniencia
no es buena consejera en estas materias.
Había huido buscando a su verdadero caballero,
al héroe que la liberara de sus cadenas.
Sus lágrimas detuvo con sus manos,
pues no quería que la pena
secara ese ansiado y preciado oasis.
Tomaron sus manos y sus miradas se cruzaron,
ya que la luna les animó a encontrarse.
Las estrellas se cubrieron suavemente
con un manto de nubes silenciosas.
El caballero había encontrado a su dama,
y la doncella por fin se libró de su tristeza.
La luna pudo retirarse a descansar
habiendo cumplido una vieja promesa.

Sonia Tolosana y Emilio Gómez


ÁNGEL

Regalo en forma de llanto
de los campos del Edén;
eres un ángel caído.
Al menos, eso pensé.

Atardecer hechizado
vestido de luna en piel;
eres bella en la tristeza
que no puedes comprender.

Mirada de azul inmenso;
caballitos de papel
que juegan a custodiarte
junto a un sol que no veré.

Montañas de fe perdida;
el mundo visto al revés.
Veo el cielo en tus mejillas
obligándote a crecer.

Ya puedes volver al mundo
que abandonaste una vez.
Me ofreciste tu sonrisa
y jamás la olvidaré.

Christian Glaría


LA MANSIÓN

¿Dónde está?

Eso fue lo primero que pensó al despertar.

Estaba solo, perdido entre las sábanas deshechas de esa enorme cama.

Desnudo.

Y ella no estaba.

Pero recordaba cómo le había llevado hasta ese dormitorio. Recordaba haber saboreado sus labios. Recordaba haber paseado por cada uno de los pliegues de su vestido. Haber acariciado su piel desnuda.

No recordaba nada más.

Hacía frío.

Se guareció dentro de una bata color crema y salió del dormitorio, descendiendo por las escaleras hacia la planta baja de la mansión.

Demasiado frío.

¿Dónde está?

Abajo apenas chisporroteaban las últimas brasas del fuego que encendió a su llegada. Se agachó y acercó las manos empapándose del tenue calor que aún despedían. Ahora se sentía mejor.

La mansión era enorme. Muy antigua. Los muebles, las pinturas, el diseño… todo en ella parecía antiguo. Demasiado antiguo. Aunque se conservaba en perfecto estado. Como si no sufriera el paso de los años, de los siglos…

Aún no podía comprender cómo alguien, cómo ella, podía vivir ahí. Alejada del mundo, de la civilización. Alejada de todas las comodidades de la vida moderna, incluso de las más insignificantes y a la vez más necesarias. Sin ni siquiera disfrutar de agua corriente o electricidad. Y sola. Completamente sola en la inmensidad de esa mansión.

¿Dónde está?

Una nueva corriente de aire frío, helado, le hizo tiritar. Las llamas de las velas se agitaron y parpadearon. Las velas… Aún era de noche. Las velas… ¿Cuánto tiempo puede durar una vela sin consumirse? Sin apenas consumirse… No. No podían ser las mismas. Las habría cambiado mientras él dormía.

¿De dónde venía el frío?

Siguió las corrientes de aire intentando descubrir su origen. También había humedad.

Al descubrirlo se tranquilizó. Era la puerta. La puerta principal de esa mansión. Estaba abierta.

Afuera llovía.

Sonrió.

Aún continuaba lloviendo.

Llevaba varios días perdido. Vagando por los bosques de un país que no conocía, que había decidido descubrir con la única ayuda de unos viejos zapatos, una vetusta mochila y la caridad ajena.

Llovía cuando descubrió el contorno de esa mansión entre las sombras de la noche.

Llovía cuando desesperado aporreó con fuerza esa misma puerta.

Llovía cuando una joven hermosa, de ojos brillantes y vivos, le abrió. Una joven de ojos negros.

Llovía cuando esa joven le permitió pasar al interior de su hogar.

Llovía cuando ella, con una radiante sonrisa, escuchó las historias de sus viajes.

Llovía cuando la besó.

Sonrió.

Aún continuaba lloviendo.

Alargó la mano derecha hacia el exterior. Quería sentir el repiqueteo de las gotas de lluvia sobre su palma desnuda.

Sonreía.

Fue entonces cuando se asustó. Cuando comenzó a tener miedo.

No había podido atravesar el umbral.

Lo intentó otra vez. Y otra. Y otra…

Siempre ocurría lo mismo. Su mano se detenía en el umbral. No era capaz de llevar su mano más allá del umbral.

Se retiró unos metros de la puerta y comenzó a correr hacia ella. Quería atravesar esa puerta. Quería salir de esa mansión.

La bata se desprendió, pero él continuó corriendo. Desnudo. Hacia esa puerta.

No pudo atravesarla.

Lo volvió a intentar.

Volvió a detenerse en el mismo umbral.

Se giró hacia el interior de esa mansión.

Las velas. Las velas… ¿Cuánto tiempo necesita una vela para comenzar a consumirse?

Se abalanzó sobre ellas. Las golpeó. Las arrojó contra las paredes y el suelo.

Ninguna se apagó.

Comenzó a correr a lo largo de toda la planta baja de la mansión.

Estaba asustado. Gritaba. Tenía miedo. Lloraba.

¿Dónde está? ¿Dónde estás?

Fue entones cuando vio la pequeña puerta entreabierta al lado de las escaleras. Más allá de esa puerta tan solo se veía oscuridad.

Una nueva corriente de aire frío, helado… atravesó esa puerta.

Él cayó al suelo, recogiéndose sobre sus rodillas… junto a esa puerta.

El frío venía de ahí. Siempre había venido de ahí. De esa puerta. De esa oscuridad.

Lloraba desnudo, recogido sobre sus rodillas.

Quería marcharse de allí. Abandonar esa mansión.

No quería saber qué ocultaba esa puerta. Qué escondían esas tinieblas. De dónde venía el frío.

Pero era el frío… eran las sombras de más allá de esa puerta quienes no le dejaban huir. Y él no quería descubrir por qué.

¿Dónde estás?

Se levantó, aún con lágrimas en los ojos, y con paso tembloroso atravesó esa puerta adentrándose en la oscuridad.

El frío era cada vez más intenso. Las sombras más densas. No dejaba de llorar.

Cayó al suelo. La oscuridad le ahogaba. Comenzó a gatear.

¿Dónde estás?

Al fondo unas luces tenues, titilantes. Las cinco temblorosas llamas de cinco velas.

Unos gruñidos obscenos, infrahumanos.

Él continuó avanzando. Adentrándose cada vez más en la noche, en las sombras. Sin dejar de llorar.

¿Dónde estás?

Entonces se detuvo. Ahí, enfrente suya, en el vientre de la noche, se encontraba una criatura con forma de mujer. Con forma de joven hermosa de ojos brillantes y vivos. Con la forma de una hermosa joven de ojos negros. Sobre un cuerpo mutilado en el interior de una estrella de cinco puntas dibujada con la sangre que manaba. Devorándolo.

La criatura alzó su rostro y le miró. Sonreía.

Sus brillantes ojos negros le atravesaron quemando todo su interior y él se desplomó contra el suelo volviéndose a recoger sobre sus rodillas.

Lloraba.

Lloraba porque jamás saldría de esa mansión.

Lloraba porque jamás volvería a ver un amanecer.

Lloraba porque jamás volvería a sentir la humedad del rocío ni la calidez del sol.

Lloraba porque el cuerpo que devoraba esa criatura era el suyo.

Carlos Iglesias


Índice - Segunda parte

 

 

 

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