NAVEGANTES DE LA PLUMA

Nº 17 - NOVIEMBRE 2006
LA NOCHE

EDITORIAL

Eres la noche.

Anhelo de los amantes que han de esquivarse durante el día. Consuelo de los despechados a los que la luz tan solo recuerda su pena.

Cómplice del villano que toma tus sombras para sus oscuros ardides. Pañuelo del héroe al que la grandeza de sus días le ha prohibido llorar.

Escondite de los niños que juegan a ser mayores. Añoranza de los mayores que quieren volver a ser niños.

A veces, una pequeña travesura. A veces, la enormidad del recuerdo.

Reto para el valeroso. Pesadilla para el temeroso.

Cobijo del oscuro. Tentación del luminoso.

Eres Pasión y Lamento. Villanía y Heroísmo. Comprensión y Despecho.

Esperanzas. Sueños. Miedos.

Principio.

Fin.

Eres la noche.

El Navegante de la Pluma


ILUSIONES

La noche oculta sus pasos.
Tenues luces iluminan
su camino entre la niebla.
Son las tres y nada brilla.

Se desliza por las calles
y piensa que la desdicha
hace mella en la ciudad
cada vez más triste y fría.

Nada queda ya en sus manos.
Las desiertas avenidas
y el largo regreso a casa.
Mañana será otro día.

Planta cara a su pesar
y en su ilusión imagina
que ella nunca lloró
al llegar la despedida.

Que no la vio deshacerse
como una flor ya marchita.
Así quiere recordarlo.

Pero sabe que es mentira.

Christian Glaría


VIAJERO ERRANTE

Viajero que has recorrido tan largo y fatigoso camino,
únete a nosotros en esta bella noche,
pues todos juntos podremos contar historias
al calor de un buen fuego.
Sus llamas te harán encontrar la serenidad
que tanto tiempo has ansiado liberar,
y de tus labios saldrán hermosas palabras
llenas de luz y esperanza.
Aquí junto al mar surgirán relatos
donde la existencia ha de resultar más liviana.
Deléitanos con tus aventuras, noble extranjero,
y permítenos aprender con tu sabiduría,
pues rico es quien es grande de espíritu.
Siéntate y haz que soñemos con tus historias,
no tengas miedo, pues bien arropado estarás.
La luna se ha vestido de gala esta noche
y la tierra nos proporcionara con agrado su hogar,
donde imaginaremos historias imposibles,
donde aprenderemos a escuchar,
donde esperaremos ser más sabios.
Que guarden silencio las revoltosas estrellas,
que las olas del mar toquen la música que necesitamos.
Te has ganado nuestra atención, querido viajero.
Comienza a contar la historia que ansiamos escuchar.

Emilio Gómez


DCVII

La tarde declina;
el sol discreto
se retira fatigado
y el valle despierta
a la noche arcana.
La luz se transforma,
se llena de penumbra
y las ramas se extienden
en un crecer infinito
de serpientes grises.
El bosque cierra puertas,
nos advierte del cambio:
son las horas eternas
y los mortales no pueden
bailar con la luna.

Nauta


CASI PUEDO TOCARTE

Casi puedo tocarte
con las yemas de mis dedos.
Mujer metálica hechicera.
Luz que me evoca deseos,
sueños de amor prohibido.
Acógeme en tu regazo
para poder calmar esta ansiedad
que me devora el alma.
Tu que me acompañas a diario
en mis noches de locura,
tú que estás despierta
cuando el sopor llega a mí.
Anatomía perfecta que no me decepciona,
que me observas desde lo más alto.
Hoy me dejas acariciarte
bajando hasta tocar casi el suelo
para poder acariciarte
casi con las yemas de mis dedos.
Déjame que hoy pueda besarte,
Luna, amante fiel.

Sonia Tolosana


CUENTOS INFANTILES:
CAPERUCITA ROJA

Estaba Caperucita recogiendo flores para su abuelita, alejada del camino, cuando apareció el lobo.

La niña de la caperuza roja nunca había visto a un lobo, pero él sí. Los había visto en los libros, en esas revistas sobre animales de su hermano, y en la tele, en esos reportajes que ponían después de comer.

Caperucita contempló al lobo con curiosidad, con tierna ingenuidad. Él vio sus ojos, sus colmillos… y se estremeció.

- ¿Qué haces niña?

- Voy de camino a casa de mi abuelita para llevarle esta cesta de comida.

- No deberías haberte alejado del camino. Hay un lobo muy peligroso suelto por el bosque.

Él vio sonreír al lobo. Le vio enseñar sus colmillos en una mueca obscena. Vio cómo los ojos del animal brillaban divertidos.

Caperucita tan solo agradeció al animal su consejo.

La niña le confesó dónde se hallaba la casa de su abuelita y le preguntó por el camino más corto para llegar a ella.

El lobo le indicó el más largo y mientras la niña, tras haberle vuelto a mostrar su agradecimiento, se alejaba dando pequeños saltitos, alegre y risueña, el animal tomó un atajo que sólo él conocía.

Y él… Él podía ver el brillo salvaje de los ojos de la bestia. El ansia contenida deslizándose por sus blancos colmillos… Lo podía ver todo cuando cerraba los ojos. Cuando se abandonaba a la oscuridad.

Cuando la abuelita abrió la puerta se encontró con que no era su nieta la que tenía delante, sino el lobo. Y pudo ver el pánico reflejado en los ojos de la anciana, escuchar su grito ahogado, estremecerse con el temblor de sus manos… mientras el lobo devoraba a la abuelita de un bocado y se relamía. Podía escuchar el susurro de la risa contenida de la fiera, tiritar ante el brillo salvaje de sus ojos… mientras se escondía, aún más, dentro de las sábanas.

Y más tarde fue la niña… fue Caperucita quien cayó en sus garras.

Mientras la niña preguntaba al lobo por su voz, sus orejas… Él no podía apartar la mirada del reflejo salvaje que se escondía en los ojos de la bestia.

Vio cómo la niña gritaba llevándose las manos al rostro, cómo la mirada de Caperucita se estremecía y se humedecía cuando el lobo se abalanzaba sobre ella dispuesto a devorarla… En ese instante supo que el interior de la niña aullaba y se desgarraba… porque el suyo también lo hacía.

Y cuando entró el cazador ambos continuaban gritando. Ella escondida en un rincón de la casa, él en un rincón de la cama. Los dos tiritaban mientras el cazador perseguía al lobo y el lobo huía del cazador. Y… y… cuando el cazador abrió el vientre del lobo y la abuelita salió viva de su interior algo estalló dentro de él.

- "Y entonces la abuelita y Caperucita invitaron al cazador a merendar con ellas y Caperucita regresó alegre y contenta a su casa. Y ya nunca más se alejó de los caminos ni volvió a desobedecer a su mamá".

- "¿Entonces la abuelita estaba viva?"

- "Claro mi amor".

- "Pero el lobo se la había comido".

- "Pero el cazador la salvó sacándola de las tripas del lobo".

- "¿Pero si se la había comido cómo podía estar viva?"

- "Pues… pues… es que el lobo no tuvo tiempo de comerla por completo".

- "Pero mamá…"

- "Anda mi amor ya es tarde. Duérmete ya. Mañana seguimos hablando del cuento".

La madre le dio un beso en la frente y apagó la luz.

- "¡Mamá…!"

- "Dime mi amor".

- "¿Puedes dejar encendida la luz del pasillo? Por favor…"

- "Claro mi vida".

Solo había silencio. Solo había silencio en las tinieblas. La luz del pasillo se filtraba débil y frágil por la puerta entreabierta y él se refugiaba aún más dentro de las sábanas. Tembloroso. Porque entre las sombras podía ver el brillo salvaje y obsceno de dos ojos grandes y despiadados, el blanco reflejo de unos colmillos afilados y enormes, una sonrisa malévola y violenta… Y sabía… sabía que si la tenue luz en la que se guarecía terminaba por apagarse… por fundirse con la noche… Si cedía al sueño… No habría cazador que pudiera salvarle.

Carlos Iglesias


Índice - Segunda parte

 

 

 

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