NAVEGANTES DE LA PLUMA

Nº 18 - MAYO 2007
CUENTOS Y LEYENDAS

EDITORIAL

Cuando la nieve y el frío reinaban fuera de la caverna, los hombres primitivos se reunían alrededor del fuego y se contaban historias durante las largas noches del invierno. Las mejores de todas ellas no tenían por qué ser reales e incluso los sucesos ciertos contados una y otra vez, de padres a hijos, entre vecinos, adquirían matices fantásticos que los convertían poco a poco en cuentos y en leyendas.

Cuentos y leyendas que han acompañado en tantos y tantos momentos cuando nos hemos reunido porque fuera hacía “mucho frío”. Hemos necesitado del misterio, de lo increíble, de lo sorprendente para dar sentido a nuestras vidas y lo hemos tenido a lo largo de las edades gracias a aquellos que han dedicado su tiempo, a veces escaso, a vivir en palabras distintas.

Esos contadores de historias fueron siempre apreciados por su habilidad para hacer olvidar el presente y transportar a otros lugares, a otros mundos, a otros tiempos.

Su tradición ha ido perpetuándose a lo largo de los siglos: vates, bardos, juglares, cuentacuentos, novelistas... Incluso ahora, en este tecnificado mundo, esta tradición se ha perpetuado aunque con distintos medios: guionistas, directores, escritores...

Sea este número, un homenaje a todos los que, en un momento u otro, han contado una historia, han creado una leyenda o simplemente han colaborado en ella.

Gracias a todos.

El Navegante de la Pluma


AMIGO FIEL

No sabes cómo sufría
cuando estaba prisionero.
No imaginas cuántas veces
pudo alzar la vista al cielo.

Cuando por fin escapó
se dirigió hacia el sendero
que conduce entre los campos
al antiguo cementerio.

Fue guiado por la voz
de lirios y pensamientos;
besado por el aroma
de la flor de los almendros.

Las palabras de su amigo
aún resonaban dentro
y en sus ojos relucía
el adiós como un reflejo.

Una imagen inconexa
perdida a través del tiempo
lo dibujaba cercano
cuidándolo de pequeño.

Dando calor en el frío
con caricias y alimento.
Bajo el frescor de la lluvia
o sentados junto al fuego.

Cuando por fin arribó
sus pasos se detuvieron.
Por fin pudo descansar
y sollozar en silencio.

Allí quedó cabizbajo;
solitario en su lamento.
Tendido sobre la tierra
junto al nicho de su dueño.

Llevándole una vez más
su lealtad y su afecto.
Dispuesto a ser fiel vigía;
guardián del último sueño.

No es posible conocer
tal dolor y desconsuelo.
No puede haber más tristeza
en el corazón de un perro.

Christian Glaría


CDLXXXVI

En este paseo
que ahora tomamos
y no tiene prisa,
esperamos pacientes
al momento que importa.
La dulzura única
del sueño presente
rendido a las caricias,
a los breves roces,
al sincero afecto.
Bajo el cedro alto,
traído con alas
de manos reales,
he conjurado al futuro
para que no aparezca.

Nauta


EL PASEO DE LOS TRISTES

Comitiva fúnebre
avanza en silencio
despidiendo al muerto
y a la Alhambra y al Darro.

Yo aquí me quedo
rogando al cielo,
mirando al suelo
y al Darro y a la Alhambra.

Lágrimas amargas
que las horas secan,
que al dolor riegan
y a la Alhambra y al Darro.

¿Dónde estás, amigo?
Miro en el Paseo,
sólo tristes veo
y al Darro y a la Alhambra.

Tomás Gutiérrez


SUEÑOS

Otro cliente. Esta vez un hombre joven, de poco más de treinta años. Con el pelo engominado y unas ojeras mal disimuladas. Vistiendo un traje oscuro y una camisa perfectamente planchada. Hablaba agitadamente por su teléfono móvil. Le oía hablar de plazos de entrega que se acortaban, de grandes problemas que nunca debían haberse producido, de incompetencia y graves responsabilidades. Palabras vacías que no le decían nada. Preocupaciones vacías y grises que no cambiarían el mundo que la rodeaba.

Ella intentaba sonreír. Cansada. Y tomaba el pedido. Igual que llevaba haciendo desde hacía cuatro meses, catorce días y 4 horas. Esta vez una Burger King doble. Y ella le servía la hamburguesa, con su sonrisa triste, como siempre lo hacía. Y el joven la recogía y sin apenas mirarla se sentaba en una mesa y la engullía en apenas dos bocados, como siempre lo hacían.

Otro cliente. Esta vez una pareja adolescente. Hablando de los vulgares escándalos de la gente famosa y vulgar. De la gente importante a la que ella no podía entender. Una doble Cheese Burger para él. Long Chicken para ella. Coca cola para los dos. Esta vez la chica le daba las gracias al recoger el pedido, sin apenas mirarla. Y ella sonreía a la chica, pero la pareja ya se había sentado en su mesa.

Otro cliente. Esta vez un hombre mayor acompañado de dos niños. Seguramente sus nietos. Y los niños gritaban y se empujaban. Proclamaban ser valientes y esforzados aventureros en mundos vírgenes y peligrosos, asombrosos héroes contra terribles villanos. Y ella sonreía y callaba.

Por las noches llegaba a su pequeño apartamento. Donde un diminuto salón servía también de improvisada cocina y comedor, donde su dormitorio acariciaba al baño a través de una puerta inexistente y una antigua caja de cartón llena de libros viejos y gastados que ya no se leían guardaba silencio en un rincón.

Y ella se dejaba caer encima de su cama que crujía. Se contemplaba las manos aun sucias. Se acariciaba su pelo castaño aun pringoso y grasiento. Y lloraba.

Algunas noches. Solo algunos sábados. Frecuentaba algún bar o alguna discoteca. Y se acercaban chicos que siempre le decían lo mismo. Frases repetidas y manidas que ninguno sentía. Y por las mañanas contemplaba al joven dormido en su cama, recordaba las frases y sonreía. Se sentía tentada de ir a acariciarle y hablarle de las estrellas, de los cometas y la luna. Pero entonces él despertaba y la miraba con ojos incómodos y asustados. Ella comprendía y callaba. Y cuando el joven desaparecía tras la puerta de su apartamento lloraba.

¿Qué había sido de sus sueños? ¿Cuándo comenzaron a dejarla y a abandonarla perdida en un mundo gris y vacío en el que ya nadie miraba las estrellas y soñaba? No podía recordarlo. Ya ni siquiera recordaba haber soñado alguna vez.

Pero entonces apareció él.

Aparecía todos los días a las doce del mediodía, con sus ojos azules como el mar y un gorro verde cubriendo su cabello. Y cuando contemplaba esos ojos ella veía océanos inmensos y misteriosos, promesas de aventuras y tesoros escondidos en aguas apenas exploradas. Y sentía cómo su corazón se agitaba y se estremecía.

Siempre pedía lo mismo: una Coca Cola mediana. Y siempre, cuando la recogía de entre sus manos, la rozaba con el dorso de las suyas. Y al sentir el roce de la piel de ese joven, y sin saber por qué, su interior vibraba imaginando colosales batallas y magias ya olvidadas.

Siempre se sentaba en la misma mesa: en la del fondo, al lado de las puertas de los baños. Y ahí permanecía hasta que llegaba la hora del cierre. Entonces se levantaba y se marchaba.

Algunas veces ella le contemplaba desde detrás de la caja registradora y entonces él alzaba la vista y sonreía. Una sonrisa clara y pura. Y ella sin saber por qué, sonreía también.

Ahora, cuando llegaba a su apartamento por las noches, ya no lloraba. Se asomaba a la ventana e intentaba ver las estrellas. Y cuando lo conseguía creía ver en ellas la mirada de ese joven y sin darse cuenta sonreía.

Pero un día ese joven no apareció. Ella estuvo esperándole con el refresco entre sus manos, pero no apareció. Ni tampoco lo hizo al día siguiente. Ni al siguiente. Ni al siguiente.

Regresaba a su apartamento y ahora lloraba aún con más fuerza que antes, pues se sentía abandonada y traicionada. Maldecía al joven de ojos azules y ya no quería ver las estrellas.

Así transcurrieron cinco días.

Pero al sexto día, al llegar a su casa, vio al joven en la puerta del portal del edificio donde vivía. Esperándola. Y ella corrió hacia él, dispuesta a gritarle y a golpearle. Pero al llegar a su lado él la sonrió y ella solo pudo volver a sonreír en silencio.

Él sacó unas llaves, las llaves de su apartamento, y abrió el portal. Ella le siguió. Sin comprender por qué él tenía unas copias de sus llaves y sin saber si quería comprenderlo. Cuando llegaron a la puerta de su apartamento él le extendió sus llaves y ella las recogió.

"¿Aún no lo comprendes?" Susurró. "¿Aún no sabes quién soy yo? ¿Por qué vine? ¿Por qué me marché? ¿Por qué he vuelto?"

Ella no podía comprenderle. Pero él señaló las llaves, señaló la puerta y ella la abrió.

Al hacerlo… Vio barcos piratas que navegaban en busca de un tesoro oculto en una isla perdida. Vio princesas encerradas en altas torres protegidas por dragones. Espadas hundidas en rocas de las que solo un rey las podría extraer. Siete pequeños hombrecillos que custodiaban a una joven dormida. Casas de chocolate. Madrastas malvadas. Niños que no querían crecer. Cerditos que hablaban y lobos que soplaban.

El joven se quitó el gorro verde y ella pudo ver dos orejas puntiagudas asomando por entre una brillante maraña de pelo rubio y sedoso.

"¿Lo comprendes ahora? Nosotros nunca nos hemos ido. Siempre hemos estado aquí, esperándote. Pero un día tú te marchaste y dejaste de buscarnos. Nunca más volviste a perseguirnos. Mas nosotros siempre te estaremos esperando."

La tarde siguiente, al salir de trabajar, Cristina no fue a su diminuto apartamento. Fue a una academia de teatro dos manzanas más abajo. Nerviosa como una chiquilla y con el corazón palpitando agitado.

Ella siempre había soñado con ser actriz.

Carlos Iglesias


LA PROMESA

Es noche cerrada afuera.
La escarcha mece tus sueños
y te arropa con ternura
el fulgor de mil luceros.

Voy descontando las horas.
Con el alba iré muy lejos
hacia el campo de batalla
a lomos de un corcel negro.

Y al mirarte adormecida
te acaricio mientras pienso
que quizá no vuelva a verte.
Y me duele comprenderlo.

Pero debo recordar
y cumplir el juramento:
"Tú serás mi fiel princesa;
yo seré tu caballero."

Si mañana en la contienda
cayese vencido al suelo
sabré aceptar la derrota
y aguardaré mi momento.

Inclinaré la cabeza
ante el rival y su acero.
Volveré a pensar en ti;
partiré con tu recuerdo.

Y cuando el viaje termine
y despierte del ensueño
quizá recoja mi espada
en las tierras de otro Reino.

Quizá vislumbre el arroyo
que conduce al mundo eterno;
quizá me guíe su cauce
una vez pagado el precio.

No querré seguir sin ti.
Me recogeré en silencio
y aguardaré tu llegada
sentado a puertas del Cielo.

Esperaré el dulce instante
en que volvamos a vernos.
Sé que allí todo es posible.
Sé que Dios podrá entenderlo.

Christian Glaría


Índice - Segunda parte

 

 

 

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