Este ejercicio y otros están en nuestro taller.
Primera propuesta: La lluvia.
La lluvia
cae sobre nosotros
limpiando el aire
de polvos grises,
de notas oscuras,
de fantasmas negros.
La lluvia
susurra un canto virtuoso
en la arena del parque,
en las losas del paseo,
en la verja oxidada.
La lluvia
tantea tus cristales,
sonríe ingenuamente;
como una niña, juega contigo.
La lluvia.
Hola Miguel,
¿Sorprendido? Sí, ¿verdad? Yo también lo estoy, y te aseguro que se me hace tan extraño escribir esta carta como a ti leerla. Sabes tan bien como yo lo poco que me gusta enviar tan siquiera una postal el día de Navidad... seguro que no has podido evitar pellizcarte al abrir el buzón y encontrar algo tan inesperado. Creerías que todavía estabas soñando.
Estaba en casa sola, como siempre. Hacía un calor infernal y no tenía ganas de hacer nada. Se asomó a la ventana donde pasaba sus horas muertas imaginando las vidas de todo el que pasaba bajo su balcón, pero hoy no pasaba nadie. Miraba a lo lejos los árboles del parque cercano a su casa que rasgaban el cielo con sus ramas más altas. Eran álamos. O eso creía, la botánica nunca fue su fuerte. Siguió subiendo la mirada y vio algo que la hizo sonreír: hoy habría tormenta. Le encantaba esa luz entre crepuscular y metálica que se producía cuando las nubes densas y grises quedaban por encima de los rayos de un sol agonizante. No perdió tiempo, se quitó el pijama y se puso una camiseta y un vaquero, la ducha podía esperar; el primer trueno sonó cuando iba a recogerse el pelo alborotado. Esa era la señal, cogió las llaves y se fue.
Cuando salió a la calle aún no llovía. Se cruzó con un par de señoras que la miraron con desprecio, lo que hizo que ella se diera cuenta de su estampa: pelos de recién levantada, sin duchar y con las prisas se le había olvidado el sujetador. Justo cuando empezaba a sentirse avergonzada llegó su venganza: se levantó un tórrido viento y unas gruesas y espaciadas gotas empezaron a caer sobre el suelo ardiente, en un momento la calle quedaría libre de especímenes como esos...
Caminaba tranquila y se divertía viendo correr a todo el que se cruzaba. Carpetas, periódicos, bolsas...servían de improvisados paraguas que difícilmente sostenían entre el viento y las prisas por resguardarse. Ella seguía en calma mientras todos corrían y la miraban extrañados, deseaba que desapareciesen pronto. Las gotas empezaron a ser más pesadas y frecuentes y pronto la calle quedó desierta. Había llegado su momento.
Sonreía sin darse cuenta. Pasear bajo una tormenta de verano era una de sus sensaciones favoritas. Allí no se sentía sola pese a que la calle parecía la de una ciudad fantasma. Se sentía libre, se sentía la dueña del momento. Las gotas empezaron a crear un curioso estampado en su camiseta lisa, seguía caminando. Varias habían ido a parar a su cabeza y en ese instante una le cayó en la mejilla y se deslizó poco a poco como si de una lágrima se tratara hasta llegar a sus voluminosos labios. Sacó la lengua para atraparla y se sorprendió de que, por una vez, no tuviera un sabor salado. Caminaba contra el viento como si fuese un acto de rebeldía, deseando sin saberlo que la tormenta se endureciese, que las gotas golpeasen con más intensidad. No tenía rumbo fijo.
Pasó junto a un porche de tejado metálico bajo el que se resguardaban numerosos especímenes, allí el ruido del agua era casi ensordecedor, e hizo que no pudiese oír las críticas que seguro hicieron, puesto que su camiseta, ya casi empapada por completo, empezaba a ser algo translúcida.
Aligeró el paso y la fuerza de las gotas aumentó. Sentía sus golpes en la cara, en el pecho, en las piernas. El pelo, antes alborotado y salvaje a cada ráfaga, intentaba sin éxito seguir ondeando al compás del viento, pero pesaba demasiado. El agua resbalaba por cada mechón y las gotas le caían por la frente y la nariz. Sintió el cosquilleo de una de ellas que desde su hombro delgado le recorría suavemente el brazo. Sonreía sin poder evitarlo. Tenía ganas de correr. De expresar su libertad, su felicidad.
Corrió por la calle vacía, sintiendo más que nunca el peso de los pantalones. No quería parar, tenía ganas de gritar.
Cuando ya no podía más vio como un rayo parecía penetrar en la tierra. Había caído muy cerca y todo vibró. El ensordecedor trueno no se hizo esperar. Ella se había parado y aprovechando el potente estruendo gritó hasta quedarse sin aire.
Sentía paz. Todavía con la respiración entrecortada comenzó el regreso a casa. Se había alejado demasiado y sabía que los especímenes volverían en cuanto la lluvia parase. Estaba mojada, comenzaba a sentir algo de frío y la camiseta ahora era como una pesada gasa que permitía observarla tal como vino al mundo. Además, aún le quedaban cosas por hacer en la intimidad de la calle, húmeda y solitaria, libre de gente.
Regresaba tranquila y feliz, al compás de la lluvia, que se había suavizado. Poco a poco se empezaron a entrever los primeros rayos de sol. Las zapatillas estaban inundadas y burbujeaban cada vez que flexionaba el pie. Sabía que los escalofríos que ahora la recorrían los añoraría en unas horas, cuando ese húmedo calor se volviera a cernir sobre la ciudad y ésta quedara infectada de especímenes. No quería estropear el momento pensando en el futuro inmediato. Ya estaba cerca de casa y todavía caían algunas gotas. Un par de arcoiris se adivinaban en el cielo y recordó lo que quería hacer cuando los vio reflejados en un gran charco. Sin dudar, se puso a saltar y chapotear procurando salpicar lo máximo posible. Jugueteaba en cada charco que se encontraba en el camino volviendo a la edad en que pintar el arcoiris era lo más bonito del dibujo y saltar en los charcos estaba prohibido.
Ya sólo chispeaba ligeramente y el sol vencía a los nubarrones que seguían su camino. Habían transcurrido poco más de treinta intensos minutos y volvía a su solitaria casa chorreando y feliz. En el portal volvió a sentir la mirada de dos especímenes-vecinos, pero no le importó. Se sentía plena.
¿Sorprendido? Sí, ¿verdad? Yo también lo estoy, y te aseguro que se me hace tan extraño escribir esta carta como a ti leerla. Sabes tan bien como yo lo poco que me gusta enviar tan siquiera una postal el día de Navidad... seguro que no has podido evitar pellizcarte al abrir el buzón y encontrar algo tan inesperado. Creerías que todavía estabas soñando.
Rompiendo papeles
que intento pegar
para luego arañar
un alma sin luces.
Gota a gota rocía,
gotas con que el cielo llora
una oscuridad que añora
tiempos sin tanta sequía.
Rojo está el corazón
ensangrentado porque sufría
tiempos que se iban,
nueva victoria de la razón.
Gota a gota rocía,
gotas que dibujan
un sinsabor que lucran
los deseos que se extravían.
Una alegría que niega
con vana esperanza baldía
que cruelmente olvida
otra caricia que niega.
Gota a gota rocía,
gota áspera de raza
llamada olvido me abraza.
Tú nunca mía.
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