¡Aire en las velas! Mistral.
Muerto su recuerdo,
eres tú mi temporal.
Avientas los jirones
de sus velas rotas;
y al aire deshechos
sus fantasmas flotan.
El agua de tus ojos
inunda mis bodegas
y con sólo tu mirada
al fondo llegas
de un barco
estremecido,
que navega
a duras penas
en tu océano perdido.
- Quiero ser normal.
La melancólica frase salió por enésima vez de los labios de Alvin Keller y lo hizo igual que cada día de su penosa existencia, firme, imperturbable, como se pronuncia un deseo utópico, dolorosamente inalcanzable. Sabía que no había esperanza para él y, sin embargo, no podía evitar que aquellas palabras brotaran de su boca día y noche, ignorando el tiempo y la realidad pues, aunque todo esté perdido para un hombre, siempre le queda la posibilidad de soñar.
El problema es que con gran frecuencia el pobre Keller no podía ni siquiera satisfacer dicha ilusión. Keller estaba paralítico de cuello para abajo y su única compañera era su silla de ruedas; pero aun esto era nimio comparado con su verdadera enfermedad. Alvin era presa de lo que los médicos de su época llamaban descompensación mental transitoria. Un nombre muy florido para un mal incurable. Tal descompensación consistía en que al paciente le resultaba imposible pensar con un mínimo de claridad en periodos angustiosamente largos. Toda tesis tenía su antítesis y no existía síntesis que le convenciera ni culminara el ciclo. En esos ratos nada tenía sentido, no había recuerdos, no había sensaciones, no había realidad. Todo era verdad y mentira al mismo tiempo. Esta terrible experiencia le ocurría con una frencuencia alarmante a lo largo del día, hasta tal punto que podía considerarse afortunado si podía disfrutar de nitidez en sus pensamientos diez minutos cada hora. En esos preciosos, valiosísimos momentos ratos de lucidez, su mente solía hacer tres cosas: maldecir su inhumano destino, intentar que acudiera a su cerebro algún recuerdo de su existencia normal hace mucho, muchísimo, demasiado tiempo, y desear vanamente que la adversidad se olvidara de él alguna vez permitiéndole volver a la normalidad, cuya naturaleza ya sólo podía suponer pues el olvido le había ido invadiendo lenta pero inexorablemente.
Porque Keller no había sido siempre así. Todo había ocurrido a raíz de su maldito, desgraciado y tremendo accidente. No lograba recordar cuántos años tenía cuando sucedió aquello, sólo sabía que aún era muy joven, en la flor de la vida. De repente, al todo le había sucedido la nada. Si había algo que pudiera causarle más dolor que el que su propia situación le proporcionaba era tener la certeza, en sus momentos de claridad, de que había conocido y experimentado la normalidad.
Y es que Alvin Keller sólo quería ser normal, como cualquier otro. Nada más. ¿Acaso pedía demasiado?
Naturalmente, no creía en Dios. Si en verdad existía, debía de haberle confundido con algún pariente de Satanás, pues si no, no explicaba cómo había permitido que llegara a esta desquiciante situación. Keller no creía en nada. Sólo conservaba, en algún recóndito lugar de su ser, aquello que llamaban esperanza.
Alvin pasaba la mayor parte del tiempo solo, luchando consigo mismo. Su hermana, único miembro de su familia que no le había abandonado a su suerte cuando se cansaron de tener que soportar la carga de su existencia, era quien cuiadaba de él. Dicho más estrictamente, ella era quien evitaba que muriese de hambre y sed pues no hacía mucho más. En los periodos en los que Keller podía entender algo, comprendía su postura. El probablemente hubiera hecho lo mismo. Quién sabe.
Algunas veces, una vez por semana o tal vez dos, su hermana le sacaba a la calle y le paseaba en su silla de ruedas para que no se sintiera totalmente aislado. Al principio lo único que conseguía era deprimirle más, luego ya se iba acostumbrando hasta el puntode producirle cierta alegría. Sin embargo siempre terminaba por hundirse moralmente.
Cuando su memoria se liberaba, podía recordar que de joven había querido ser escritor. Siempre que se le ocurría alguna idea la pasaba a papel fuera o no fuera de calidad. Entonces aún tenía expectativas para el futuro. Aún tenía sueños.
Alvin solía pasar muchos de sus periodos de precaria normalidad frente a un viejo álbum de fotos. Las contemplaba melancólicamente, dejándose llevar por la nostalgia e intentando de alguna manera vivir en el ayer. Pero no eran más que recuerdos y con el transcurrir del tiempo cada vez más difusos. Su hermana no podía ayudarle mucho en este aspecto ya que ella era muy pequeña todavía cuando la pesadilla comenzó.
Todos sus razonamientos parecían desembocar en una pregunta: ¿Tenía sentido su vida?
Un día de tantos, su hermana entró a su habitación y le comunicó su intención de llevarle a dar un paseo, como solía hacer con cierta asiduidad. Sin esperar respuesta se colocó tras la silla de ruedas y la empujó hasta conducir a Keller fuera del piso. Bajaron en el ascensor y una vez más se encontraron en la calle, en contacto con el resto del mundo, que parecía ignorarles. Comezó entonces su hermana con su habitual estoicismo a trazar el recorrido que solía llevar cuando salían al aire libre. Los mismos parques, los mismos caminos, los mismos puentes, las mismas carreteras... Solo que esta vez cometió un error. Cuando se disponía a atravesar la calzada para emprender ya el trayecto de vuelta, vio que un camión que circulaba a bastante velocidad se acercaba y no les iba a permitir pasar, por lo que detuvo la silla de ruedas al borde de la acera y se llevó las manos a la frente para quitarse el sudor que la bañaba casi en su totalidad al tiempo que esperaba que el vehículo pasase por delante de ellos y se alejara dejándoles via libre.
De repente, en ese mismo instante, en cuestión de décimas de segundo, Keller proyectó su cabeza hacia adelante con todas sus fuerzas para darse impulso y, antes de que su hermana pudiera hacer un solo movimiento para evitarlo, el camión se abalanzó sobre la descontrolada silla de ruedas arrollándole y acabando tan impune como rápidamente con su vida. Un transeúnte que se hallaba al otro lado de la calle había contemplado anonadado la trágica escena. Su inmenso asombro no se debía únicamente al suceso en sí sino más bien a lo que había visto justo antes. Había percibido absorto un brillo especial en los ojos de la víctima y el inicio de una débil sonrisa aflorada en sus labios fracciones de segundo antes del impacto letal. El hombre no entendía absolutamente nada.
Sin embargo, todo tenía un significado claro y preciso.
Y es que Alvin Keller, por primera vez en treinta años, iba a ser normal.
Caminamos a través de un frondoso bosque.
Caminamos siguiendo una senda que nunca ha sido transitada.
Caminamos siguiendo fuegos fatuos en la inmensidad de la noche de la floresta, sin saber si hay algo que se esconde detrás de ellos.
Caminamos buscando algo que dé sentido al camino que seguimos.
Caminamos buscando un claro en el que se encuentre la respuesta a nuestras preguntas, a todos nuestros interrogantes, pero no sabemos que a lo mejor ese claro continúa en alguna otra senda.
Caminamos atentos a lo que sucede en la espesura, intentando que nada nos sorprenda, que nada nos pille desprevenidos. Pero eso es imposible, ya que todo lo que encontramos es nuevo, y lo nuevo sorprende.
Caminamos pensando que estamos seguros. Pero no hay nada seguro en un paso hacia adelante.
Caminamos creyendo ser dueños absolutos de nosotros mismos, pero acaso alguien no tiene sentimientos.
Caminamos... ¿hacia dónde?
El viejo vagabundo del violín,
canta en el metro su canción,
envuelto en un mugriento abrigo gris
toca su solo de bordón.Bailando en calles de humo yo lo ví,
buscando en la basura alguna flor,
por las esquinas de su sueño yo lo seguí
hasta que tras su nube se perdió.También quisiera yo dejar así
en cualquier metro mi canción,
escarbar en cualquier cubo de cinc,
comer el pan que alguien tiró.Si te pide dinero, dale o no,
pero no se te ocurra preguntar,
no seas imbécil, no pretendas enseñar
a uno que sabe más que tú o yo.A veces yo lo he visto sonreír
a la mitad de su canción,
recordando quizá al verme a mí,
cuando aún él era como yo.El viejo vagabundo canta, sí,
mas nadie se detiene a escuchar
al mundo absurdo, que toca su violín
para los sordos de la gran ciudad.
¿Soy acaso el único?
La única persona a este lado
de las fronteras
que no puede seguir adelante,
porque "adelante" no tiene nada que ver conmigo.¿No tengo nada dentro, nunca lo tuve?
La única voluntad que no sabe
por qué no entiende el mundo como es,
y no como parecía o se suponía que era.¿No importa cuántos años pasarán y seguiré así?
La única estructura organizada
de materia que no se adapta
en el tiempo.¿Veré cómo las naciones prosiguen
su marcha hacia el mismo punto,
cada vez más tecnificadas?Las que cambian
por más cambios aparatosos que parezca
que pueda haber.
Donde los ojos, se pierden en la lejanía,
donde el aliento no alcanza
por el cansancio de la noche y el día,
donde se pierde lo último, la Esperanza.Allí.
Allí, donde el hombre es alma
y el alma, una pesada carga.
Allí donde de nada sirven ya
las derrotas, ni las victorias, ni la esperanza.Allí.
Allí, donde la luz del día
es derrocada por la oscuridad
de un recalcitrante túnel,
de una sola vía...
un viaje tan sólo de ida,
un viaje de adiós a la vida.Allí.
Allí te esperaré, amor mío.
No tengas miedo, ni prisa,
ni desperdicies un minuto de vida.Porque este túnel sombrío
se acerca más cada día
en que el aliento se hace más cansino
y mayor se hace el sueño por caer dormido.Allí te esperaré.
Amargo néctar de mi vida,
dulce veneno de mi agonía.
Sé que sólo yo lloro mi caída
pero te espero
porque sólo hay un camino de ida
tarde o temprano serás mía.
La luna se tiñe de rojo,
los muertos se levantan
de sus tumbas; los vivos
gritan desesperados
por sus vidas.El señor de los cielos
se ha cansado, y al final
nos abandona a suerte
o verdad.Entre gritos y desesperación
veo dos sombras que se mueven
cerca de mí.
Un ángel con una tropeta
y la bestia
diabólica...El ángel habla,
dice las palabras sagradas:
"Aquí esta la sabiduría.
El que tenga inteligencia calcule el número
de la bestia, porque es número
de hombre. Su número es
seiscientos sesenta y seis."La primera era de Cristo,
ha finalizado.
Pero en la próxima era,
espero que la gente
no siga "de nuevo" los pasos
de la codicia y la ambición.Yo, mantengo la esperanza.
Hayes se dio cuenta por medio de su inconsciente de que estaba soñando. Recordó que el sueño había comenzado de una forma tormentosa, con peligros, persecuciones... pero ahora parecía haber recobrado la calma. Concretamente, en estos momentos, volaba. Y lo hacía sin límites, disfrutando del paisaje que él mismo había creado, sintiéndose vivir. ¡Qué bella era la vida! Se sentía pletórico, con fuerzas y con el sentimiento reconfortante de pensar que al despertar seguiría viviendo, disfrutando de todas las posibilidades que le ofrecía su existencia. Al parecer, el sueño estaba llegando a su fin. Pese a éste hecho intentó agarrarse a los últimos vestigios de su ensoñación: el hermoso paisaje, el dulce y acompansado vuelo, el bienestar.
E inmediatamente, implacablemente, la realidad. Sus ojos marrones se abrieron lentamente y, al contemplarse en el espejo que tenía en frente de la cama, decidió que ciertamente su rostro no ofrecía un buen aspecto. Al menos, pensó, aunque su dulce sueño había concluido, le quedaba la vida real. Se incorporó y, al ir a abrir un cajón de su mesilla, su mirada chocó con un pequeño frasco de pastillas que había encima de ella, totalmente vacío. Y dolorosamente empezó a recordar.
Estaba desolado, acabado, todo le había salido mal. Su vida era un completo fracaso y era demasiado cobarde para seguir soportándolo.
La solución fue una sobredosis. Un suicidio.
Y ahora era demasiado tarde para reaccionar.
Volvió a pensar en su sueño, ahora fulminado por la brutal realidad.
Perdiendo el valor, se echó a llorar sobre la almohada.
Aquel extraño caminante, de tez cansada pero de ojos joviales y centelleantes, anduvo durante horas y horas inmerso en continuas adversidades de opacos días y lúgubres noches.
Su cansado y tierno cuerpo estaba cubierto por una recia pero carcomida tela, sedienta de cansancio y brillo. Recorrió grandes inmensidades devoradas por un tiempo revuelto y caprichoso, atravesando fríos y espinosos campos sociales. Tras aquel arduo caminar se encontraba en el umbral de la indecisión, en el que la profecía se debía cumplir para lograr la paz de su alma. A medida que proseguía su extraña cruzada, sentía molestos pinchazos sobre sus fríos y frágiles huesos, producidos maliciosamente por un enorme bolsón repleto de miles de indecisiones y dudas que colgaban tan pesadamente como un frío hielo sobre su enferma espalda.
Días y días pasaron y todo aquello que le rodeaba le fue engulliendo lentamente hasta el fondo de la desesperación de cualquier caminante de la luz. Kilómetro tras kilómetro tras kilómetro observaba con fiereza cada uno de sus cortos pero seguros pasos con el deseo de descubrir cuál era el origen de su extraña flaqueza.
Lentamente sus fuertes piernas comenzaron a desfallecer mientras frías lágrimas recorrían su opaco rostro. Paulatinamente sus gruesas rodillas se doblegaron ante el paso del descorazonamiento y de la desesperanza.
Decidió descansar un poco dando un pequeño respiro a su agitado corazón. Mientras se relajaba, observó escondido entre unos secos matorrales un grueso pero frágil palo por lo que fue a descubrirlo. Sus temblorosas manos lo cogieron con sumo cuidado. Admiró con una efímera sonrisa aquel frágil cetro de pobreza decidiendo continuar su largo pero esperanzador viaje.
Prosiguió avanzando, observado todo aquello que le rodeaba desesperanzado de su difuso empeño. A medida que caminaba sentái como se iba desmoronando todo su espíritu a pasar de aquel apoyo sin vida.
Seguía hundiéndose más y más en un fango de devoción y desesperanza y, cuando estuvo a punto de desfanecer en su empeño vio a escasos metros de él, un joven de vitalidad y fortaleza que permanecía frente a sus ojos apagados.
Al llegar junto a él, le suplicó que le acompañara en su reconquista de la esperanza. El joven no sólo asintió sino que cargo sobre su joven y fuerte espalda aquella pesada carga por lo que continuó su viaje pero esta vez acompañado de aquella grata compañía deseando nuevamente recorrer las sendas de aquel mundo de sensaciones extrapolares.
Descubrió en lo más hondo de su cálido corazón nuevos caminos carentes de egoísmo y egocentrismo en el que el amor invadía su frágil aliento y la humanidad rebosante bañaba cada milímetro de su cansado cuerpo. Lleno de una extraña fuerza, su mente descubrió cuál era el auténtico error que le desvió de su mágico destino encauzándole en la senda oculta de la nada y de la infravaloración.
El implacable profesor miró con el ceño fruncido a sus alumnos y sentenció:
- Las ecuaciones son como vuestra vidas, a las que debéis dar solución.
- Sí, señor maestro - contestó la clase al unísono.
...
Miré tímidamente por encima de mi examen de matemáticas y contemplé a mis compañeros que, al igual que yo, sostenían una dura lucha con las malditas ecuaciones que nos había puesto el profesor.
Había resuelto más o menos holgadamente las anteriores ecuaciones y, quedando tan sólo como cosa de un par de minutos para que se agotase el tiempo del examen, me enfrentaba por fin a la última.
Volví a echar un rápido vistazo al resto de los que se examinaban y no pude creerme lo que vi. ¡Mis compañeros estaban desapareciendo uno a uno, poco a poco, inexorablemente!
Aterrorizado miré a mi examen.
¿Sería posible que el profesor hubiese sido tan borde de ponernos una última ecuación de solución raíz de menos tres?
Desaparecí.
A Esther.
A CaridadY me sobran palabras
ante la cerrada puerta
del mundo en líneas.Y me duelen palabras
cautivas ellas
de la sútil mordaza
que obvia sentimientos.Y me angustian palabras
con hedor a sangre
y corazones que no palpitan.¡Gritaré tu nombre!
Tu nombre gritaré
hasta hacer caer el templo
de la manida indiferencia.¡Gritaré tu nombre!
Que fuisteis trigo, pan, cariño.
Hoy amapola agostada
en la boca del río.Al mundo gritaré
que se tiñieron de rojo
las sencillas casas de la alcazaba,
mientras contenidas lágrimas
maldecían a la sinrazón
y la locura. ¡Vil guadaña!¡Gritaré a los sordos!
Gritaré...¡Gritaré a los faltos de corazón!
Gritaré para que entiendan
vuestro caminar solitario.Aguilar d'Ebro.
23 de octubre de 1994.
Vida, muerte. Muerte, vida. ¿Qué es lo que nos espera tras ese último, o quizá, primer paso? A esta pregunta se puede responder de múltiples forma que darían lugar a infinitas religiones y filosofías. Por ello, es conveniente analizar cada una de las diferentes posturas y no atenerse sólo a una, la cual ofrecería una única visión de la realidad ya que, como todo el mundo sabe, aunque la realidad es única, las apariencias son muchas.
Por un lado, racionalmente, con la muerte acaba todo: la vida es sólo un chispazo en que la historia de un universon que no sabemos, siquiera, si es eterno. Así, los hombres surgen de la unión de un espermatozoide con un óvulo y no son sino el instrumento que sirve a la raza humana para perpetuar su especie: meros peones en el devenir de la humanidad. Se nace, se crece, se crean nuevos seres e, irremediablemente, se muere. Sin embargo, es difícil enfocar desde esta perspectiva realista el fenómeno de la consciencia humana. Ésta surge dentro de cada ser, quizá en el cerebro, hacia los tres o cuatro años desarrollándose durante toda la vida del individuo y alcanzando estadíos cada vez más complejos. Este fenómeno hace que el hombre se pregunte por los llamados grandes interrogantes de la existencia: la muerte, su origen, su destino... Empero, estos no tienen, desde ese punto de vista, sino respuestas racinoales: se viene de la nada o, a lo más, de inciertos antepasados; se camina hacia una muerte segura, pasando antes por un desgraciado periodo de decadencia; se vive para cuidar a unos hijos hasta que ellos cuiden de sus padres. Incluso, la consciencia queda relegada a un simple instrumento de la evolución. Unas respuestas desalentadoras, grises e, incluso, pesimistas. Así, la muerte es, desde esta atalaya, el final de la consciencia, del sentirse vivo, el término de la realidad física, la sola realidad aceptable desde una postura racionalista.
De otras maneras que no pueden clasificarse de irracionales pero que no son muy realistas, pueden sugerirse otras contestaciones a las anteriores cuestiones. La muerte es... un simple paso. Inevitable y difícil pero un mero trámite para una nueva ¿vida? En estas formas de ver la existencia, la consciencia es elevada a la categoría de alma y, en ellas, los grandes interrogantes son muchísimo más alentadores: se viene de un lugar que está en este universo infinito, a veces siendo hijos de un gran Dios; se vuelve a Él o se va a un lugar mejor; se está aquí para ganarse aquello que se prometió hace tiempo o que se descubrió hace algo menos. Algo mucho más alentador que desde el anterior punto de vista.
Pero aún así, se presentan problemas con la conciencia. En efecto, tras la muerte, se deja de ser consciente o, por lo menos, no es posible la comunicación con la humanidad. Con lo que la vida, tal y como la conocemos, desaparece. ¿Cómo sabemos que es cierto? ¿Es éste, entonces un final o interludio? ¿Es sólo el cuerpo el que muere? ¿O quizá la vida alcanza un estado tan sutil que nuestros burdos sentidos no permiten identificarla?
Resumiendo, por encima de todo, hemos de creer en algo más allá de esta vida. Lo que es más, precisamos de razones que expliquen pasado, presente y futuro de nuestra existencia. Por ello numerosas religiones y filosofías han intentado explicar el porvenir de esta creación del universo. Por supuesto que desconocemos si alguna ha acertado en su totalidad pero esperamos que así sea. En verdad, necesitamos ser inmortales para que esta "vida", al menos, sea agradable.
Los grandes hombres se diferencian de los demás por el gran grado de amor y tolerancia hacia los de su misma especie. Por ello, intenta ayudar a tu igual que por circunstancias adversas a su destino, te necesita.
Si necesitas algo, puedes contactar con nosotros a través de nuestro correo electrónico.