NAVEGANTES DE LA PLUMA

Nº 1 - DICIEMBRE 1994

En la hermosura de la noche
imagino tu rostro,
imagino tus ojos claros
como estrellas que guían mi camino.

Te imagino pero no te veo,
no te siento conmigo.

La noche siente mi ausencia
pero ella no puede traerte
porque es la claridad del sol,
porque son tus ojos los que me iluminan
para deleitarme con tu sustancia y con tu gesto.

En la hermosura de la noche
sólo advierto negrura,
porque te imagino conmigo y no te veo,
porque en la luz tenue de la luna
siento su ronda atormentada
pero me sigo nutriendo con su angustia,
porque el sol me devolverá la alegría
y tus ojos se fijarán en los míos
para aplacar mi dolor.

Namaste


XXXIX

Y viajaremos...
hasta la frontera del mundo,
hasta un lugar de improbable retorno,
hasta la tierra de los sueños.
Y descubriremos...
una tierra sin huella,
unos pasos sin pisada,
la imagen de un espejo.
Y viajaremos...
porque somos hombres sin límites,
porque no deseamos mirar atrás,
porque nos gusta soñar.
Y descubriremos...
que el futuro no está labrado,
que podemos imaginarlo
como la imagen del presente.

Nauta


LOS COLORES DE ARAGÓN

Aragón tiene seis letras y un acento.
Ni una más ni una menos. Yo te las cuento.
La A: amarillo de trigal,
que no agua de manantial.
La R: rojo de sangre en las minas
pero no de rosas sin espinas.
La A: azul de cielos mañaneros,
mas no azules marineros.
Para la G: los grises olivares,
ni naranjos ni azahares.
La O: no está en el oropel, ni en la palma
de la mano; el oro brilla aquí en el alma.
La N se esconde en lo negro del dolor,
pero nunca oscurece el corazón.
Seis letras: cada una para un color...
y todas juntas, Aragón.

Gregorio Giménez


Se encuentra en pequeñas proporciones.
Se abastece de tus pensamientos y emociones.
Es vagabundo, pasajero e inconsciente.
Simplemente surge porque lo llamas y reacciona.
Languidece en las montañas de tu pequeña isla.
Cógelo en su momento porque es imprevisible.
Está allí acostado son sus mil expresiones.
Tiene un aire de locura, despacio y profundiza.
Son los rostros de las antiguas amantes.
De alguna manera os controla cuando corres a su alcance.

El amor es tu pasión.

Miguel Ángel Benedicto


PRESA SALADA

De los 41000 alemanes que tripularon submarinos entre 1939 y 1945, 26000 no regresaron nunca de la Segunda Guerra Mundial.

Partieron de noceh y como fuera que salieron navegando en superficie, Sven permaneció en el puente parapetado tras el grueso abrigo que le protegía de aquel viento glacial, observando las luces que dejaban a sus espaldas. El océano les acogía y les llamaba hacia su universo. Abajo las máquinas trajinaban y los oficiales rumiaban descontentos mientras se pasaban las cartas de navegación, crispados por la inutilidad del nuevo.

Sin embargo, cabalgando en las entrañas oscuras y aceitosas del submarino, Sven pasó buenos ratos. Aquello era el paraíso de un pirata, parapetado tras las aguas, emerger de improviso era un fenómeno técnico que le embriagaba. La caza siempre era idéntica: avistamiento, inmersión precipitada, calma aparente y tensa mientras manejaba el periscopio, ruido atolondrado de la maquinaria diésel, orden de preparar los torpedos, orden de disparo, espera infinita, explosión, caos externo, euforia interna y vuelta a desgarrar las olas para sentir su plasma salobre sobre la piel.

Las mañanas soleadas y azules de los mares del oeste envolvían en su seno a aquel oscuro pez de olor escabechado. Por ello salían a cubierta cuando había mar tranquilo y sobre ella tomaban el sol, hablaban de mujeres y algunos hasta tallaban pequeños objetos de madera para enviar a sus retoños.

Pero el tiempo no pasaba en vano y para cada guardia debían adentrarse en la ballena metálica a trajinar entre manivelas, válvulas, compresores, tensiómetros y palancas. La tripulación en general carecía de la vocación de Sven, pero le respetaban como hicieron con su antiguo comandante. En verdad era incómodo dormir en un lecho sudado por otro, comer carne salada o ahumada, tropezar con embutidos que colgaban de todas partes y compartir el retrete con cuarenta pero ser leviatán en un mundo tecnificado les hacía vivir como sardinas. Siempre a su alrededor, la mar les envolvía como un útero frío y resbaladizo, llena de vida y surcada por la muerte.

Los mercantes abordados eran en su mayoría paquebotes destartalados destinados a transportar carbón o mineral, tenían un aire triste y grisáceo, cubiertos de cables y faroles herrumbosos llenos de orín, pendulaban monótonamente sobre las olas y su maquinaria emitía una cadenciosa secuencia de ecos metálicos y sordos. La tripulación era en su mayoría carne de presidio y barrio bajo, tatuados, malhablados, embrutecidos y llenos de una visión procina y simple de la vida. Nunca tuvieron ningún reparo en mandar a reunirse con los tiburones a aquella chusma malaventurada.

Un amanecer de otoño, el vigía avistó una corbeta de moderna factura y diseño ligero que surcaba el agua con dominio y rapidez. Dio la voz de alarma y en menos de treinta segundos se metieron bajo la alfombra de las aguas. Cuando la tuvieron a tiro lanzaron dos torpedos, de los cuales uno hizo blanco. Pero ya era tarde. La evidencia les dejó helados, no era un barco aislado en misión de patrulla sino la avanzadilla expedicionaria de una escuadra. Sólo les quedaba un camino: inmersión, silencio y espera. En pocos minutos empezaron a lanzar cagas de profundidad a diestra y siniestra, el submarino temblaba, impactado por las ondas, vibraba, crujía y sus junturas gemían como almas en pena. La tripulación, sudorosa y asustada, se mantenía en su sitio. Cada detonación les sonaba como un aldabonazo en el cerebro; cuando éstas se hicieron más y más frecuentes, un marino joven sufrió un ataque de agustia que se solucionó a base de ostias. La iluminación interna parpadeaba, el motor fue detenido para no hacer ni el ruido más mínimo y las miradas de todos intimidaban a cualquiera que renunciase a templar a sus nervios. Nueva detonación, muy próxima; varios tripulantes caen al suelo, chisporrotean los cables, explotan varias lámparas, la luz se corta por unos segundos y vuelve a alumbrar pero ahora mortecina y apagada, la presión martillea las paredes de la embarcación. Sven ordena subir unos metros,se le obedece con pánico y a regañadientes, con el rostro como iluminado, comienza a sudar de forma excesiva, le tiemblan las manos, ordena: derecha, izquierda. Sorprendentemente las detonaciones comienzan a sonar más y más lejos. Ordena bajar unos metros, el submarino es ahora una olla a presión descontrolada y mortal. La escuadra se aleja paulatinamente. Al cabo de dos horas emergen.

Toda la tripulación sale a inspirar el aire cortante y helado del temporal. Ahora todos gritan alborozados. Sven toma una botella y bebe, luego la pasa a los marineros que le aclaman. No les responde, se introduce dentro de la nave, se tumba en un camastro, cierra los ojos, se seca el sudor con la manga, arroja la gorra a un rincón, se floja el cuello de la camisa y espira una, dos, tres veces.

José Ángel Guerrero


MUJER DE PERENNE SONRISA

Cayó su sombra en mi vida,
tus risas, tus alegrías,
tus silencios.
Cayeron tus ojos
de cuna
en mi vida sedienta
de fuego y de luna.
Cayó tu misterio
y tu abundancia
en las tardes de estío
y primavera,
de risas y café
a las cinco de la tarde.
Cayó tu fuego y tu luna
en mis manos heladas,
ah, pícara tuna,
de risa y silencio.

José Ángel Guerrero


A solas de mí misma,
involuntariamente me hundo
en profundos vacíos que apenas
duran un instante.

Se desliza una lágrima
en la tormenta del pensamiento.

No llegará mañana,
moriré en este cuarto;
mi cuerpo innecesario quedará
sobre la cama rodeado de sueños.

Olvidaré este paréntesis de espera
que me separa de lo eterno.

Sola conmigo, a solas y el cielo.

Rosa Tolosana


Son las tinieblas del miedo
las que me atan al recuerdo
siempre intentando vivir
la verdad del silencio.
Si las palabras salieran por la boca
y el temor cayera al suelo,
todo el mundo temblaría al oír
el canto de un sueño
que de sufrir se alimenta
y que no se sacia nunca,
sólo cuando el cuerpo desfallece
y le llama cobarde.
La angustia recorre el pensamiento
tan deprisa como el fuego
cuando arrasa el tiempo
que se perdió un día
sin sentir el miedo.

Beatriz


ENAMORARSE

Estados peldañescos de la vida.
Naturaleza giratoria de sensaciones.
Amores bañados en alegrías y lágrimas.
Movimientos compactos entre carnes y sedas.
Orgasmos y gemidos con tintes melodiosos.
Recordar aquello que fue y existió.
Añoranzas entre mares de desolación.
Ronroneo de risas y tristezas.
Sueños irreales de la existencia.
Esperanza hacia otros encuentros.

Jorge Juan Bautista Solano


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