NAVEGANTES DE LA PLUMA

Nº 3 - MARZO 1996

INVIERNO

Invierno,
colores tristes, grises y melancólicos,
melancólicos que me hacen sentir...
sentir como alguien extraño
en un mundo fantástico y hermoso.
Mientras completo esas imágenes,
pienso en
¿por qué lo destruimos?
Quizá sea porque es nuestro destino.
No lo sé,
y no lo comprendo.

Ángel J. Lara


HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE

A Alfredo Burguete y Juan Manuel Hernández
que aportaron buenas ideas para la realización de este relato.

Lo que ocurrió era a todas luces impensable; fue ciertamente tan triste como inesperado. Nadie, absolutamente nadie en todo el mundo, pudo preverlo. Ni siquiera ellas.

Unos dicen que la causa fue una radiación procedente de no sé qué meteorito que pasó cerca de La Tierra (hipócritas), otros dicen que la culpa la tuvo un extraño virus letal de reciente aparición que sólo afectaba a un determinado tipo de genes... la verdad es que a mí no me importa, y dudo que para el resto tenga mucho interés. Lo cierto fue que, por un motivo u otro, en cuestión de varios días y sin encontrarse remedio alguno, se produjo la muerte masiva de todas las mujeres del planeta. Y digo todas, desde la más inocente recién nacida hasta la más longeva. No hubo ningún tipo de selección.

En un principio, el desconcierto fue general. La verdad es que sucedió todo con tanta rapidez que ni nos dimos cuenta. Las primeras noticias acerca de la incipiente serie de muertes que recaía exclusivamente sobre el sexo femenino nos cogió auténticamente por sorpresa. Lo consideramos entonces como algo aislado, algo que estaba ocurriendo fuera, pero cuando comenzamos a ver como nuestras amigas, algunos miembros de nuestra familia (mi pobre madre)... perdían inexplicablemente la vida sin poderse hacer nada por evitarlo, cundió el pánico. En la televisión, toda la programación estaba basada en noticias de más y más muertes en todo el Mundo, sin causa aparente. Los médicos no podían hacer nada, nadie era capaz de impedirlo, nadie sabía nada. Y mientras todos nos debatíamos entre la desesperación y la impotencia, nuestras mujeres nos iban dejando una por una hasta que, menos de una semana después de que se iniciara la matanza, la verdad explotó en nuestras narices: no quedaba una chica viva sobre la Tierra.

A partir de ese momento, y durante mucho tiempo, nadie levantó la cabeza. El índice de suicidios se multiplicó por cien y se paralizaron una gran cantidad de actividades, mientras que otras, las orientadas al consumo femenino, cerraban una tras otra. Pero lo peor de todo fue que un profundo sentimiento de desolación se adueñó de todos nosotros. Nos invadió una vacuidad tan opresiva que durante más de un año nadie fue capaz de hacer algo lógico. Los cementerios se veían desbordados ante tal afluencia de "clientes".

Se habilitaron millones de fosas comunes para alojar a todas las difuntas ya que era imposible proporcionarles una sepultura digna. Miles de hombres destrozados abarrotaban día a día los camposantos, preguntando a algún dios cómo había sido capaz de permitir aquella atrocidad y no obteniendo como respuesta más que un angustioso silencio. Era, efectivamente, en el terreno afectivo, en el que la raza humana, mejor dicho los hombres, habíamos sido más dañados. Había sido un duro golpe para nuestros sentimeintos más profundos. Había destrozado muchísimas relaciones estables, muchas de ellas en todo su esplendor, lo que resultaba mucho más doloroso. Pero de cualquier forma poco, mejor dicho nada, es lo que se podía hacer al respecto.

Poco a poco, amargamente, el mundo pareció recuperar su ritmo de vida, tratando torpemente de solventar todos los problemas que acarreaba la ingente pérdida. no tardó mucho en surgir la inevitable pregunta: ¿Qué iba a ser de la especie humana, ahora que era incapaz de reproducirse? Desde luego, estaba la fecundación in vitro. Haciendo uso de las escasas reservas de óvulos que se tenían podían darse a luz nuevas criaturas, pero ni siquiera esto era la solución, ya que si la causa de las muertes habías sido un virus que afectaba a los genes femeninos, lo que parecía bastante probabale, las niñas que nacieran morirían irremediablemente. Y los óvulos disponibles no iban a durar indefinidamente...

Había que rendirse ante la evidencia: no tenía sentido darle más vueltas al asunto, pues no había solución.

Y tampoco había solución para mí. Personalmente, el problema me había afectado de una manera muy especial. Para comprenderlo bien hay que decir que yo tenía veintidós años y era uno de esos jóvenes infelices llenos de buena voluntad que no habían conseguido nunca tener una relación con una chica. Siendo más estricto, diría que nunca ha´bia logrado ni siquiera besar a una de ellas. Tenía amigas (antes de que todo ocurriera), y había estado enamorado más de una vez, sin embargo jamás tuve la oportunidad de salir con ninguna. No era especialmente tímido, pero a la hora de dar el paso decisivo tenía verdaderos problemas. Sensación de inferioridad, decía mi psicólogo. ¡Pero qué solemne tontería!

Yo lo del amor me lo había tomado muy en serio y después de todos mis fracasos estaba realmente desesperado. Me obligaba a pensar que era sólo mala suerte, que lo conseguiría tarde o temprano. Pero la excusa no me convencía.

Y entonces sobrevino la inesperada tragedia. La muerte de mi madre, de muchos familiares, de mis amigas me provocó un sufrimiento inicial que únicamente al principio fue capaz de enmascarar el verdero dolor: nunca había conocido el amor y ahora no lo conocería jamás.

Me hundí en lo más profundo. ¿Cómo había podido ocurrir todo esto? Si antes sentía que me faltaba algo, ahora me veía inundado por una angustiosa sensación de vacío. De ninguna forma podía imaginarme una existencia sin chicas aunque sólo fuera para darme el placer de contemplar su belleza día a día. Y desde luego, todos mis sueños de vivir con una mujer, incluso de tener hijos, eran cruelmente echados por tierra. Era tan duro que me era imposible soportarlo. No tardé mucho en sumergirme en una fuerte depresión. Por mucho que lo intentara, no podía quitarme la idea de la cabeza. Nítidas imágenes de jóvenes bonitas alas que había conocido no paraban de surcar mi mente a cada instante, en un intento por mitigar mi inconmensurable sensación de pérdida. Pero no servía de nada. Me volví un introvertido, yo, que siempre había disfrutado de la presencia de los demás. Comencé a fracasar estrepitosamente en mis estudios, ya que en mi casa no hacía más que pensar en lo mismo. A causa de esto, pronto fueron frecuentes las jaquecas. Me levantaba todos los días carente de ilusiones, sin esperar nada de la vida. Más de una vez pensé en suicidarme. Sin embargo, yo podía ser muchas cosas, pero no era un necio.

Decidí buscar la solución a mis problemas de otra manera, intentando llenar mi vida proporcionándole alguna meta. Retomé mis estudios y durante varios años recorrí a conciencia las ciencias y las letras en busca de algo, no sabía muy bien qué. Pero fue inútil. Siempre reaparecía el mismo pensamiento, que me llevaba a concluir que todos mis esfuerzos era vanos, que no era nda de eso lo que necesitaba. Nada podía sustituir a las chicas. Otra vez estaba como antes. Depresivo, con conintuos dolores de cabeza y con el peso añadido de que mi psicólogo decía que me había convertido en un neurótico. Lo peor de todo era saber que tenía razón.

Un día, caminando lentamente y abstraído como siempre hacia una de las bibliotecas de mi ciudad, pasé al lado del cementerio y decidí visitar a mi difunta madre, que reposaba en una de la múltiples fosas comunes que abarrotaban el terreno. Era curioso advertir cómo la gente, al contrario que antes, rehuía los cementerios: no había nadie. Pensándolo un poco, no era extraño. Aunque en un principio fueran lugares donde los hombres pudieran reunirse con sus recuerdos e inundarse de nostalgia, ahora más bien causaban dolor y desesperación.

Cogí el sendero principal y me dirigí a la tumba. Sin embargo, estaba a medio camino cuando una de ellas, suntuosamente atormentada, atrajo mi atención. La tumba había sido construida a base de mármol blanco y las flores, de todos los colores, la cubrían casi en su totalidad. Pero no fue su estructura, naturalmente, lo que interrumpió mi marcha, sino la imagen de la fallecida. Era realmente bellísima. En verdad no había visto nunca una joven tan bonita. Sus ojos, de un azul intenso, podían muy rivalizar con el cielo en hermosura y su pelo castaño, que caía en cascada por su espalda, parecía invitar a acariciarlo suavemente. Inmediatamente tuve la sensación de que si aún viviera hubiera intentado por todos los meidos conseguir su amor. La chica se llamaba Esther, y había muerto hace cuatro años, concretamente varias semanas antes de que tuviera lugar la gran tragedia. Tenía veinte años cuando perdió la vida. Por la calidad de la losa, era de suponer que había pertenecido a una familia acomodada. Además, según contaba el epitafio, había sido embalsamada para conservar su belleza, cosa que no era de extrañar en absoluto.

Al instante sentí el irrefrenable deseo de verla al natural. Cuando quise tomar conciencia de lo que hacía, ya había agarrado algo con lo que hacer palanca y había desplazado la losa que cubría el ataúd. ¿Pero qué era lo que estaba haciendo? Tras abrir este sin gran dificultad, me quedé en pie admirando la angelical figura de Esther. Sentí como mi corazón se desgarraba.

Si aún vivieras...

Contemplé un buen rato a la eterna yaciente cautivado por su hermosura. No pude evitar darle un beso en la mejilla; tras ello cerré el ataúd, procedí a colocar la losa en su sitio y volviendo sobre mis pasos, dejé el cementario. Ni siquiera me despedí de mi madre.

Bastó un par de días para darme cuenta de que no podía quitarme a esa chica de la cabeza. Tantos sueños, tantos deseos... y conocía a la mujer de mi vida cuando ya estaba muerta. ¿Por qué, maldita sea? La había visto durante unos pocos minutos y ya sentía que la amaba.

Si aún vivieras...

Sentí una repentina curiosidad por saber quién había sido, en qué ambiente había vivido, cuál era su forma de ser, qué problemas había tenido... en fin, todo. Supuse que no pararía hasta averiguarlo y pronto me descubrí acometiendo todo tipo de acciones, algunas de dudosa honradez, para alcanzar mi objetivo. Pero mereció la pena. Esther había sido hija única y había pertenecido, como había supuesto, a una familia rica. Pero eso no era lo interesante. El hecho es que su actitud, así cómo la mayoría de sus preferencias y aficiones, coincidían sorprendentemente con las mías propias. Y lo más curioso de toro era la causa de su muerte. Esther había muerto de pena, por la cual yo también estaba muriendo poco a poco.

Me resultaba difícil de creer que aquella bellísima criatura hubiera podido morir por aquella razón, pero aún me resultó mucho más complicado asumir que la pena que acabó con su vida fuera motivada por encontrar al chico al chico de sus sueños. ¿Pero cómo era posible que no hubiera encontrado al chico de su vida si con su atractivo los tendría todos a sus pies? Por lo visto, por lo que había podido averiguar, había tenido a muchos a su alrededor, pero ninguno era lo que buscaba.

Yo sí que lo hubiera sido, estoy convencido. Todo lo que sabía sobre ella lo confirmaba.

El tiempo pasó entre mis depresiones y mi neurotismo, hasta que un día decidí que tenía que verla de nuevo.

Esperé a la noche. Recorrí por segunda vez el camino hacia el cementerio y penetré en él. Tampoco esta vez había nadie. Cuando llegué a la altura de la tumba de mi dama, noté que todo mi cuerpo estaba temblando de excitación. Cogí el instrumento que me servía de palanca, el cual había escondido la vez anterior no se muy por qué, y aparté la losa una vez más. Abrí el ataúd. De nuevo la vi. Inocente, hermosa... Esther.

Mi corazón latía aceleradamente. No hice esfuerzos para contener mi pasión. Me metí dentro del ataúd, con ella, y la abracé. Seguidamente cerré el ataúd sobre mí.

...

Por la mañana, el enterrador descubrió la losa desplazada. Achacando la acción a algún desconsiderado, volvió a colocar el bloque de piedra en su sitio y se largó.

Fernando Lafuente


DEDICADO CON AFECTO A LA PRINCESA DORADA

Miles de noches la Luna lloró su ausencia, pero a pesar de todo, su corazón seguía estando ardiente por su amado Lucero. Aqueste desconsolado enamorado suplicada clemencia a su peor enemigo: el Tiempo. El cual se regocijaba de su tristeza; su duro corazón años atrás fue devorado por las ansias de poseer a la bella y dulce Luna. Pero un rival más tierno y sincero conquistó el frágil corazón de su doncella. El cálido Lucero desplegó todos sus encantos de tierno enamorado y la conquistó finalmente. Tras la derrota del frustrado Tiempo, les echó malhumorado un oscuro hechizo, en el que ambos enamorados serían separados por su misma persona. Miles de amargos días y de tristes noches fueron pasando lentamente por sus cálidos corazones, saciando el odio y la venganza del rechazado contrincante, el cual vivía amargamente en el mundo de las oscuridades del relativismo.

Pero a pesar de todo, si vos deseáis ver brillar el Lucero durante el día lo veréis más radiante que nunca, ya que sus fogosos brazos os comunicarán bellas palabras que el buen amigo Viento transmitirá altruistamente a su amada. Y, la bella y pálida Luna enamorada dará suaves abrazos a las tiernas nubes que comunicarán sus sinceros sentimientos tras arduas travesías en lucha contra el Tiempo. Por lo que luchad y luchad arduamente por vuestro sincero amor contra corriente hasta que logréis el clímax de toda hermosa relación.

Jorge Juan Bautista Solano


Para mí, son tus lágrimas
como las sombras de las ánimas
que vagan por los montes,
porque son tus ojos
mis únicos horizontes
de un amor sin despojos,
de un cariño bien cierto.
Pero cuando te miro
mi corazón da un concierto
de latidos de pasión,
de bombeos de ilusión
y tengo poesía en el pulso
y amor en cada aliento
que me da impulso,
que me da alimento
y que me refresca
como lo hace el viento.
Porque eres la vid,
porque eres el sarmiento,
amor mío, sin ti
no tengo talento,
no tengo armonía,
no tengo poesía.
No tengo esperanza
y tan sólo me queda
bailar una danza
con la muerte que espera
porque solo tengo un camino
y sólo sigo un sendero:
el tenerte conmigo,
¡Tener el Mundo entero!

Antonio Ullod


En el reino del silencio, en lo oscuro del ayer,
en la voz que deja oír el entredicho,
flota mi alma envuelta en brumas
del lejano amanecer en que crecí.
Entre volcanes de sueños y de nubes de libertad,
me deshago en maravillas que no soñé que existieran.
Me mezclo con mi valentía
en la más inmortal de las razones,
en un vivir prohibido,
en lo obsoleto de esta galaxia.
Me renuevo a mí mismo
al ritmo antagónico de las olas
y me siento por fin en tus brazos,
entre es universo y su dulzura,
entre el hacer y deshacerse de la vida,
entre tu piel y la mía.

Dioni Domínguez


No quiero morir sin llorar,
ni sufrir, ni mentir.
Para que pareza tan real
que pueda decir que he vivido.

Toda mi vida de un personaje
es una representación.
Drama en su tristeza,
comedia en su alegría.
Todo es una actuación
de tristezas y alegrías.

Ramón López


Fui al puerto,
al puerto que envolvió
nuestros cuerpos,
aquel en el que jugamos
a piratas y viajeros.

Ahora nadie juega,
ahora todo está desierto,
sólo queda el faro
ya olvidado y viejo,
como el amor que juramos
bajo él, en aquel tiempo.

Del amor ya no queda nada,
como nada queda del velero,
nada de alegría y llanto,
sólo un dulce silencio.

Un silencio de hechizadas noches,
marcadas por la brisa del puerto
que ha ido mostrando a los amantes
una eterna dicha de sentimientos.

Por siempre nuestros dos cuerpos
como sombras en el tiempo
permanecerán allí enlazadas
...en el faro viejo.

Francisco García


Que no se esconda la noche,
que no empiece la tortura,
que hoy no se cierren tus ojos,
que no los mire ni la luna,
que emigre el tiempo y viva lejos,
que duerma con nosotros la locura,
que no haya ni aire entre nosotros,
que todas las estrellas se vuelvan oscuras,
que sólo me alumbre tu Universo,
¡que sólo me arrope tu piel desnuda!

Lluvia de verano


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