Ha sido ayer...
cuando el tiempo ha continuado su curso,
cuando todo ha desaparecido en la niebla.
Ha sido ayer...
cuando toda la esperanza se ha perdido,
cuando el mundo ha dejado de tener sentido,
cuando la gran ave ha sido atravesada por la fatal saeta.
Ha sido ayer...
cuando el día se ha acabado,
cuando la noche ha empezado su reinado,
cuando se ha quebrado la línea de la vida,
cuando el arroyo ha llegado al mar.
Ha sido ayer...
cuando las flores se han secado,
cuando la última vela se ha extinguido,
cuando las hojas de los árboles se han caído,
cuando el rayo ha destruido el último árbol de la vieja floresta,
cuando el último sueño deseado ha sido abandonado.
Fue ayer, sencillamente ayer.
A Mariazell
Hay poesía
en la tristeza,
en la soledad.
En una melodía delicada
a altas horas de la madrugada,
cuando los demás duermen...
En un paseo
por la bruma fría de la noche,
viento gélido, luna pálida...
En un solar abandonado,
lleno de cosas curiosas,
una muñequita sucia...
En los sucios caminos
junto al río,
cerca de una cloaca
a la que van a comer
las gaviotas de tierra adentro...
En una meseta alta,
mucho más arriba del valle,
con un circo completo
de Dioses silenciosos de piedra,
como compañía,
y un lago helado,
y la tarde que se pierde
más allá de la esfera...
En unos niños jugando
en un patio de colegio
o recreo, de veraneo,
y la soledad,
como antes, de compañera...
En una carretera
más larga
que la idea de la misma.
Entre matojos, arbustos,
y tierras indefinidas.
En la mochila
y el esfuerzo, la penitencia...
En una flor
en el arcén.
En un rostro, el tuyo,
y una risa, un cariño.
En una marmota
que cruza negligente
mis pasos en el infierno blanco,
ingente hielos y nieve,
huesos calados.
En un amigo que porta:
botella de vino, y chocolate
con almendras, y anda conmigo
por tierra aún salvaje.
En el milagro de encontrar
el camino de regreso.
En la fronda
de un bosque vertical.
En el terror auténtico
al borde
de un precipicio verdadero.
En miles de noches corriendo
por los canales, las acequias
y el parque mal iluminado.
En manzanas comidas
del propio árbol.
En amigos inesperados.
En ti.
Dedicado a Mercè, esa chica encantadora.
En el viejo rincón del paseo,
aquel en el que remontándonos
a los albores de la vida,
cada rapaz soñaba en él
viejas historias en la ciudad perdida;
allí estaba yo,
inventando mil fantasías,
cuando de pronto surgió,
como surgen los sentimientos del corazón,
un poderoso deseo,
escribiría una poesía.Pero no una poesía trovadoresca
inmersa en galanías,
sino un poema de agradecimiento,
porque sin saberlo me has mostrado
que los senderos de la existencia
no son línea prohibida,
y podemos disfrutarlos
siguiendo la esencia que nos da la vida.Un poema de agradecimiento
a ese sueño hecho persona,
a esa persona hecha mujer,
a ti, sí, Princesa,
que va conquistando todo mi ser.
Si buscas mi amor entre tus viejos recuerdos, me encontrarás en el reflejo de cada palabra de este pequeño escrito.
Mis ojos serán las oscuras vocales y consonantes que forman la palabra Pasión; mis labios jugosos y salvajes estarán escritos con sangre formando la palabra Deseo dando lugar a la unión de dos cuerpos jóvenes que no habrá nadie en el mundo que los podrá borrar. Cuando tus dedos acaricien al ritmo de las olas del mar cada milímetro de esta carta, estarán acariciando todos los ocultos poros de mi oscura piel. Tu cuerpo será la pluma que se unirá con el papel, formando una unidad de gemidos y placeres, dando lugar al nacimiento de una pequeña y hermosa obra llamada Amor. Tus hermosos ojos sentirán, sobre el brillo de sus pupilas, cómo el fino papel se arruga lentamente al compás de una romántica canción. Tus finos dedos se aferrarán fuertemente sobre mi suave pecho, coronado por pequeños y rosáceos puntos finales.
Al terminar de gozar la lectura de este escrito, nuestros cuerpos habrán conseguido unirse de nuevo; logrando la meta de lo que parecía en otros tiempos inalcanzable. Tus labios besarán y acariciarán cada acaramelada palabra y frase, sintiéndonos sumergidos en mares de gozo y glucosa.
Deseo de nuevo escribirte y amarte de nuevo como en otras cartas.
Conde Georgio D'Amix
I
La ciudad dormitaba, y las calles aparecían blancas y desiertas en la primera hora de la noche; si nlugar a dudas era aquel viento glacial, que congelaba hasta los huesos a quien se aventuraba a salir a la calle. Dentro de los hogares, los que aún permanecían despiertos, miraban la calle con cara de frío o permanecían sentados, arropados, viendo la monótona danza de las llamas. El reloj de la catedral dio las ocho y en una esqueina, moría de frío un gato sucio y viejo. Cerca de las nueve se oyeron en los arrabales los primeros disparos y los vecinos al unísono ahogaron los últimos fuegos dejando la ciudad a oscuras. A la luz de la luna un ejército de sombras y brillos de metal cortaban la oscuridad de la noche con el siniestro resplandor de sus bayonetas. Eran pasadas las diez cuando el Hombre del Abrigo Blanco llegó a la plaza principal; bajo cientos de miradas de perro, se sentó en un banco; miró unos instantes la luna y dijo:
- Mañana.
II
Estaba seguro de haberlo soñado: la botella se encontraba en una cueva de los Barrancos del Nordeste.
- Rodok, Nuestro Señor, me ayudará -musitó -. Gracias a Él abandonaré la ciudad sin ser visto.
Cuando aún no había amanecido, Sborok, confundiéndose con las sombras, penetró en la alcantarilla y ganó tras horas de nauseabunda travesía su desembocadura en el río Lade. Siguió su curso durnate un par de horas, atravesó las estepas de Vactilia, y tomó por fin el sendero del Norte. El camino polvoriento discurría entre un bosquecillo de pinos que de continuo lo cubrían con su sombra y con sus hojas. A mitad del ccamino sintió que algo le oprimía el pecho y que el aire iba a estallar como un cristal, oyó ruidos de pisadas y recorrió a la carrera el resto. Una cortina de rocas terminaba camino y bosque para dar lugar a una armoniosa secuencia de grutas agujereadas por el agua que se retorcía como una serpiente de crisal entre sus paredes disformes. Colándose entre las grietas y el follaje, bajo el solo resplandor de tenues columna de luz, llegó a un pequeño panteón de roca, enredaderas y madreselvas. Vio en su entrañas una vulgar botella de vidrio que guardaba en su interior una blanca nubecilla que pugnaba en lucha inútil con salir y confundirse con el aire. Salió tras apoderarse del blaco talismán a un barranco que se extendía entre paredes de roca, álamos y juncos y echó a correr por una esponjosa vereda, sorteando las yerbas que al paso le salían, como imputándole su robo. Se sintió de pronto acorralado, perdido y se abalanzó sobre un remanso del arroyo, cuya abundancia y profundidad impedían ver el fondo.
III
Ya oscurecía sobre un mar embravecido que surcaba la fragata firme y segura, y era de ver cómo las olas se deshacían al viento sin casi tocar la embarcación. Entreabrió los ojos y alzó la vista. Estaba solo... ¿solo? ¿En un barco que no sabía manejar y en medio de los mares? Sacó apresurado de su bolsillo la botella, la nube tomaba formas contradictorias y evocativas. Permaneció allí, de pie, en la insólita nave que atravesaba como volando la más dura de las tempestades. El viento empapaba su cara y por un momento sintió ardor en la frente y frío en el cuerpo. Decidió no abrila y guardarla de nuevo en su chaqueta. ¡Era él! ¡El Hombre del Abrigo Azul! Sin pensar se dirigió en volandas al puente mando. Él permanecía impasible, con los brazos cruzados y la mirada ausente frente a un timón congelado en el tiempo. Era alto y fuerte como sus hermanos. Sus cabellos ondulaban al viento y se dejaban caer a ratos sobre un simple abrigo de paño. También él era orgulloso y altivo. La noche ocultaba toda luz, pero algo extraño persistía en alumbrar la embarcación. Quizá por increíble sortilegio o pasmoso poder de concentración, Sborok no había sido ni visto ni oído por el soberbio tripulante. Ello le permitió colocarse a sus espaldas, bajo la sombra titánica que los relámpagos proyectaban sin cesar. Entonces fue cuando volvió a scara la botella... Una fuerza sobrenatural y extraña le expulsó del barco y le sumió en desesperado combate con las olas. Había perdido, en su caída, la botella y su búsqueda le preocupaba más que su propia salvación. El amanecer sorprendió en la playa un cuerpo inerte bañado en sal y espuma y, a su lado, limpia y cerrada, la botella.
IV
Tampoco fue un buen día para Ludok, que se ganaba la vida recogiendo crustáceos y huevos de tortuga que luego malvendía los días de mercado. Un tropiezo inesperado con el moribundo hizo que malrotara todo cuanto había recogido hasta ese momento. Cuando se volvió, él se había incorporado levemente y con voz ronca y queda le relató brevemente sus peripecias y le hizo jurar que llevaría la botella a Lodbría para su liberación. Atenazado por un hambre atroz, Ludok no supo negarse cuando un hombre, de implacable aspecto, cubierto por un simple abrigo de paño de color amarillo, le ofreció por ella la estrafalaria suma de quinientos maratíes. Por la noche, arropado entre mantas de piel y sábanas de seda, lloró amargamente.
V
Era soberbio, poderosos y veloz, prados y veredas se alejaban retumbando bajo el ritmo frenético de sus cascos. Jamás había soñado con poseer un caballo semejante. Ordenó al corcel detenerse a escasos metros de un círculo totémico, limitado por álamos de hojas de cobre, y se adentró en él, tembloroso, dispuesto a pagar el amargo precio de su traición. Esperó durante unos instantes, de pie, en el centro, consternado y abatido. Rodok le habló en boca de los siete vientos:
- El agua llevará la botella a Lodbria. Tu propia agua, Ludok, túmbate en el suelo y piensa en ella.
Obedeció; borbotones de agua pura comenzaron a brotar de su pecho, mientra él se iba encogiendo y arrugando. El arroyuelo comenzó a serpentear sobre las hojas muertas y salió de la alameda. Ludok, reducido a un montoncito de polvo, fue diseminado por al aire por los siete vientos. El riachuelo llegó por fin a la Mansión de Las Doce Puertas, subió escaleras arriba, penetró en el salón presidencial, destrozo de una oleada la formidable caja de oro que la cobijaba, rodeó la botella y la condujo finalmente al océano.
La Avenida de la Gloria desembocaba en al Plaza de La Soledad. Allí tenía su sede el palacio del gobernador. Desde primeras horas de la mañana una multitud pugnaba penetrar en aquel vetusto caserón de pieras ciclópeas y desgastadas. La muchedumbre retrocedía a culatazos y se alejaba de las rejas que cercaban el recinto para volver a la carga con la furia y la determinación de las olas. En el antiguo Salón del Trono, situado en el tercer piso, el Hombre del Abrigo Rojo miró a través de los cristales empañados, mientras cuatro o cinco mayordomos alimentaban la colosal chimenea que, a modo de boca del infierno, presidía la estancia. Se había recuperado de nuevo la botella. Ordenó que le presentaran al soldado que la había traído y le nombró capitán. Para un profesional de la muerte, ser nombrado capitán por tan solo aniquilar a un fanático libertador fue todo un acontecimiento. ¿Cómo sentir remordimientos por la muerte de otro incauto emisario de Rodok? a noticia había corrido a através de no sé qué ininteligibles signos vigilados de forma que toda la ciudad se había concentrado en la plaza al despuntar el alba. Desde entonces habían pasado ya seis largas horas y el nuevo gobernador estaba harto de la algarabía que montaba aquella chusma. Se dirigió a la ventana, hizo una señal y repetidas descargas de fusilería despejaron la plaza y la llenaron de moribundos. Acto seguido, a lomos de su caballo, cruzó al galope el Paseo de las Acacias y llegó a una pequeña plazoleta, sembrad de adoqueines y hacia el cielo cubierta por las copas entrelazadas de olmos viejos y curtidos. Era la casa de Aldok, el sabio, fiel reflejo de su dueño: grande, añosa y desvencijada, llena por toas partes de inimaginables objetos de función inextricable y secretaa, todos ellos abandonados y cubiertos de polvo. Sólo el sótano mantenía la limpieza necesaria para desenvolverse con cierta facilidad. En el forzado aislamiento de su avanzada edad, percibió Aldok pasos lentos y acompasados que hacían temblar las vigas de su propia casa e instantes después el gemido sobrio y prolongado de la puerta que del mundo le separaba. El gobernador, con su hercúlea complexión, se dibujaba en el dintel, por un instante, como la más fiel y aterradora imagen del diablo. El viejo asumió temblando la sagrada misión de guardar con su vida la botella. Sólo Rodok sabía que en aquel vetusto santuario de conocimiento y ciencia, aquel hombre que de tantas maneras había negado su existencia, tenía en su poder el objeto más codiciado de toda la ciudad.
VII
¿Cómo era posible? Sin ninguna explicación aparente, la idea de una botella le venía a la memoria como una necesidad apremiante, de cuya satisfacción dependiera su vida. Encontrar la botella era para él aquel acto ilógico, temerario y vital, a caballo entre el delirio y la cordura, por el que pondría en juego su vida de muchos años y sus logros. ¿Qué era aquello tan falso y tan concreto, capaz de empujarle con el ardor olvidado de la adolescencia a penetrar en las entrañas de la noche en busca desesperada de una btoella de cristal de la cual incluso su paradero ignoraba? Quizá en la prematura madurez del pensador, se hubiera deleitado años atrás hurgando en los principios y las causas de aquella sensación inédita de su experiencia que ahora le impulsaba a crizar la parte más sórdida y peligrosa de la ciudad. Era cerca de la una cuando llegó a la Plazuela de Poniente. Tuvo la certeza de prtoagoniazar la sensación brusca y tangible que un día creyó que cambiaría su vida. Allí vivía Aldok y comenzó a aporrear su puerta con la furia contenida de años enteros. Derribó la puerta, golpeó brutalmente a su mejor amigo, se apoderó de la botella y huyó por los tejados como un ladrón.
VIII
Apenas podía dar crédito a sus recuerdos y se horrorizaba ante su propia imagen protagonizando los más disparatados y atroces actos por los tejados de Lodbria. Le bastaba ver las calles desiertas, puertas y ventanas cerradas y soldados por todas partes para darse cuenta de que realmente mató a dos hombres la noche anteior. Lavó sus manos y a su vez la botella en una fuente de agua puera, fría como la muerte que de ellas había brotado horas antes. Lavó después su cara y su pelo cano, queriendo con ello exorcizar el demonio que había arruinado una vida de sacrificio y rectitud. Siguió caminando por la ciaudad amargado por al pérdida irrevocable de su virtud y llegó al río. Apoyó sus manos en la gélida estructura de la balaustrada, miró la ribera y luego dejó deslizar en el ambiente tenso de la mañana la botella. Creyó por un instante que jamás llegaría al agua, pero estas la acogieron en su seno y la llevaron río abajo. Miró instintivamente al cielo, el sol apartaba las nubes con su brillo y el día se iluminaba limpio y claro. Escaminó sus pasos hacia el Liceo y se reunión con sus discípulos. Sólo los Actos de dolor por la muerte de Aldok le recordaron lo ocurrido.
IX
Sus manos temblorosas y heladas le recordaron el día no lejano en que perdió de golpe su belleza. Ahora estaba arrodillada junto al río; tenía que lavar tres canastos más de ropa y tres y ya el frío le hacía estremecerse y pararse a menudo. Era una mujer de facciones sufridas y arrugadas, adulta desde niña cuya juventud huyó despavorida ante la dureza del trabajo y la existencia. Poco a poco entraron en calor sus manos entumecidas y volvió a coger otra prenda. Uan sábana amarillenta y raída atrapó sobre el agua y bajo sí la botella que junto a ella volvió a la orilla. La vio y se le antojó la más cruel y despiadada ironía del destino. Todo el munod sabía que bastaba abrir la botella en el Cerro del Silencio y Lodbria sería por fin salvada. ¿De qué? Toda su vida había sido humillada y explotada y ahora nada le importaba por quién. La guardó a su lado y volvió a sumirse en esa actividad frenética y forzada, carente de alicientes, que era para ella el trabajo. Levantó la cabeza y escuchó: llegaban río abajo grandes barcas llenas de soldas y se le terminó de helar la sangre. Agarró la botella y echó a correr monte arriba, veía por todas partes soldados en su fuga y, cuando los vio frente a sí, detuvo de pronto su carrera. Aquellos hombres que al miraban con respeto inesperado y grato, se abrieron a su paso saludándola como no lo harían ni ante un general. Siguió caminando procurando acallar el ritmo desacompasado de su aliento y de su corazón.
Se miró de arrbia a abajo y se vio cubierta, para su sorpresa, por un abrigo pesado y grande de coor verde. Miró hacia el cielo con los brazos cruzados sin saber qué hacer, decenas de hombres frente a ella esperaban con paciencia cualquier conato de orden. Ocultó con disimulo la botella, les ordenó permanecer allí y subió al cerro. Desde alí se dominaba todo el valle y a lo lejos la ciudad le contemplaba implorándole. Ahora, por primera vez, se sentía grande y poderosa. ¿Qué le debía ella a esa ciudad que ahora le parecía más lejana e ingrata que nunca? Luego recordó la matanza del día anterior y recapacitó. En la maraña infinita de la duda, cerró los ojos, apartó la cara y abrió la botella. La nube, libre ya, se condundió con el aire y se elevó ante sus ojos. Volvió entonces la juventud a sus manos y a su cara, limpia y radiante y bajó correindo. Llevaba en su mano, blandiéndola como la más terrible espada, la botella vacía. Cuando llegó a la orilla, los soldados se encontraban ya en la ciudad que no tardaron en abandonar. Estrelló la botella contar las rocas, que se rompió en mil pedazos y tiró ropa y canastos al río que, momentáneamente cubierto de blanco, los llevó hacia el océano. A lo lejos, se oía el repiqueteo alborozado de las campanas de Lodbria.
Contamina mi corazón con un remilgo,
uno sólo, que desafíe a mi huracán
a perseguirte.
Desenreda mi vida de su apoyo
y déjame abrazarte hasta con ella.
Sobrevuélame,
desperdíciate sobre mí hasta inundarme,
hasta lamentar a voces un final,
desnuda de hambre de ti,
de tus labios, de tus ojos.
Arrastra mi mundo hasta allí,
hasta que se acabe el mundo.
Dibújame en un recuerdo
y escóndelo entre mi piel.
Retorna a lo incomprensible
y ámame,
ámame como sólo tú sabes hacerlo.
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