Cómo abriste mis entrañas.
Tu mano apretando mi columna
en simetría truncada de ganglios simpáticos.
Una mirada vacía...
Así ha quedado
el hálito eléctrico de mis neuronas.
¿No sonríes? Quizá deberías.
¿O es que mi plasma no bañó del todo tu sentido?
Déjalo fluir, aún podrías aspirarlo.
¡Mentira!
Mis órbitas huecas clavan
lo que tus uñas han podido arrancarme
en contracción espástica de un sinsentido.
Libérame. ¿Podrías liberarme?
Oh, sí... Ahora mis tendones callan.
Cantaban una melodía para tí, ¿no la oías?
Un seis por ocho, a ritmo de jiga
en vorágine inmensa de sueños arruinados
y esperanzas que jamás concebirías.
¿Tú crees que esto podrá acabarse? Pues no me lo digas...
Aún creo que el mercurio corre por mis venas
incapaz de medir mis pensamientos.
¿Pero es que no lo oyes?
¡Mis oídos gritan lo que tu corazón escucha!
Y mi boca huele lo que tu pelo habla
de mi plexo linfático imbuido
de los restos de tus besos,
de retazos de caricias...
De algo herido
y de algo muerto.
-Mamá, he de contarte algo.
La mujer contempló al muchacho y advirtió al instante la desolación que le inundaba. Confundida, le instó a continuar hablando.
-Es que... -el joven consideró la posibilidad de suavizar la noticia pero al final decidió exponerla tal cual era-, hoy me ha tocado Violencia en grado 7 y... he matado a mi hermano -sabía que las siguientes palabras sobraban, pero tenía que pronunciarlas-. No he podido evitarlo.
Su madre volvió a mirarle, ahora con un semblante que pugnaba por mostrar tristeza pero era incapaz de hacerlo.
-Paciencia, hijo mío; el Sistema sabe lo que hace -logró decir finalmente, con un tono lánguido que traicionaba claramente la dosis de Transigencia 9 de aquel martes.
El aludido maldijo por enésima vez la política global de control de población y su trágica mala suerte. Poco después su expresión cambió radicalmente y con un brillo de amarga esperanza en la mirada preguntó:
-Mamá, mamá... ¿es posible que consiga pronto una Venganza 10 y cometa un atentado contra el Sistema?
La mujer meditó unos instantes y al final habló:
-Puede ser, hijo mío, puede ser. Pero mientras tanto persevera, ten fe.
Y acto seguido comenzó a rezar interiormente para que a su hijo no le tocara antes una dosis de Olvido de grado demasiado alto.
He descubierto en mis manos, de mañana,
sangre limpia de princesa;
a esa hora del alba, incierta,
en que las nubes habitan con nosotros.
Bañando mi cuerpo de esa tibieza que me unía a ti,
he poblado sin tenerte las moradas ocultas de tu alma
y he visto un hueco de ventana en tu sonrisa;
una estela oscura en el limpio azul de tu mirada.
Y te he visto tras los velos,
en ese templo abierto donde van a reunirse
todas las princesas muertas.
Ya sin rumbo he dejado el mausoleo,
el osario blanco de los sueños,
del que huyen los pájaros en invierno
por no volver a ver
sangre de princesa entre sus manos.
¡Mentira!
¡Toda la física era mentira!
hablaban de atracción y gravedad
pero no hablaban de tu boca
ni tus piernas.
Hablaban de descargas eléctricas
sin saber lo que eran las caricias
de tus manos.
Pretendían saber que era calor interno
y jamas habían visto tus ojos
castaños, grandes, intensos.
Veían estrellas lejanas
y no se dieron cuenta
de que estabas allí...
¿Sola? ¿Indiferente?
¿Apasionada?
Medían fuerzas y movimientos
¿pero quién media la aceleración
de mis pensamientos, la fuerza
de mis latidos, la oscilación
de tu recuerdo, el temblor de mis manos,
o la dilatación de mis pupilas?
¿Qué fuerza me atraía
hacia ti, sin que hubiera reacción,
sin dejarme escapar?
Hablaban de entropía,
y allí estabas tú
deshaciendo toda mi vida.
Calor humano para que los niños tristes que no siempre pueden conseguir lo que quieren y es que en domingo las tiendas cierran.
Calor humano para los desvalidos que sufren por no tener quien los abrace en el cine, solitarios lobos esteparios de la última sesión.
Calor humano para los voluntarios, que dejan su tiempo, solidarios con la causa y moralistas ambulantes desde su pedestal del voluntario exhibicionista.
Calor humano para los amargados que sólo se mecen de la mano del cinismo y del desprecio, creyendo siempre tener razón.
Calor humano para todos que durante las veinticuatro horas diarias durante todo el año, no sé cómo ni de qué manera, se dedican a alegrarnos, inexpugnables ante el desaliento y las preocupaciones.
Calor humano para los llantos que vertimos por los muertos entre las letanías inacabables y falso decorado que nos asfixia, sabiendo que todo fue y seguirá siendo sin que podamos hacer nada para cambiarlo.
Calor humano para aquellos que reinventan con sencillez todo lo que ya existe y felices lo patentan y lo cuidan como un tesoro arropándolo con cariño y buena fe.
Calor humano para los mortales corrientes que logran con su mediocridad que todo sea igual y no dañe más de lo necesario, relatándonos epopeyas de libertad ficticia.
Pasos en silencio
pausados, tranquilos
atravesando el tiempo
en ensueños sin prisas.
Pasos en salas
olvidadas, polvorientas
de una arena fina y sabia
y de la arena del tiempo.
Pasos y más pasos
en el antiguo templo
amado y reverenciado
por los sacerdotes.
Pasos consagrados
durante toda la vida
con la sola recompensa
del conocimiento.
Pasos recorridos,
soñados de la memoria
y un tiempo inconcluso
de la vida humana.
Se aconseja que tengas cuidado,
que cultives tu perfidia, niña.
Parece soportable
cuidar tus propias violaciones.
Dar con tus huesos en el fuego,
estás volando y no conviene
semejante amenaza vulgar y somnífera.
La aguja duerme apoyada en tu hombro.
Duerme bonita, duerme. No DESPIERTES.
Descansa. ¿MUERE?
(Nacen consejos...
SILENCIO. Se preguntan respuestas.)
Haces nudos entre el pecho y el estómago
y en un instante,
TU FIGURA ESTÁ CLAVADA EN LA PARED.
Te arrancas al piel a tiras. TE DESPEGAS.
Tu cara da en el suelo
y estás sangrando cuando empiezas a VOLAR.
Una imagen apuñala el espejo
que sangra en canal.
La imagen a borbotones
sobre el vidrio.
Se ha derramado un cuerpo.
Tiranizada por el cristal,
subyugada a su reflejo,
clava la mirada
y busca un recuerdo,
escondido entre los pliegues
de un anciano pellejo.
Labios de madre
doblados, pliegues sobre el rostro
tan pulcros y tallados como la edad de un hijo,
piezas erosionadas por las pieles de esos hombres que besaste,
antes fueron ardiente deseo
más ahora simples surcos que la vida quiso labrar con esfuerzo,
montañas desiguales
que ascendieron por tú cuerpo a conquistar antaño tu alma,
¿Y desde entonces?
el frío de las cumbres nevadas de soledad de madre,
labios de madre,
ríos de palabras mojaste por sus entresijos carnívoros,
celosos como fueron de permanecer en la penumbra de los amantes secretos
se desdibujan de su figura en las horas tibias del sueño
y susurran elixires para enamorar a los fantasmas del pasado,
profesores que destetaron alguna vez de su juventud
a novios comprimidos en diminutos cuerpos de espuma blanca,
pintados de desasosiego y desdén
en el horizonte de un rostro-precipicio se olvidan, se secan,
nadie más que tú los manipula,
nadie más les dice más que besen solo su espejo,
labios de madre impresos con la letra pequeña de certificados de caducidad,
ellos esperan inertes, suspendidos, encasillados en su oficio,
mal gastados como lluvia sedienta de tierra sobre el desierto cansado.
El bosque está callado:
no se oye a los pájaros reír,
ni a las hojas murmurar
del amor de las ardillas.
El viento no canta,
ni juega con las ramas
sólo sopla y se arrastra
como una serpiente invisible.
Se fueron los duendes,
huyeron con su magia;
y los árboles no son los mismos
sin sus rostros ni sus voces.
Y es que los duendes se fueron,
huyeron con su magia;
y la vida olvidó
que habían existido.
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