NAVEGANTES DE LA PLUMA

Nº 6 - OTOÑO 1999
LOCURA Y AMOR

CXLIV

Perseguido
por sombras de presentes,
por fantasmas
de futuros inciertos.
Huyo de mil demonios
ilusorios que me atormentan
con sus falsos látigos.
De la luz del día
no se ocultan,
ni del despertar
del sueño.
Mis ojos
en el horizonte se calman
con una meta más cercana.
El abismo existe
aunque no los fantasmas
y el secreto está
en construir el puente.

Nauta


CUESTIÓN DE TIEMPO

A Joaquín (a quién si no).

Fue entonces cuando aquellos hombres tan amables vestidos de gris me invitaron gentilmente a entrar en aquella sala. Tras murmurar unas palabras, pronunciadas en un tono tan bajo que fui incapaz de comprenderlas, cerraron la puerta tras de mí. Percatarme de este hecho y tomar consciencia de lo que me rodeaba fueron acciones casi simultáneas.

La habitación en la que había penetrado era ciertamente singular. Más que un espacio limitado por paredes, suelo y techo, semejaba una gigantesca vitrina de caras de cristal, pues era de este material del que estaba hecha toda la estructura. Esto suponía el primer motivo de desorientación, ya que de no ser por que pisaba una superficie concreta, que podía considerar como inferior, no había muchos más criterios que me ayudasen a distinguir el arriba del abajo, o la izquierda de la derecha; no había nada que me permitiese discriminar entre las posibles direcciones.

Otro rasgo de la sala se unía claramente a la primera fuente de confusión. El vidrio era transparente y revelaba sin disimulo lo que había más allá de los peculiares muros. Detrás de cada una de las caras de aquel curioso prisma, de forma que en un vistazo inicial pudiese parecer simétrica, había una cantidad ingente de relojes. Éstos eran de todos los tipos, colores y tamaños imaginables, y se hallaban agrupados informemente por el lugar conservando cierta armonía difícilmente explicable. Los artefactos pertenecían a épocas tan dispares como alguien pudiese pensar: algunos eran majestuosos, estaban fabricados a base de madera y exhibían orgullosamente una pulida esfera con delicadas saetas de metal, otros eran tan antiguos que eran de piedra y no tenían más manecillas que la sombra que proyectaba un sol imposible sobre el vástago central; unos eran pequeños, aptos para llevar en la muñeca o en la mano, provistos de numeración digital, y también los había holográficos, capaces de mostrar la hora fuera cual fuera la postura desde la que se los contemplara. Los había bellos y de suaves formas, frente a otros toscos y de valor estético muy dudoso. Podían admirarse relojes llenos de colorido, ofreciendo una rica gama de matices, al lado de cronómetros fríos e impersonales, pulcramente monocromáticos declarando su función eminentemente práctica.

Resultaba imposible estudiar todos los aparatos y percibir la totalidad de detalles. Pese a las dimensiones finitas de la habitación, su volumen parecía aprovechado al máximo y con la eficiencia óptima para albergar a una cantidad inconmensurable de ejemplares.

Mientras escrutaba extasiado el maravilloso espectáculo que era ofrecido a mis ojos, constaté rápidamente algo significativo: los relojes no estaban sincronizados; es decir, uno podía invertir un tiempo indefinido en hallar dos que marcasen lo mismo y tal vez no los encontrara.

Aquellos señores que me habían introducido en este sitio debían de apreciarme mucho, pues lo que estaba experimentando se me antojaba indescriptible, extraordinario. Era como estar en plena comunión con el Tiempo mismo, con su esencia. Éste era mostrado con mil facetas distintas, combinando presente, pasado y futuro, amalgamando perfiles, texturas y bordes, buscando la originalidad y la sorpresa o la fiabilidad y la precisión. Todo a través de una miríada colosal de artilugios que operaba al servicio de horas, minutos y segundos.

Aparte del visual, otro aspecto al que no podía permanecer ajeno era el acústico. Los sonidos característicos de cada reloj se fundían con el resto de manera casi natural, pese a la diversidad de sus fuentes, tonos e intensidades. En una exótica sinfonía se mezclaban humildes y amortiguados tic-tacs con otros más ostentosos y profundos, zumbidos penetrantes con otros apenas perceptibles, chasquidos, latidos, crujidos... y cientos de otros ruidos de incierta definición. Ocasionalmente, a intervalos relativamente cortos, algún reloj dejaba escapar alguna cantinela o melodía que anunciaba el término de una hora y el advenimiento de la siguiente, o delataba el paso de treinta minutos, incluso de un cuarto de hora. Otras veces era un simple pulso sonoro, o el mismo silencio, el que señalaba que había transcurrido el correspondiente lapso temporal.

Claramente limitado en el Espacio, me sumergí en aquella dulce vorágine de Tiempo, disfrutando cada detalle, empapándome de cada color. La completa y exclusiva presencia de los relojes insufló en mi interior el concepto de eternidad, la impresión de que aquella sensación de bienestar duraría por siempre.

Y, sin embargo, tardé demasiado en comprobar que estaba completamente equivocado. La infinita gama cromática, el extenso espectro acústico, la inmensa variedad de elementos que distinguían y dotaban de identidad a todos aquellos aparatos de medida me hipnotizaron y confundieron mi mente, impidiéndome que percibiera el paulatino y aberrante cambio que iba a producirse. Ni siquiera puedo estar seguro de que éste tuviera lugar; tal vez todo había sido así desde un principio y, únicamente tras la sorpresa y éxtasis inicial ante el espectáculo que se me brindaba, pude vislumbrar la auténtica realidad.

Lo único que sé es que, repentinamente, toda la eufonía, toda la coherencia visual y sonora pareció desvanecerse para tornarse en una discordancia realmente desagradable. La cadencia acústica de los relojes al dar la hora, o una fracción, que hacía minutos se me había antojado armoniosa, pareció acelerarse convirtiéndose en agobiante y obsesiva. Ineludiblemente, pasé de ser mero espectador de aquella peculiar función a un comprometido participante. Cada vez que un chasquido, un sonido de gong, un destello luminoso... señalaba la llegada de un tiempo específico, mi mente aguardaba y se preguntaba compulsivamente por cuál sería el próximo. ¿Sería ese reloj holográfico de plasti-titanio de la cara este? ¿Sería aquel coloso arcaico de agujas herrumbrosas y gigantescas campanas de cobre? ¿O tal vez aquella minúscula cajita metálica, que informaba de hasta veinte horas distintas, procedentes de otros tantos lugares o mundos?

Mi mente daba vueltas, prisionera de estas tribulaciones y obnubilada por miles de estímulos de todo tipo. Incluso tenía ya la impresión de que, pese a hallarme en el centro de aquel módulo de cristal y por tanto separado de ellos, podía sentir los relojes: olerlos, tocarlos, balancearlos sobre mis papilas gustativas... Todos servían para lo mismo y ninguno era igual, todos medían tiempos y parecía que lo hicieran en sistemas de medida distintos, en intervalos distintos, en universos distintos. Pronto mi cuerpo comenzó a emular a mi cabeza, y me sorprendí moviéndome espasmódicamente, girando continuamente como si reaccionara a escalofríos inducidos de alguna forma por aquellas malditas máquinas que tan inocuas habían resultado en un principio.

Fuera de control, me esforcé por atrapar las horas, los minutos, los segundos... y lloré frustrado al no poder ir más allá. Mis ojos describían órbitas impensables al intentar congelar algo inexorable, al intentar detener algo que por su propia naturaleza no podía interrumpirse. Las múltiples pantallas, esferas, displays, cristales... se transformaron en bocas de dispares tamaños que esbozaban taimadas sonrisas o se deshacían en estentóreas carcajadas de trinos, timbres y zumbidos.

Imbuido en semejante pandemónium, con una mente tan plagada de imágenes y pensamientos dispersos que amenazaba con estallar, mi afán de controlar el tiempo y hacerme dueño de la situación persistía no obstante tan contumaz como la propia esperanza. Desafortunadamente, tan vana como ésta se suele mostrar ante los deseos platónicos, mis intentos sólo sirvieron para aportar mayor eficacia a la trampa que alguien, o tal vez yo mismo, me había dispuesto.

Sin más sentido que el de seguir luchando contra algo que probablemente carecía de aquél, mis últimas fuerzas se rindieron ante el brutal impacto del ayer, el hoy y el siempre. Bruscamente, me desplomé en el suelo; en un suelo de cristal donde, por supuesto, también había relojes.

-¿Está muerto?

-No -contestó el otro-. Ha tenido suerte: ni loco, ni muerto. Sólo inconsciente.

-Era cuestión de tiempo.

Los dos hombres de gris contemplaban la escena a través de la pantalla de su sofisticado ordenador, mirando fijamente al hombre postrado sobre la superfcie inferior de la estancia de cristal en la que horas antes le habían introducido. En torno a la computadora, decenas de gráficas, diales y escalas escupían cifras y símbolos acerca de otras tantas magnitudes relacionadas con el estado físico, mental y psicosomático del individuo en estudio. Entre ellos, resaltaba sin disimulo el controlador de constantes vitales.

-No me satisface el resultado -indicó con decepción el primero que había hablado-, pero las reglas son las reglas. Primero un lavado de cerebro, y luego la Sala de los Relojes. Si éste no ha muerto, tal vez sea porque no lo merece.

-No lo creo -replicó el segundo policía-. Nadie debería saltarse un paso holográfico de peatones.

Fernando Lafuente


A mi locura no se alcanza con los pies o con los manos,
puedes estarte quieto para la fotografía de cada uno de sus fines de semana
pero el retrato siempre saldrá movido.

Mamá está loca,
Papá está loco,
somos todos los locos del trampolín de la piscina.
      Saltamos a mediodía,
a medianoche nos desnudamos corriendo como tiernas fieras bajo las estrellas.
Mamá está loca,
ladra como un perro aunque no lleve collar antipulgas,
papá disfruta descubriendo el vértigo que le dan las nubes de acero
saluda desde los tejados con las manos abiertas,
las ambulancias, los bomberos, la policía dice que papá está loco,
que sus ojos fabrican demasiado pastel de manzana para los invitados
a la fiesta de las cortinas descorridas.
Yo estoy loco,
      sólo como judías en lata,
descorcho mi cabeza para observar atentamente qué se esconde dentro del cerebro,
pero unos bichitos con patas de alambre no me dejan ver el escondite
donde las polillas se comen los trajes alegres de mi cabecita,
estamos todos locos en el planeta de la cordura;
llevamos risas cosidas con hilos de marioneta en las espaldas,
nos encanta montarnos en caballitos de cartón piedra y asomar
nuestras narices por las ventanas cubiertas de ovillos de lana,
tejer con nuestras manos océanos en el cuarto de estar de casa.
Mamá está loca cuando nada boca arriba tomando impulso con las lámparas,
todos aplaudimos el festival de bienvenida a la puesta de sol que no trae invitación y siempre llega tarde los fines de semana.
Estamos todos locos comiendo flores de piedra en el jardín de la abuela,
saboreando un pastel de carne de las vacas locas que saben a tarta de cerezas,
manchando nuestras servilletas de películas de indios y tarzanes de la selva,
cosiendo nuestros calcetines con tomates verdes de la huerta.
Estamos locos cuando papá compra bicicletas para subir por las escaleras,
pero no hay quien pedalee mejor que nosotros en esta alocada carrera.

Francisco Serón


HOMENAJE AL CIUDADANO DESCONOCIDO

Nació en un país de ficción.
Creció en una familia de cobardes valientes,
se enamoró en un puerto de la mujer equivocada,
confundió amor con la más mísera de las traiciones,
estudió en la universidad del olvido,
compró una vida que se le perdió en el mar.
Luchó una guerra absurda dentro de su cabeza;
escribió libros que no empezaban por ninguna página;
convivió con falsos cuerdos convertidos en recuerdos;
maldijo hasta el final su tormento sin cesar,
sin pensar que sólo era él culpable de sus pasiones;
se casó con patéticos fantasmas de su imaginación.
Se marchó tal y como había llegado a este mundo,
Solo y perdido en su particular universo de ficción.
Hoy nadie viene a visitar su tumba,
ni nadie le pone flores el primer día de cada mes.
Nadie cantará valerosas historias de su juventud,
nadie le dedicará una estatua en su honor,
mas yo osé escribirle estos versos una vez más
aunque las olas y el viento los borrase de mi mente.

Emilio Gómez


SOBRE LA LOCURA

Son veinte mil.
Se clavan los puñales uno
a uno en mi carne asada.
Ya no queda sangre.
Yo mismo me la he bebido.
Una fe oscura encerrada
en laberintos cruzados.
Su sinsentido me conforta
mientras mis venas
vuelven a abrirse.
No queda nada.
Credos de terror
iluminan mis ojos
con sus dogmas divinos.
Son brillantes y su luz
me atrae.
Me deja ciego.
Aún así, lo entiendo todo.
Reconozco por fin los
secretos de esta realidad
turbada
sangrienta
deforme.
La bestia encerrada
pide
tiene hambre quiere
muerte.
Sabe que será fácil
hallarla.
Nadie podrá escapar
de esta locura.

Jesús M. Vidal


LA VIDA EN ROSA (EL AMOR)

Ah, el amor. Algo indefiniblemente perverso, que nos libera a la vez que nos ata, impregnando nuestros sentidos a la vez que cegando otros... Esta extraña fuerza convierte al ser humano en algo vivo, espontáneo, aunque sólo fugazmente, y le muestra un mundo misterioso nuevo y aterrador, donde cada paso lleva a una pregunta siempre distinta, siempre inquietante. ¿Es el amor eterno? ¿Me quiere? ¿Estaré enamorándome o es que me lo imagino? ¿Qué es real en el amor? La línea tenue entre la realidad y la ficción se hace más invisible a medida que el sentimiento enreda la razón hasta ahogarla, hasta que sólo existe la persona amada y el amor entre los dos. En esa extraña mezcla de entrega, pasión y dolor el sentido común navega en zozobra sin que nadie sepa de veras si ya se ha hundido del todo o permanece a flote. Los enamorados viven permanentemente en duda planteándose alguna vez todos los interrogantes que, en el fondo, están demasiado temerosos de contestar porque, ¿qué sería de ellos, si la verdad se descubriese? ¿Qué sería de sus sentimientos profundos? La vida en rosa corre el riesgo constante de truncar su color en gris y negro ante el asomo de la traición o la falsedad... o de la verdad. Es delicado el equilibrio y difícil la decisión de seguir hasta el final del camino o, lo que suele ser más fácil, abandonarlo. Quienes optan por la primera opción no tienen nada asegurado, ni siquiera la seguridad de una victoria final del amor sobre todas las cosas. Quienes optan por la segunda no lo tienen mucho mejor. ¿Y quienes no optan por ninguna de las dos? ¿Es la opción del definitivamente temeroso o la del absolutamente equilibrado autosuficiente? Una cosa es cierta: el amor es uno de los pocos sentimientos hermosos que le restan a esta impersonalizada, superficializada, homogeneizada, ultracontrolada raza nuestra, y quien reciba su toque puede congratularse del pequeño tesoro que ha encontrado. Comprobará entonces que todo ha cambiado de color... Así que amen, queridos amigos, quieran, cuiden a su pareja, a sus parejas, a todo el mundo, recen por ser correspondidos pero, sobre todo, aprovéchenlo, que la vida dura demasiado poco y no está para muchas alegrías. Por mi parte, ya noto que esta débil ráfaga de razón se esfuma. Poco a poco, vuelvo a verlo todo de ese maravilloso rosa a veces pálido, a veces casi violáceo... Y es que, por fortuna, yo estoy enamorado. ¿Y ustedes?

El Navegante de la Pluma


YO MALDIJE

Maldije tu azul
mientras el verde
se pudría en mis pupilas,
cambiando en mi agonía
falsedad por ilusión.
Maravillosamente contrarios,
éramos pura máscara
y lluvia de alameda,
otoño y primavera
en pulso
a orillas de un mismo río.

Fuiste remanso de cristal en calma,
las nubes se refugiaban en tus ojos,
mar añil y frío,
donde iban a libar las mariposas.
Pero la noche desafió
a la puerta abierta de tus labios
y hasta el alba lamías
larvas de primavera,
y en la oscuridad sorbías
gusanos sin sedas
soñando en la policromía de sus alas.

Roja tu boca
de sangre enamorada,
caminas con pies blancos
por tu cuento oriental;
algunas noches difíciles
han despertado a Morfeo
mis gritos de dolor superlativo.
Gusano y no mariposa,
fueran mis alas de crital
entre tus dientes.
En este duelo de dolor
hasta la muerte,
el orgullo se amamanta
de mis sueños y la sangre,
dulce se adivina
la sangre entre tus labios,
la sangre de mi amor decapitado,
que ya sin alas ni pecado,
planea por el lago de los muertos.

José Ángel Guerrero


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