NAVEGANTES DE LA PLUMA

Nº 7 - PRIMAVERA 2000
COMUNICACIÓN Y SOLEDAD

EDITORIAL

Hablar de Literatura es hablar de comunicación y de soledad. Es hablar de ese puente, tantas veces frágil e indeciso, que el escritor, en su afán desesperado por hacer saber a los demás lo que le aprisiona y entristece, teje con sutiles palabras. Y en ese puente, en ese delicado lazo que unirá a quien busca y a quien da, se dan la mano armoniosamente los dos extremos citados, porque de la soledad nace el deseo de comunicación, y de la comunicación, tantas veces el sentimiento de inequívoca soledad.

El escritor crea soledad de las palabras, y las lanza a un destino incierto a través de un vehículo imaginario de comunicación; trata de gritar que está solo, que ya no puede soportar más la carga del desamor, del fracaso o de sus fantasmas más certeros. Y lo hace humildemente, aun cuando los demás no lean ni escuchen, aun cuando vivan ajenos al torrente de vida que se despliega en cada verso o trama argumental.

Por eso, querido lector, permítenos que en este número te hablemos de soledad y comunicación, de palabras y silencios compartidos; de cómo construimos nuestro vínculo con el que espera más allá de las páginas impregnadas de tinta.

Déjanos confesarte por qué hemos zarpado de nuevo.

El Navegante de la Pluma


A VECES

A veces me siento solo.
No siempre razonablemente
el silencio me hiere
a través de mil ojos
de hadas vestidas
con traje de Lucifer.
A veces me siento solo
y le brindo una oportunidad
a esta vieja compañera
llamada ansiedad.
A veces me siento solo
y mis dudas, mis miedos
y esta perra vieja
llamada tristeza
llenan mis maletas de melancolía
y de un no sé qué extraño
que mi corazón devora
cuando la noche cae.

Nacho Giménez


CXLI

Un andén de estación
perdido entre las montañas;
trenes sin rumbo
que no paran nunca.
Una hoja vuela
entre pilares de ladrillo
cruzando el tiempo
que va dejando atrás.
El apeadero desierto
pintadas cuentan
historias que pasaron
como antes los trenes.

Nauta


¡QUÉ PENA!

¡Qué pena, qué pena!
el saber que te tengo
tan, tan cerca de mí
pero volando más alto que yo.
¡Qué pena, qué pena!
Querer alcanzarte
y no poderte alcanzar.
¡Qué pena, qué pena!
Pensar que te quiero
y pensar que es un sueño.
¡Qué pena, qué pena!
Decir que te quiero
y dicho de tus labios
es una navaja
que viene a matar.
¡Qué pena, qué pena!
Tener tu amor
y sentir que se escapa
como el agua entre los dedos.
¡Qué pena, qué pena!
Tener tu cuerpo
y pensar que puede ser de otra.
¡Qué pena, qué pena!
Soñar con tu sonrisa
y es como una pesadilla.
¡Qué pena, qué pena!
Soñar con tu pérdida
y es como una tempestad
que se cierne sobre mí;
entonces siento pena
al pensar que te pierdo,
¿por qué me haces sufrir?
No me dejes en la noche
diciendo:
¡Qué pena!
Te quise y te perdí.

Sonia Tolosana


VIDA MÍA

Dime que todo irá bien,
que nacerás sano y fuerte.
Dime que me sonreirás
al mirarme atentamente.

Dime que sólo habrá luz
en el mundo que se ofrece;
dime que no tendrás miedo
de la noche que se extiende.

Dime que no llorarás
si al andar de pie cayeses;
di que sabré procurarte
el calor que tú requieres.

Que tendrás todo el cariño
al llegar a adolescente,
cuando aún de niño duermas
y siendo adulto despiertes.

Si tus días se hacen largos,
si la vida te entristece,
dime que no olvidarás
a quien te cuida y te quiere.

Dime que no sufrirás,
que podrás sobreponerte
al momento en que yo marche
y de mis manos te alejes.

Que nunca te rendirás,
que tendrás alta la frente
ante el invierno más frío
de los años que envejecen.

Dime que tras tu camino
nos veremos nuevamente,
si es que existe algún lugar
donde estar juntos por siempre.

Tú seguro entre mis brazos,
yo feliz de protegerte.
Dime que somos la vida
que se unirá finalmente.

Christian Glaría


LA VIDA ES INJUSTA CON LOS HOMBRES DE BIEN

No saben ustedes cómo me sentó de mal saber que todo se había debido a un fallo miserable. Estaba tan minuciosamente planeado que logré, tras muchos días de esfuerzo, eliminar por completo el porcentaje de error residual, ese que los estadísticos dicen que, por mucho que se empeñe uno, no se puede eliminar porque no se puede controlar. Bien, yo pensé que sí se podía. En el fondo asesinar a una persona es bien sencillo, si se preocupan un poco por los pequeños detalles y se olvidan otro poco de esa falsa conciencia moralista de "nadie tiene derecho a quitar la vida a otro", etcétera. No hace falta que les recuerde que es la misma conciencia moralista que ahora está pensando que está leyendo las palabras de un hombre abyecto o depravado; según el nivel cultural que tengan les habrá venido una u otra a la cabeza, puede que incluso las dos. No me importa demasiado lo que opinen. El caso es que maté a alguien, más concretamente a mi jefe, que sí que era un depravado, aunque no fuera esta una razón verdaderamente importante. La verdadera razón fue que me ignoraba.

Antes de decidirme por tomar aquella decisión radical, podría asegurar que estaba bastante a gusto en mi puesto de trabajo. Mi ocupación consistía en proporcionarle chicas a mi superior. Chicas, a ser posible, menores de edad y que quisieran conocer de primera mano algunas de las experiencias más fascinantes de la vida. Si se portaban bien, él era muy generoso, tanto con ellas como conmigo, e incluso pudiera suceder que más adelante volviera a reclamarlas, algo poco habitual pues mi patrón prefería siempre ganado nuevo poco curtido. Si no cumplían con sus expectativas, mi trabajo era drogarlas lo suficiente para que, a la mañana siguiente, no recordaran nada de lo sucedido. Si, por alguna extraña razón, se mostraban rebeldes y oponían resistencia, entonces aquello no era asunto mío. El jefe tenía su propia brigada de limpieza, la cual aparecía a los pocos minutos de ser requerida y, con una gran capacidad operativa de una competencia envidiable, dejaban uno, tres, varios cadáveres en una cuneta, o un monte perdido lejano, y de las chicas y la juerga nunca más se supo (por supuesto, el verdadero culpable nunca había estado allí).

No conocía personalmente a mi contratante. Ese hecho me irritaba tanto como la voz del intermediario a través del cual daba siempre sus órdenes.

-Este martes acudiremos a la ciudad. Nos gustaría que tuvieras preparado el comité de bienvenida habitual. Te dejo este número de teléfono para que nos des los detalles. El sueldo será el convenido.

Ese solía ser su diálogo, seguido de un número de móvil que siempre variaba. La voz tenía un timbre metálico que me daba la sensación de ser falsa, tan falsa como inanimada. Ahora sería el momento de explicar una razón lógica, o de contar algún tipo de giro que hiciera que los acontecimientos variaran hacia un rumbo distinto del desenlace típico: un buen día, decidió dejar de pagarme, o bien su actitud insultante me llevó a tener una crisis nerviosa, o cualquier otra estupidez. Desgraciadamente no lo tengo. Simplemente, era ignorado. Era ignorado cuando comentaba la posibilidad de recibir el pago en especie y no en metálico. Era ignorado cuando requería un pago extra para conseguir la droga que mi patrón pedía. Así que minuciosamente fui preparando el golpe, porque por una vez iba a hacer que él me escuchara.

No les abrumaré con detalles. Tan solo diré que todo estaba bien meditado, de forma que ninguna posibilidad quedara en el aire. Si el jefe era alguien importante, el mundo tendría claro que no había sido un accidente desgraciado: pensaba declararme culpable. Si no lo era, bien, ¿a quién le iba a importar un cadáver más o menos? La televisión lo incluiría en las estadísticas de siniestros en carretera, lo que serviría de excusa para alguna campaña de prevención de accidentes con eslóganes para subnormales, a la que el gobierno nos acostumbra. Yo me declararía igualmente culpable, pero ni siquiera la policía movería un dedo para acusarme. Y el caso es que mi crimen salió a la perfección. No fue difícil desviar la conexión de los cables de la luz del coche al interior del depósito de gasolina, y hacer ver que parecía un defecto de fábrica. Sólo hubo que esperar un poco para ver un bonito espectáculo de luz y color en medio del alba. Mi comunicado anónimo estaba a punto de salir en la prensa, con una confesión detallada de toda la trama. No obstante, como les dije, cometí un fallo.

No tenía nada previsto caso de que el jefe fuera alguien demasiado importante.

Cuando alguien es importante no se plantea que pueda tener rivales que planeen su muerte a un plazo más o menos corto. Todo lo más saber y prever que le preparan unas cuantas zancadillas para que el descenso de vuelta al anonimato se tramite lo más aceleradamente posible. Cuando alguien es demasiado importante sabe a ciencia cierta que, en algún lugar, hay una pandilla de chiflados, o de cuerdos en el poder si lo quieren llamar así, que planean su muerte, sólo por si acaso. Es probable que ese plan no sea llevado a cabo, pero esa pandilla duerme mejor por la noche sabiendo que está ahí, para recurrir a él cuando haga falta. Es la clase de gente que se levanta por la mañana pensando qué parte del mundo, qué parte de la ciudad o qué parte del barrio va a intentar controlar hoy.

Mi jefe era Ministro de Defensa, y por tanto alguien demasiado importante.

Así que alguno de esta pandilla pensó que su plan se había puesto en marcha, y obró.

La consecuencia directa fue que los medios de comunicación, rueda de prensa del Director General de la Policía incluida, indicaron que existía una investigación abierta sobre la presencia de miembros de una conocida banda terrorista en la zona, banda terrorista que se sabía perfectamente que planeaba matar, un día u otro, al ministro. Mi nota de confesión fue ignorada. La presión de los medios de comunicación fue tal que la banda terrorista se tuvo que responsabilizar días más tarde del asesinato para acallarlos, lo cual me dejó más perplejo si cabe. No detuvieron a nadie, y creo que incluso uno de los posibles culpables fue nombrado algún cargo importante de su gobierno autonómico.

Ahora han pasado algunos meses desde todo el alboroto. Han puesto un nuevo ministro en el lugar del viejo y, aunque este no tiene las mismas costumbres saludables que mi jefe, la voz enlatada con la que siempre me he comunicado sigue ofreciéndome trabajo para él, esta vez en la forma de un hermoso polvo blanco que mi recién adquirido patrón toma con la leche del desayuno, con el bollo del almuerzo y casi cada seis horas, como si se lo hubiera prescrito un médico. A veces, cuando el nuevo coche blindado de lunas tintadas se acerca al bar de carretera donde quedamos por costumbre, reflexiono sobre lo que me llevó a un asesinato tan estéril ?en el sentido de que no sirvió a mi propósito?, y me reafirmo en la creencia de que fue el sentirme ignorado. Si tan sólo me hubiese hablado una vez. Que, además, el crimen fuera adjudicado a esos terroristas del tres al cuarto, no ayudó mucho. Así que en la actualidad me planteo seriamente la posibilidad de un nuevo asesinato, no me queda más remedio. Si me decido de nuevo, y creo que sí, puedo asegurarles que, esta vez, no podrá pasar por un acto terrorista.

Jesús M. Vidal


Índice - Segunda parte - Tercera parte

 

 

 

Si necesitas algo, puedes contactar con nosotros a través de nuestro correo electrónico.