Tu imagen queda lejana
tras el paso de los años;
tus cenizas se recrean
en el polvo viejo y rancio.
Pero un último destello
te sitúa junto al patio
del jardín del Instituto
en los carcomidos bancos.
Con tu eterna camiseta
tus vaqueros desgastados
la sonrisa distraída
la carpeta entre tus brazos.
Tú llorabas por las notas,
por tus padres y su enfado
y decías que no es justo
vivir días tan amargos.
Yo te buscaba en mis libros,
en mis clases, mis descansos
y escondido te espiaba
cuando ibas al gimnasio.
En cualquier laboratorio,
en el aula de teatro
como triste marioneta
que requiere un escenario.
Pero nunca te encontré:
nunca pude dar el paso
ni decirte cuántas veces
quise abrazarte en tu llanto.
Te perdiste en otro curso,
otro tiempo y otro espacio
y al final te decidiste
a no seguir estudiando.
Y te fuiste de mañana
en aquel invierno extraño;
yo te vi tras el cristal
y traté de alzar la mano.
Desde entonces hasta ahora
la visión me ha acompañado
y aun a veces me pregunto
por qué andabas tan despacio.
Quisiera parar el tiempo
poder tener quince años
y pedirte que me esperes
que no afrontes sola el tramo.
Pero sé que no es posible:
el camino sigue intacto.
Ya no se puede escapar
de lo que está bien trazado.
Carlos era muy despistado; a veces, su inocente negligencia rayaba los límites de lo tolerable. Había sido así toda su vida: desde pequeño, a cuya temprana edad atribuían sus padres su olvidadizo carácter, hasta la asentada juventud que jalonaba actualmente, estadio en el que no tenían cabida las excusas piadosas.
Su problema de memoria, en ciertas ocasiones inocuo e incluso divertido, le había reportado en otras graves perjuicios. La cuantía de sus pérdidas era francamente abrumadora: había extraviado paraguas, cazadoras, carteras, mandos a distancia, teléfonos móviles... la lista era tan larga que no parecía tener fin. Aún hoy continuaba preguntándose cómo pudo haber errado la pista de aquellos viejos zapatos, siendo que segundos antes los tenía puestos y no existía calzado alguno en muchos metros a la redonda.
Las consecuencias de sus omisiones se fueron agrandando, hasta que un día la gota que colmó el vaso cuando Carlos perdió unos documentos importantísimos, que estuvieron a punto de costarle el trabajo. Desde ese momento se prometió a sí mismo que jamás olvidaría de nuevo, y decidió poner remedio, o dar freno en la medida de lo posible, al imprevisible defecto que tantos sinsabores generaba.
Compró una agenda, con la que rememorar sus compromisos a medio o largo plazo y optó, para las acciones inminentes o cercanas en el tiempo, por llevar siempre consigo un objeto, a poder ser de reducido tamaño, que le recordara para qué había salido de casa o cómo debía proceder al toparse con una determinada situación en la que su memoria volvía a traicionarle.
Investido por una nueva confianza, y una renovada seguridad en sí mismo, comenzó a hacer uso continuo de sus recién adquiridas “armas” contra el olvido. Sus pensamientos seguían divagando en instantes puntuales, mas no precisaba otra cosa que consultar su agenda, o palpar el “amuleto” correspondiente, para que aquellos se reordenaran y le devolvieran la información que se había fugado de modo sutil de su mente.
Muchas agendas y muchos accesorios de diversa índole hicieron de los bolsillos de Carlos su morada durante otros tantos años, tiempo en el que su mejoría fue portentosa. Nadie pudo evitar darse cuenta de su cambio de actitud y, sobre todo, de rendimiento. Sus padres y sus verdaderos amigos, que ya se habían acostumbrado a su nefasta memoria y la habían asimilado como natural, se quedaron en un principio atónitos y tardaron en rendirse ante la súbita “bajada de las nubes” de Carlos. Pero lo cierto es que ya no olvidaba cosas, y en ese sentido se comportaba como alguien completamente normal, incluso más eficiente.
Sin embargo, una mañana ocurrió algo inesperado. Algo que a cualquier persona se le hubiera antojado banal y comprensible, todo lo más un poco irritante; no obstante, para Carlos constituía un mazazo casi letal para su orgullo, una herida que le dañaba en lo más profundo. Porque, por primera vez en seis años, había abandonado su casa a mediodía para hacer algo muy concreto y, cuando se había alejado varios centenares de metros de su portal, tomaba consciencia estupefacto de que no tenía ni remota idea de cuál era el motivo de su salida.
Aunque ése no era quid de la cuestión, naturalmente. Su capacidad nemotécnica no se había incrementado ni un ápice con respecto antaño, por tanto, lo que acababa de pasar no era en absoluto inusual. Lo realmente inaudito resulto ser que, cuando rebuscó rápidamente en sus bolsillos, comprobó consternado que estaban ominosamente vacíos. No había fetiches a los que aferrarse en esta ocasión. Y lo peor de todo fue verse invadido por el presagio de que el contenido de la agenda iba arrojar análogos resultados.
Casi temblando por la incertidumbre, Carlos consultó su cuaderno de notas. Comenzó a hojearlo por el final, pues era más que probable que, en el caso de haber anotado algo relativo a su actual problema, lo hubiera apuntado recientemente. Leyó todo lo que cuidadosamente que le permitía su ansiedad, pero no encontró nada. Cada palabra, cada frase registrada en su agenda versaba sobre obligaciones o actuaciones ya pasadas. Nada que tuviera ni remotamente que ver con su salida matinal.
Sin modo de evitarlo, sus nervios se desataron. Un calorcillo, la llama de la vergüenza, ascendió desde su estómago raudo hacia su rostro. La cara adquirió un matiz rojo púrpura. ¿Cómo era posible que esta vez no hubiera cogido algo que le recordara lo que tenía que hacer? Y además, para aumentar el grado de confusión, estaba convencido de que había traspuesto la puerta de su casa con la seguridad de que portaba todo lo necesario; sensación plenamente incompatible con el hecho de que lo único distinto de la ropa que llevaba encima era su agenda, que siempre lo acompañaba, y dinero en la cartera, del cual tampoco prescindía nunca.
Carlos bajó la cabeza y al mirar al suelo casi creyó por un instante que era un espejo que reflejaba su incompetencia. Si esto le ocurriera a otra persona, incluso se reiría de su propio fallo y regresaría a casa para preguntar o indagar sobre lo que había olvidado. Él iba a hacer lo mismo, pero el sentimiento de derrota era tan profundo que le iba a costar años desandar el camino hacia su residencia, pese a no distar de ella más que unos cientos de metros.
Abatido y enojado consigo mismo, volvió finalmente al portal de donde había partido y al penetrar en el interior del edificio ni siquiera se detuvo o hizo algún gesto para saludar al portero. Obvió el ascensor y subió por las escaleras hasta su piso.
Al menos, tuvo valor para no enfrentarse a su madre con una faz llena de tristeza. Hizo un gran esfuerzo y consiguió que sus ojos y sus labios no le delataran. Llamó al timbre y, tras identificarse, ella le franqueó el paso. Él ya rondaba el pasillo cuando su madre le habló.
-¡Vaya, hijo, qué pronto has vuelto! ¿No acababas de salir? ¿Adónde has ido?
Carlos nunca había entendido por qué, pero ella tenía la maldita virtud de poner siempre el dedo en la llaga, y muchas veces cuando más dolía. Que lo hiciera de forma involuntaria era irrelevante. Ni se molestó en contestar.
Ya fuera porque había considerado su propia pregunta como retórica, o simplemente por su escaso interés, su madre cambió de tema y le preguntó:
-Bueno, Carlos... ¿ya has elegido con tus amigos el lugar donde iréis tras la cena de Nochevieja?
Estaba él para nocheviejas. Si se parara alguna vez a pensar en lo mal que...
Un momento. ¿Nochevieja? Sus ojos se iluminaron y refulgieron intensamente. La expresión de su rostro mutó por completo y en él se dibujó una sonrisa. Una sonrisa que evidenciaba que de nuevo se sentía bien. Todo rastro de turbación desapareció por completo, pues Carlos constató que no había cometido ningún error.
Porque, después de todo, al salir de casa no había olvidado nada que le ayudase a recordar su acción posterior. Llevaba encima todo lo necesario. Ni más, ni menos.
Hoy era 29 de diciembre de 1999.
Había salido a comprar la agenda del año 2000.
No podemos ser como todo lo que leemos.
Rumble Fish (S. E. Hinton).El chico de la moto ha vuelto a las clases de literatura
y no encontrará a Cassandra eterna sustituta del viejo profesor,
se pegó un tiro hace ya cuatro años, al ritmo de los Pixies.
El chico de la moto lleva tatuados en el brazo
cuatro peces luchadores de Siam.
Siempre pasó de las bandas, de peleas, de los que quedaron;
sus ojos siguen siendo raros, espejos falsos
que devuelven cóncavas imágenes en blanco y negro.
El chico de la moto, dicen, trabaja de administrativo
en una oficina céntrica de la capital
nunca atravesó su pecho aquella bala, ¡fallaste Patterson!
Y él consiguió escapar, nos lo contó Rusty James
una noche de verano en la barra del Zeta.
El chico de la moto estaba solo
más solo de lo que nosotros estaremos nunca
vivía la vida a través de una burbuja de cristal.
-Todos quisimos ser como él, sacados de algún libro-
Ahora el chico de la moto ya ha cumplido los veinticinco
apenas sonríe, lleva vaqueros viejos y se muerde las uñas
ha vuelto a las clases de literatura de una a dos
y no habla con nadie, no cree en nada, sólo observa.
¿Por qué nos hicimos mayores mientras él no estaba?
Mírate, tus ojos tristes,
tus manos están tan frías
como los ríos de plata
que te surcan las mejillas.Mírate, pobre muñeco,
juguete de otros días,
de tantos y tantos versos
grabados en tus pupilas.Mírate, alma patética,
ves, tu ilusión no brilla,
ves, nunca nadie te quiso,
la esperanza está torcida.Mírate, mente quimérica,
quien escribe y escribía
con pluma de sueños nulos
con su triste luz sombría.Mírate, sólo una vez más.
Mírate y date grima,
pero si te ves patético,
¿por qué todavía te miras?
Si tus recuerdos te matan,
¿por qué no caminas y olvidas?
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