Es difícil encontrar un tema más fecundo para aquel que gusta de escribir su alma (si exceptuamos el manido e imprescindible amor con su compañero desamor) que el recuerdo servido de buenas dosis de olvido.
¿Quién no ha recordado alguna vez a una persona que significó tanto? ¿Quién no ha evocado, lápiz y papel en mano, aquella situación que el polvo del tiempo ha ido ajando y transfigurando hasta dejarla completamente irreconocible?
Recordar no sirve de nada si no se hace la pequeña trampa de confundir la memoria. Olvidar es inútil si no estamos dispuestos a aceptar que, tarde o temprano, el recuerdo volverá con más fuerza. Porque, se quiera o no, recuerdo y olvido no son términos objetivos cuando corazón y alma están implicados en su invocación.
Ni lo son ni deben serlo. ¿Qué harían los poetas en caso contrario? ¿Qué podría conjurarse entre versos si la memoria de lo que nos persigue en las tardes de otoño fuera algo tangible?
Hoy, dispuesto todo en nuestro navío para zarpar en la alborada, sentimos que una triste melodía impregna nuestras líneas de la más honda melancolía: hemos decidido olvidar el camino recorrido para recordar que existen nuevas sendas.
Aunque todas ellas regresen girando al punto de partida, de la misma forma que el olvido conduce al recuerdo una y otra vez.
Ha llovido muerte
sobre los campos del cielo
y un niño muy chico
anunció el estrépito
y se vistió de negro.
Las horas han pasado en bandada
y la juventud del rey
se ha desplomado.
Sólo queda el silencio.
Y los Dioses lo fingen
desde su trono de fuego.
El crujir de la madera
me hizo recordar el tiempo
que pasamos juntos
charlando junto al fuego.
Risas, besos, caricias
de noches sin sueño.
Y ahora miro la vieja mecedora
tan vacía, triste y sola
que hace preguntarme:
¿dónde está ese tiempo
en el que los dos nos juramos
en promesa de amor eterno
estar siempre juntos?
Y no entiendo por qué
el tiempo se te llevó,
y yo sigo aquí despierto
mientras que tú duermes
bajo aquel viejo olmo
de aquel frío cementerio.
Y en aquel atril
la vela que se extingue
dejando al escribiente
en el oscuro cuarto.
El frío de las piedras
sube por las sandalias
y los hombros se juntan
bajo el áspero paño.
Los ojos cansados
agradecen la luz,
la luz extinguida
y la luz de la noche
que por el vano entra.
La capucha sobre la cabeza,
pelada como esos montes;
encorvado por el tiempo,
el tiempo que transcurre
medido en pasos monacales.
Y todo aparece
como en un sueño eterno
viendo las sombras olvidadas,
imaginadas y soñadas
en el viejo claustro.
Lagunas nunca olvidadas
de rencores ya pasados,
que aún, caduco todo el tiempo,
veo en tus ojos el daño.Sueño con que te perdieras,
y encontrarte de otro lado,
vacía, sin existencia:
un jarrón para llenarlo.Despierto y sigues ahí:
un enorme y vivo campo
florecido de recuerdos,
un cielo todo estrellado.Recordad esto siempre
y no lo olvidéis nunca:
La única memoria buena
es la memoria que olvida.
Cuando fuimos los mejores...
(Loquillo y los trogloditas)From the rainy valleys of Edenderry
a diez millas de ninguna parte
surgió un martes el autobús de la organización
todas nuestras madres por un mes
esperando a aquellos adolescentes ingenuos
aquellos que se intuían premios ridículos
de una tómbola ambulante.
Torpes y tiernos como de quince años,
pretendiendo ser eternamente sanos,
eternamente fuertes, descubrir con ansia
aquel triste Edenderry, veladas en el canal
discotecas con música muy mala y deseos de niños bien
¡Tan correctos!
Hasta hoy, siete años más tarde
con la licenciatura en la mano
tu hermano gemelo y mi incredulidad,
bailes despistados en aquel bar de viernes noche
ojos que simulan no mirarse,
eternamente solos y sin saludarnos.
Te recuerdo sonriendo
tras la verja de tu casa;
compartiendo tus juguetes
esperando mi llamada.En la acera despistado
al final de la mañana
que se pierde en mi memoria
enfermiza de nostalgia.Yo me sentía feliz
porque allí tú siempre estabas
con tus labios arqueados
y un gran brillo en la mirada.Fueron pasando los años
las personas, las palabras
pero tú nunca alejaste
tu presencia tan cercana.Fuiste apoyo en los reveses
de mi vida tan extraña;
me ayudaste sin reservas
cuando sólo tuve espaldas.Me enseñaste a no rendirme
alejaste mis fantasmas;
tú llegaste hasta mi lado
cuando nadie me escuchaba.Y ahora te siento cerca
aunque medie la distancia
porque hay cosas que la vida
aunque cambie nunca cambian.Nunca me olvido de ti
de aquel brillo en tu mirada
ni del día en que partiste
hacia tierras tan lejanas.Fuimos amigos entonces
en los años de abundancia
y por siempre lo seremos
aunque no nos quede nada.Siento que estás más cercano
ahora que el tiempo acaba.
Volveremos a estar juntos
donde brillen nuestras almas.
Ahora que vuelve a oscurecer,
no puedo evitar volver a pensar en ello,
en aquellos años que parecen tan lejanos
en aquellos tiempos tan ingenuos,
donde todos éramos más jóvenes,
y el mundo era como una caja de sorpresas
que todos nosotros queríamos descubrir.
La inocencia era nuestro credo,
la imaginación, aquella bella princesa
que de chicos a todos nos gustaba perseguir.
Recuerdo aquellas tardes frente al mar,
recuerdo cómo nos maravillábamos todos juntos,
viendo un ocaso que años después se repetiría.
Soñábamos con ser mayores,
soñábamos con conquistar montañas,
soñábamos con encontrar el amor de nuestra vida.
Veo que los años han borrado ese rastro,
ya no somos tan ingenuos, hemos crecido,
algunos sueños se habrán cumplido
pero siento nostalgia del niño que fui,
nostalgia de esos años que no volverán.
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