Embarcado en la aventura
de morir por mi patria,
crucé el puente de la vida
dejando tierra y amada.
De niño siempre entre sueños
como un soldado me vi;
por fin se cumple uno de ellos,
vengo hasta el sur a morir.
Somos bandos enemigos.
Moriremos miles, cientos;
sólo hombres de carne y hueso
en lucha con los elementos.
Recuerdo ahora entre el fuego,
el sonido de la guerra,
el desgarro del lamento
y la sangre derramada
ondeada por el viento.
Poseo espada y escudo
pero el fragor del combate
quiebra mi alma aquí desnuda
y sólo tengo un objetivo
portar con pleno orgullo
la bandera de mi patria
con la sangre de mis puños.
Pues por todas las banderas
brindaré con gran orgullo.
Camino mochila al hombro,
una noche más termina,
se acabó en tímidos sorbos
el licor de su piel nácar.Un viento nómada y hondo
con su turbante vendado
sopla en la calle del Olmo,
señala el amanecer.Busco un camino entre escombros,
un presente carpe diem
para un futuro incoloro:
un horóscopo azabache...
Vuelve,
regresa sobre mí
y canta,
canta en mis oídos.
Necesito tu voz,
que me beses las mejillas
y sentir
tu aliento en mi cuello.
Háblame
y cuéntame las historias,
las historias
que no están escritas.
Sopla
sobre el hijo del viento
y recuérdame
quién soy.
Ven. Dame tu presencia,
que te mueres si mueres
en mí... ¡y te olvido!
¡Ven, ven a mí, que quiero darte vida
con mi memoria, mientras muero!
J. R. Jiménez
La nieve y la noche se deslizan a su alrededor pero la figura se mantiene inmóvil a los cambios de tiempo y luz. El hielo que arde en sus ojos es suficiente para alumbrar su entorno. Tiene los labios enrojecidos del frío y las mejillas coloradas. Esto es lo único que da un toque de vida a su silueta. Quien la contemple en medio de la ladera helada, cubierta por las pieles blancas, pensará que es una visión. Muchos así lo han hecho.
Su mirada recorre los cerros nevados que se levantan por doquier, intentando descubrir algo. El qué sólo ella lo sabe. El movimiento de sus párpados es lento, e incluso a veces se olvida de cerrarlos. Por eso sus ojos están llorosos, asemejando dos relucientes bolas de cristal. Los cabellos son blancos y rizados. No se puede adivinar de qué color eran antes, si es que hubo algún otro que los cubriera. A pesar de los años, su piel se mantiene tersa y joven. Bastantes hubiesen dado parte de sus vidas por conocer el secreto de su aspecto atemporal.
De pronto, le parece ver un movimiento tras ella. Se vuelve con cautela, lentamente. No hay nadie. Cuando va a recuperar su anterior posición, justo en el instante en que tiene la cabeza ladeada, parpadea. Al abrir los ojos otra vez, nada es como antes.
Frente a ella se abre una maraña de hiedra que cuelga de las ramas de árboles altísimos. Son tan espigados que su vista de lince no alcanza a ver las copas. La hiedra verde se extiende a su alrededor, aprisionándola, sin dejarle ver qué hay más allá. Aparta con sus manos blancas la vegetación más cercana y avanza. Pero por más que camina, la cortina vegetal no desaparece. Incluso, es cada vez más abundante. No alcanza a ver el sol ni la luna. No sabe si es de día o de noche, ya que una luz incierta se extiende en el aire. No hay medio posible de orientación. Intenta volver sobre sus pasos pero la maleza le impide el camino. Poco a poco se va enfrentando a una situación que desconocía: el miedo. El desconcierto es cada vez mayor. Cuando va dar un paso más la hiedra se ha enredado en sus tobillos y cae al suelo. Esa misma planta se agarra a sus piernas, brazos y manos. Con horror contempla cómo una de esas lianas se desliza lenta y sinuosa, cual serpiente venenosa, por su cuello, hasta rodearlo. Comienza a notar que el lazo se va empequeñeciendo, iniciándose una desesperada sensación de ahogo que le hace revolverse, intentar soltarse, pero sus manos no pueden ayudarle. Medio asfixiada, comprueba que se está alejando del suelo, quedando suspendida en el aire. Sin esperarlo, todas las lianas sueltan su cuerpo, a excepción de la del cuello que, además, aumenta su presión, estrangulándola. Cierra los ojos, a punto ya de perder el sentido cuando escucha un sonido deslizante. La hiedra se está moviendo, alejándose de ella, que cae en una mullida superficie.
Tan pronto como nota que ha sido liberada, intenta incorporarse para ver dónde se encuentra. No puede moverse. Todo su cuerpo está pegado a una fina tela que se mueve con el aire. Los límites de esta superficie no aparecen ante su visión. Cuando por fin logra mover la cabeza y levantarla un poco, divisa a pocos metros de ella una araña gigantesca que con aquella boca cambiante está engullendo lo que parecen los restos de un cuerpo humano. Vuelve a tumbarse, sin poder creer lo que le está ocurriendo. A medida que los minutos pasan, y ante la imposibilidad de moverse, una sensación de sopor le invade. Casi con los ojos cerrados ve como la araña se acerca. Nota el temblor de la tela bajo su peso. Intenta recordar algo de su vida terrenal antes de ir al Otro Mundo pero no hay recuerdos en su mente. Se halla sumida en un estado de letargo y olvido. ¡Ah! El olvido... Cuánto miedo tiene a esta palabra. Esa araña iba a constituir el suyo, nadie se acordaría de ella después de aquello como tampoco ella recordaba ahora nada. Un aire frío remueve sus rizos. ¡La nieve! La araña se detiene. Sí, la nieve, la ladera, el atardecer, la luna... El animal retrocede. El movimiento de la araña hace que la tela se rompa y ella se precipite al vacío. Pasa de la luz a la oscuridad de una habitación donde su cuerpo aterriza sobre un montón de telas.
Por una pequeña ventana entra una tenue luz. Con cuidado, se levanta y va hacia ella con una de esas prendas en la mano. Es una túnica negra, como la que llevan los monjes. Camina hacia una puerta. Piensa que está cerrada pero ante su asombro el pomo gira y la cancela se abre con un suave crujir de los goznes. Se encuentra frente a un claustro, con el suelo embaldosado en negro y blanco, como los escaques del ajedrez. En medio, un exuberante jardín se extiende alrededor de una fuente coronada por un caballo de bronce.
Distingue el sonido de pasos y, tras ponerse la túnica, se oculta entre la maleza, no sin cierto temblor. Un grupo de religiosos ataviados con aquellas prendas oscuras caminan en fila mientras entonan un canto entre susurros. Cuando pasan cerca de su escondite, logra entender las palabras: Aléjate del mal, no peques, protege tu conciencia... Aquella última palabra permanece en su mente, imposible ser borrada: conciencia, conciencia, conciencia... Jamás le ha atormentado hasta entonces, ¿por qué ahora se propone hacerlo? La palabra se repite cada vez más fuerte. Conciencia. Se cubre las orejas en un vano intento de alejarla de sí. Conciencia. El estruendo es ensordecedor. Conciencia. Se quita las manos de los oídos. Conciencia. Las mira asustada. Conciencia. Sangre.
El gorgoteo del agua le hace volver a la realidad. Pero esta realidad es completamente distinta. Se encuentra metida hasta las rodillas en un río, completamente desnuda, con sus cabellos morenos (este detalle la deja sorprendida) cayéndole por la espalda y los hombros. Sin esperarlo, del cielo comienzan a descender plumas. Éstas caen al agua, que se tiñe de negro. Este color pasa luego a ser rojo, más tarde morado. Cambia su tono continuamente. Ella misma se ve transformada en damas y hombres de épocas muy dispares mientras las plumas vuelven a salir de las aguas para escribir en el aire, con aquella tinta multicolor, letras que forman palabras, oraciones y que se desvanecen rápidamente, mezclándose unas con otras: En un lugar de la Mancha... - Nos encontramos en Transilvania - prosiguió el conde... Alicia empezaba a cansarse de estar sentada en la orilla... Me llamo Boris Balkan y una vez traduje "La Cartuja de Parma"...
Cuando por fin vuelve a ser ella misma se queda mirando el vacío, preguntándose si no será el personaje de ficción de un autor con mucha imaginación. Tantea su cuerpo. ¿Realmente es de carne y hueso? ¿Existe? Siente que se transforma en una de aquellas plumas y que la brisa le hace flotar. Esa misma brisa le impulsa a mojarse de tinta y escribir unas cuantas palabras en el aire: La nieve y la noche se deslizan a su alrededor...
Abre los ojos. De nuevo se encuentra en la ladera nevada, siendo ella misma, con sus cabellos blancos, sus pieles y la corona de plata y perlas en la cabeza. Vuelve a ser la Reina de las Nieves, quizá en el olvido de muchos, que acaba de volver de un paseo por su conciencia para descubrir si es real o el sueño de un escritor.
En su mano cae una pluma blanca, que le provoca una sonrisa. Se arrebuja en las pieles y permanece quieta, vigilando la realidad mientras la nieve cubre de nuevo sus cabellos.
Algo en la noche ha ocurrido
capaz de apagar el alba.
¿Dónde estás, Madre de pobres?
¿Dónde estás, serena Hermana?
Algo que hiere por dentro
y deja la boca amarga.
¿Dónde estás, Madre de tantos?
¿Dónde estás así callada?
¿Quién se ha llevado el amor
enquistado en tus entrañas?
Han caído ya tus brazos
repletos de carne santa;
yace imposible el testigo
de tu brillo que se apaga.
¿Dónde estás, Madre de fuerza?
¿Dónde estás arrebatada?
¿Por dónde se pierde el sol
cuando mueren las mañanas?
Falta calor en las voces;
las palabras suenan vanas
cuando esconden tras sus dientes
la silueta de las armas.
Son fingidas sus sonrisas
sus promesas, sus palmadas:
la muerte no cesa nunca
la pobreza nunca acaba.
¿Dónde estás, Madre sin miedo?
¿Dónde estás, Madre tan magna?
Los niños siguen sin leche,
sin caricias y sin hadas.
Te llora la muchedumbre;
el mundo entero reclama
que vuelvas a este calvario
de crucifijos y ratas.
¿Dónde estás, Madre de acero?
¿Dónde estás, Madre de plata?
¿Dónde se encuentra aquel Dios
del que tanto nos hablabas?
Miramos a nuestro cielo
pues las dudas nos asaltan.
El hambre sigue en la Tierra
planeando entre las almas.
(A Iván)
Mi mirada se pierde en el vacío
y en el abismo busco el brillo de tus ojos;
entonces siento que una lágrima brota
dentro de mi alma amante,
cuando la tristeza anida en mi pecho.
Tu pelo rizado evoca en mí recuerdos,
también recuerdo tu rostro de delicada porcelana,
esa sonrisa que me embruja
esos cálidos abrazos en estas frías noches,
y una sonrisa se dibuja en mi cara.
Quisiera salir a buscarte, mi princesa,
pero un abismo a los dos nos separa,
y es en noches como ésta
cuando mi mirada se pierde en el vacío.
Caminando entre las sombras
con conchas en los bolsillos,
con pétalos de amapola,
con un peyote maldito
y un susurro en nuestras bocas.Huele a dulces de tomillo
mi cajita de Pandora,
cabalgando por el río,
manos tristes, lanza rota,
y un silbido en los oídos.Dibujan las caracolas
psicodelias de membrillo,
alcanfor en la memoria,
es un amanecer tibio
que va apagando las farolas.
Cronista de la belleza que anhela sentir.
Fotógrafo de una vida anterior llena de matices.
Escultor de las emociones que forman parte de ti.
Guardián de todo lo que ha de perdurar.Boceto de un romántico sin remedio.
Romance de lo que una vez sintió por ella.
Fotograma de pasiones convertidas en rimas consonantes.
Vidrieras que reflejan la odisea del poeta.Amarillo Nápoles para un verso que haga conmover.
Sonidos en do menor para épica epopeya.
Metáforas de otro tiempo para arrebatadora imagen.
Mil vidas en un poemario con tapas de ante.
Oigo en el aire un lamento,
un resquicio de piedad.
Soy guerrero abandonado
a su suerte que es luchar.
Batallas cuento por mil,
enemigos por doquier.
Mi bandera arde y llora.
Nunca quise vivir así.
Mas abandono la lucha,
quiero un tiempo para mí.
Dicen que tras esos picos
-son los montes Pirineos-
me aguarda fiel un sepulcro
en un bello monasterio.
Cabalga, amigo, cabalga,
que muy pronto llegaremos.
Crucemos ríos y lagos
en este reino maldito
pero también legendario.
"Aragón, tierra de reyes,
luché como buen vasallo
mas mis heridas ya duelen
y busco amor, no más daño."
Permíteme que te encuentre,
permíteme que te halle y te regale
mil besos y caricias,
mil sueños tengo por compartir contigo.
El ansia inquebrantable perfora
este corazón ensombrecido
por el ritmo turbio de los días
que nunca desembocan del todo en ti.
Pero pronto estaremos juntos
y disfrutaremos de lo que tanto anhelamos,
el silencio dejará atrás su rostro de verdugo
para alzarse en nuestro aliado
y tu dulzura llenará mi vida de sentido.
Permíteme que te halle bajo la luna llena
y te haga el amor mil y una veces,
que te prometeré la luna y las estrellas,
el firmamento y tantas constelaciones
como días hayas llorado por mi búsqueda.
Por fin, juntos pronto estaremos,
siento cercano el momento
de mitigar tu ansiedad
y convertir tu soledad
en un manantial de feliz ternura
y de besos para ti.
Entregado sobre el papel
unos simple versos
intento escribir.
Las musas se esconden,
se ríen a escondidas de mí.
La página en blanco es mi enemigo,
galopando en un corcel bravo y gallardo.
Mi mente es un humilde caballero
que sirve al poeta que tuve que ser.
Me han armado sólo con un lápiz
pues pretendo agradar a tan caprichosas damas,
las que siempre me abandonan
dejándome sólo frente al peligro.
Poco a poco el combate me favorece
y de mi alma salen más y más líneas.
He creado un humilde poema,
no sé si mejor o peor que otros.
Esas insolentes musas de la inspiración
me ayudaron a no sentirme vacío,
a hacer que el aburrimiento que me acecha
no sea más que un recuerdo lejano.
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