NAVEGANTES DE LA PLUMA

Nº 0 - SEPTIEMBRE 1994

Puedo decirles que no es verdad
que mi corazón no se agita
cuando oigo tu nombre, tu voz
o cuando veo el perfil de tu figura.

Puedo negarles lo que me sugieren
pero yo sé que tienen razón
porque ellos me conocen.

Puedo encubrirme y fingir
que soy una muralla infranqueable
pero en mi esencia soy pequeñita
y frágil como un botón.

Poseída por tu hechizo voy tras de ti,
para ser cautiva de tu signo,
para olvidarme de mi máscara arrogante
y mostrarme como soy,
como un lienzo que espera
ser pintado como tú quieras.

Triste de amor estoy
porque si descifro tu eterno y cálido mensaje,
tú lo haces fugaz y yerto.
Porque si percibo tu gesto enamorado,
tú ignoras el momento y me haces creer
que estoy loca y que soy víctima
de mi propia fantasía.

Pero sabes la verdad
y con tu silencio me otorgas
el don de contemplar tu danza,
tu temor y tu noble sentimiento.

Namaste


LA LARGA ESPERA

Durante uno de mis rutinarios paseos por los verdosos campos de mi campiña, conocí a la más hermosa joven que cualquier ser humano puede desear. Permanecía sentada acariciando con su larga y dorada melena las suaves brisas que surcaban sus cielos. Me observó sentada sobre un mullido cojín de hojas musgosas que había sobre un viejo tronco derribado, sumida en total silencio. Quizá en espera de ser amada. Mis ojos fogosos y exhaustos de ver tanta hermosura, observaban con imprudencia aquella visión en forma de doncella, que permanecía sentada y acariciando pequeños pétalos de frágiles y coloreadas flores, escondiendo entre sus ropas unas largas y fina piernas.

Parecía increíble ver tanta devoción, todo en ella era fascinante y embriagador. Resultaba fascinante ver aquella hermosa joven rodeada de verdosos arbustos y coloreadas flores; acariciadas sus pétalos por juguetones insectos que saltaban de flor en flor, mientras sus pequeñas patas volaban impregnadas de dorados contenidos de polen, desperdigándolos por todos sus inhóspitos rincones.

Tras volver de nuevo al mundo real, la volví a observar detalladamente deseoso de conocer todos sus secretos de mujer. Todo su cuerpo estaba cubierto por una fina túnica de terciopelo rojo, cubriendo parte de su pálida espalda una larga y delicada capa de seda negra que caía en forma de cascada hasta regar la rugosa superficie de aquel áspero tronco. Su dorada melena acariciaba dulcemente su blanquecino y suave cuello. Emborrachándome toda ella, mientras observaba detalle a detalle aquella hermosa sábana deseosa de ser compartida hasta la eternidad entre sollozos y placeres mundanos. Escondiendo entre sus profundidades un hermoso y puro cuerpo, finamene trabajado por los mejores artesanos de Saboya, con delicados y somnolientos cristales en espera de ser saboreados sus frescos contenidos, aquella hermosa túnica cubría unos pequeños y jugosos pechos decorados con pequeños fresones ansiosos de ser bañados en suaves champañes y tiernas natas. Sus ojos eran azulados con tintes verdosos, de los cuales se desprendían pequeños destellos de luz que golpearon brutalmente contra mi frágil corazón. Sus labios estaban húmedos y carnosos, deseosos de ser acariciados y compartidos, denotando tener vida y juventud. Deseaba fervientemente acariciarlos y sentir sobre los míos aquellos dulces elixires que escondían mágicos caldos, capaces de llevarte hasta mundos insospechados de lujuria.

Seguí observando milímetro a milímetro aquel cuerpo de perfectas formas. Cerré mis inquietos ojos desando conocer sus virtudes y defectos, ambicionaba sentir aquellos dulces aromas que se desprendían de sus pálidos y jóvenes poros, mientras mi inquieta mente se recreaba en crear ilusas visiones en las que nuestros cuerpos formaban un todo y un nada consiguiendo una unión perfecta de suspiros y sufrimientos.

Pero al abrir nuevamente los ojos observé aterrorizado como aquella joven había desaparecido en la nada. Miré austado una y otra vez en ambas direcciones y quedé decepcionado al no encontrarla por lo que, con lágrimas en los ojos, abandoné el lugar sintiendo extraños abrazos de frío a medida que iba avanzando por aquella triste y silenciosa campiña. Finalmente llegué ante un pequeño recinto vallado de piedra, en cuyo interior emergía un viejo edificio en ruinas escondido entre unos viejos matorrales y unas largas trepadoras. Y al llegar ante su puerta vi en su interior colocada fríamente en su centro una gran losa blanquecina. Con cierto miedo y curiosidad, decidí acercarme a ella y al llegar a su fría hoja una fuerte fiebre helada invadió mi frágil mente engulliendo cada poro oculto de mi cuerpo. Estallé en lágrimas al observar sobre ella la misma y sedosa capa negra que llevaba aquella desconocida joven y sobre ella, una incripción en la que ponía un hermoso nombre de mujer y bajo ella se decía en un tono de amor:

"Nuestros cuerpos algún día, en algún otro lugar formarán una única unidad invulnerable sumergida entre mares de amor y deseo. Dedicado con amor a mi atormentado y desconocido admirador".

Tras terminar mi lectura con lágrimas en los ojos, me alejé del lugar soñando con estar con ella, en otro mundo, en otra época y, sobre todo, en otro tiempo.

Jorge Juan Bautista Amigó


XXV

El bosque se agitaba en su sueño eterno.
Buscaba el porqué de su existencia.
¿Qué sentido el de sus árboles?
¿Qué sentido el de sus matorrales?
¿Qué sentido el de todos sus seres?
Nada le daba la respuesta.
Y de repente, algo ocurrió...
Un destello de luz en las hojas,
un rayo que atravesó un hueco,
una piedra preciosa saltando al vacío,
una cascada de cristal en el seno del bosque.
Y la floresta lo supo...
...y el sueño llegó a su fin.
Un nuevo sueño comenzó...
en el no había preguntas...
sólo un recuerdo soñado... un sueño recordado.

Nauta


DOS EN UNA

Puede ser tan cruda la realidad
cuando me acuerdo de ti / y de mí,
que mi deseo no es otro
que el de descubrirte/me
y estoy tan bien...
cuando estoy/ás
abranzándote/me, besándote/me
a ti / mí.

Félix Viana


CORRIENDO HACIA LA LIBERTAD

Hemos conseguido escapar,
pero aún nos pisan los talones,
por lo que no nos podemos fíar.

Allí, justo al final de la playa,
se encuentra nuestra meta.

La frontera de la libertad.

Somos los últimos seres de una raza
que en un tiempo fue algo inteligente
pero que con el tiempo, nos destruimos
y perdimos la razón.

Pero ahora, los últimos,
hemos recapacitado y huimos
de nuestros nefastos errores.

Y ahora corremos,
hacia la libertad.

Ángel J. Lara


En el alma llevo la marca,
la marca de tu amor;
tu amor perdura dentro de mí;
de mí, porque aquel día,
aquel día, aprendía a querer;
a querer de verdad, sin obstáculos,
sin obstáculos vanos de ansiedad;
de ansiedad es mi sentimiento sin ti;
sin ti, el cielo se derrumba,
se derrumba el suelo tras mis pies;
mis pies van como dos leones tras de ti;
de ti, que me enseñaste tanto...
tanto amor, tanto odio;
odio a quien se lo merece,
se lo merece tanta y tanta gente,
gente que no comprende, que no entiende...
que no entiende nuestro amor,
nuestro -verdadero- amor,
amor sin tapujos sociales,
¡sociales, sociales, sociales! Y egoístas;
egoístas los deseos -inaceptados- correspondidos;
correspondidos no son mis deseos...
mi deseo es tenerte junto a mí,
junto a mí.

Félix Viana


LA AVENTURA DEL JOVEN INDIO SEATTLE

El joven pielroja se escondió entre los arbustos cercanos al río, esperando no ser descubierto por los sanguinarios colonos. Intentó controlar su agitada respiración, más para escuchar si venía alguien, que por si era oído. Aparentemente había conseguido despistarlos y eso le tranquilizaba un poco. Pero todavía esperó unos instantes antes de salir al arroyo y beber un poco de agua. Calmada su sed, ocultó aún más su derrota remontando el curso de la corriente. Al anochecer se escondió en una pequeña cueva que había entre rocas. No quiso encender un fuego, temiendo que el resplandor delatara su presencia. La mortecina luz de la luna veló el sueño del indio.

A la mañana siguiente, cuando todavía el sol no había iniciado su periplo, despertó y emprendió la marcha, no sin antes buscar señales de sus perseguidores. Sus sentidos no descubrieron nada anormal pero su intuición de cazador le aconsejaba: se andaría con cuidado. Estuvo huyendo durante todo el día, aunque no avanzó mucho: dedicaba la mayor parte del tiempo a borrar sus propias huellas y crear otras falsas.

Anochecía y, temeroso de no haberlos despistado, siguió caminando. Llegó a un bosque y, por fin, pudo sosegarse, sentir la tierra bajo sus pies, apaciguar su corazón intranquilo y dejar en libertad sus pensamientos:

"Aquí estaré a salvo, esos hombres de rostro pálido no van a poder reírse de mí. Huiré hacia el norte y me uniré a la tribu del zorro. Ellos todavía no han sufrido el cáncer que provoca el hombre blanco. Ellos, escondidos entre las montañas del ciervo, no conocen su avaricia. Ellos... tuvieron más suerte que mi pueblo, exterminado por el gran jefe de oriente. Todos mis hermanos han caído bajo sus varas de hierro y fuego. Mis hermanas fueron deshonradas por esos hombres de pelo en la cara. Sólo yo he sobrevivido a ese horrible exterminio. La codicia de aquel y de sus hombres es la plaga que se ha apropiado de la tierra de nuestros antepasados. Y llegarán con sus animales; y secarán las praderas, los pastos de nuestros sagrados búfalos; y talarán árboles para construirse casas y fortalezas. Destruirán a la madre Tierra ante los ojos del padre Cielo. Ella aceptará humildemente su destino y se dejará mancillar, esperando, en vano, que caigan en la cuenta de que así arruinan su propia casa. Será inútil. El hombre blanco no sabe que también forma parte del Cielo y de la Tierra. Por desgracia no se siente hijo, sino dueño y señor del cuerpo casi yermo de sus padres."

Y sumido en estas hondas reflexiones se durmió, acostado entre las raíces de un viejo abeto. El susurro del viento entre las hojas lo arrulló y guardó su descanso. El tenue calor del sol lo despertó al día siguiente. Recogió su hato, comió algunas bayas y se dirigió hacia septentrión. La Tierra había perdido ese día a uno de sus últimos guerreros.

Nauta


INSURRECCIÓN A LA VIDA

Nota: Exhortación a la persona simple,
con un corazón, no bondadoso, pero sí rojo.

Eras alto y esbelto,
rubio y perplejo.
Todos te querían y deseaban,
en la cima del mundo estabas:
chicas, amor, rock n'roll a todas horas.
Pero un fortuito golpe de desventura
cortó el manantial de fortuna que poseías
y con hierros e impotencia ahora estás.
Creerás que todos te han abandonado,
que todos los girasoles sanos
te dan la espalda vanos
y esos sentimientos... que han desaparecido
pero...
Un girasol seguirá girando
aunque a su lado tenga, otro fracturado,
al que antes apreciaba y ahora supera.
"No importa", piensa él...
él sigue siendo el mismo
y no es que parezca indiferente
a tu desgraciado y espantoso accidente
sino que...
para él, el egocentrismo, la vanidad
y los ojos almendrados...
tienen el mismo significado que...
la silla de ruedas, la fisioterapia y los hierros fríos.
Porque este girasol,
aparte de tener callos en las manos,
los tiene en el corazón.

Javier Vintanel


En luz efímera de placer
hicieron quemar tu lámpara:
sucias manos de deseo
mutilaron tu alma.
A ti, rosa de alambrada;
a ti, estrella perseguida;
a ti, corazón arrasado
que prostituyeron en vida.
En días de grandes vientos
tu cuerpo que fue ceniza
oigo gritar deseperanzado.
¿De qué sirvió mi agonía?

Carmen Amigó


Ramilletes de lunas,
espejos colgados ausentes de labios,
sonrisas,
espacios malditos
en que juegan humanos.
Dados en el laberinto,
eslas de maleficio sin suerte,
ruina,
desesperación.
Ramilletes,
dados...
levitan en las noches húmedas
en espirales sin nombre.

Carmen Amigó


AL OTRO LADO DEL SILENCIO

Avanzaba lentamente, cabizbajo, absorto en sus pensamientos. En su rostro se adivinaba la melancolía y la nostalgia, en su mente un vivo pero doloroso recuerdo: el de una mujer. Su pérdida había alterado el ritmo de su vida, le había desorientado de tal modo que apenas lograba encontrar sentido a su existencia.

Sus cinco años de ausencia no habían podido borrar su calor, su presencia. Continuamente, como dulces y suaves ráfagas de viento, acudían a su memoria imágenes que le devolvían por unos instantes al ayer. Sus penetrantes y acogedores ojos castaños, su pelo suave y caprichosamente rizado, su seductora figura y sus gráciles movimientos, aparentemente tímidos pero impregnados de una admirable seguridad. Aún podía ver, deshojando cuidadosamente cada uno de sus preciosos pensamientos, su delicada y atrayente sonrisa, su inocente manera de ruborizarse cuando él le hablaba con palabras amables y cariñosas.

Y sin embargo, ella no estaba allí. Era entonces cuando volvía el dolor, que destruía sus tenues pero entrañables recuerdos y era devuelto cruelmente a la realidad. ¿Qué realidad? Ojalá pudiera seguir soñando eternamente.

Mientras tanto, sus pasos le conducían, commo cada tarde, hacia el viento cementerio, en donde su amada reposaba para siempre. Pulidas losas violadas por insulsos epitafios se sucedían interminablemente a ambos lados, y no podían sino aumentar su pena que el tiempo no había conseguido mitigar.

Unos trozos de madera seca esparcidos delante suyo bastaron para revivir una vez más su pesadilla. Otra vez aquel funesto día, el día del accidente.

Se deslizaban suavemente sobre las aguas del límpido lago, montados en una pequeña barca, hablando de sus experiencias, de sus problemas, de sus secretos. Ante una de sus cálidas sonrisas, él le había obsequiado con un sincero beso. Todo era felicidad, todo era magia. No notaron como poco a poco se iba levantando un fuerte viento y el hechizo no se rompió hasta que la fragil embarcación se debatía ya víctima de intensos zarandeos. Asustados, fueron incapaces de moverse. De repente, la barca dio un terrible bandazo y ella salió despedida, cayendo pesadamente a las embravecidas aguas del lago. El hombre vaciló unos instantes a causa de la impresión, pero inmediatamente se dispuso a lanzarse tras ella para salvarla pues era consciente de que su compañera no sabía nadar. El destino no fue justo con él. En el mismo momento en el que iba a saltar, uno de los remos, sin control a causa del viento, le golpeó por detrás en la cabeza y le sumió en la inconsciencia más ignominiosa.

Desearía no haber despertado nunca. Cuando lo hizo, la realidad le hirió en lo más profundo de su ser. Lloró hasta que el llanto no le concedió más lágrimas y se dio cuenta de que todo había terminado.

El Silencio...

Por fin, el hombre llegó a la tumba de su amada. No había lápida, ni por supuesto inscripción; sólo una sombría cruz de piedra y en su centro una desgastada fotografía, pero todavía intacta. Al pie, un nombre: Eileen. Le llevó un tiempo advertir que llevaba unas flores en la mano, pero al fin se agachó y las depositó en la tumba. Luego se irguió. Contempló la imagen de la bella muchacha un buen rato y, tan lentamente como había venido, dio la vuelta y se marchó.

...

Al otro lado del Silencio, el cielo verdeazulado se alzaba mayestático sobre el pétreo suelo, y dejaba de vez en cuando que un leve rayo de luz se colasa entre sus pequeños huecos, difuminando la penumbra y dando lugar a un nuevo día. Nadie conocía el origen de aquel foco luminoso, aquel que cada amanecer extinguía las sombras. Todos lo consideraban algo mágico.

El bello espectáculo había sido contemplado por una pareja, una mujer y una niña, mientras caminaban pausadamente sin rumbo aparente. No se hablaban. La mujer era esbelta y su gracil pelo liso ondeba al viento, lo cual realzaba notablemente su atractivo. Miraba constantemente con sus reposados ojos azules el lejano horizonte, sumergida en un profundo mutismo. Llevaba a la pequeña de la mano pero no le prestaba ninguna atención. Daba la impresión de estar haciéndolo mecánicamente, dominada por la rutina. Su faz no reflejaba ninguna expresión, era una máscara. En cambio, la niña estaba claramente triste; de su semblante emanaba una gran pena, impropia de una persona de su edad. Miraba continuamente el suelo, como queriendo encontrar algo perdido hace mucho tiempo, y sin embargo, no sabía por qué lo hacía. Tampoco sabía la razón de su tristeza y sin embargo ese sentimiento encogía tenazmente su inocente alma.

Siguieron caminando en la misma dirección, que ninguna de las dos había elegido pero que ambas sabían inconscientemente que era la correcta. El paisaje a su alrededro se mostraba desolador, carente de cualquier vestigio de vitalidad, de movimiento, de alegría. Ofrecía la misma desesperación que tenazaba irracionalmente a la niña, la cual, por su parte, parecía aceptar el inhóspito lugar como natural, aunque su mente le decía que alguna vez esto no había sido así. La mujer que sujetaba su mano sin ningún tipo de cordialidad se limitaba a ignorarlo, manteniendo fija su mirada al frente.

Por fin, algo en el horizonte pareció acabar con la monotonía del viaje. Ambas pudieron comprobar como a una cierta distancia delante de ellas el tono marrón del agonizante suelo que pisaban dejaba paso a un color azul claro. La mujer no mudó ni un ápice su expresión; la niña, en cambio, vio aumentar ostensiblemente su grado de ansiedad, sin saber realmente por qué. Siguieron andando y pronto la pequeña pudo constatar que lo que tenía ante sí era agua. Habían llegado a un extenso lago. Cuando alcanzaron la orilla, las dos, casi al unísono, se pararon. La pequeña se arrodilló y, nada más tocar las cálidas aguas con sus manos, comenzó a llorar desconsoladamente. La mujer la miró impasible unos instantes y de repente se esfumó, fundiéndose con el viento. La niña intuyó que había finalizado su labor con ella y había partido en busca de una nueva misión. Seguía mirando el fondo del lago como buscando algo y las lágrimas no dejaban de brotar de sus ojos. Y no comprendía la razón. No entendía nada. ¿Por qué estaba triste? ¿Por qué lloraba? ¿Qué es lo que buscaba?

Ninguna de estas preguntas tenía respuesta para ella. No sabía ni siquiera qué es lo que hacía en este lugar y por qué le resultaba extraño y conocido a la vez. Nada tenía sentido.

Lo único que recordaba es que se llamaba Eileen, y que tenía cinco años.

Fernando Lafuente


Colores que recorren el vacío
y el furor los insemina en imágenes.

Sonido & Visión.

Película "subterránea".

Flores muertas son reemplazadas
de la lápida por una mano amiga
(los que han pasado por allí).

Músicos, saltimbanquis, payasos
en mi particular paraíso.

Hombres y mujeres
se alquilan en el Club Eléctrico.

Una habitación con amigables compañeros.
Alucinógenos con los que resucitar la noche.
En las sombras, poesía.

Miguel Ángel Benedicto


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