En mi cabeza siento momentos
corrompidos por los celos
que siguen recordándome
que eres feliz en otros brazos,
dándote lo que yo te di
una noche del mes de abril.
Te recuerdo en silencio
y me siento morir.
Vas regalando tu sonrisa
la misma que me hizo feliz.
Busco en mis recuerdos
aquel momento que sentí
el cálido roce de tus labios
en esta rosa de abril.
Y al fin me ahogo
en el mar de los celos,
sin poderte decir
que aún te quiero,
que sin ti no puedo vivir.
Quiero sentir una vez más
esa sonrisa tuya
que una vez me hizo feliz
y me dio la vida
una noche de abril.
"Si no fuera duro, no estaría vivo.
Si no pudiera ser dulce, no merecería estarlo."
R. Chandler.La noche que Lucía se hizo mayor
llovieron ágatas bajo el cielo gris de la alameda.
Por un momento pensó que a sus veintidós años
apenas había vivido una o dos vidas,
siempre demasiado deprisa (impaciente),
tomó con pausa un sorbo del ginkás
mientras sus amigas bailaban alegres aquella canción
y septiembre volvía a ser ese mes de los comienzos.La noche que Lucía se hizo mayor
vestía vaqueros muy anchos, herencia
de un mariachi trasnochado y camiseta blanca,
princesa prometida de los dibujos de infancia.
Tir Nan Og era algo más que una fábula inventada
y él, regresaba
dos meses después de aquel presagio
(lejano, impaciente el mensajero).La noche que Lucía se hizo mayor
descubrió que la vida es una gran manzana
sencilla e imposible al mismo tiempo
y la certeza de que la impaciencia mata
no cesaría de perseguirla durante este nuevo viaje.
Pensó que por primera vez
había abandonado el destiempo a un lado del camino.
Él estaba allí, icono torpe y pop por excelencia
andar pausado y una voz tan suave
como los pétalos de cerezos que florecen en Dogenzaka.
Una ráfaga de frío
se confunde con el viento;
se refugia en mi ventana
y se reencarna en mis versos.
Y aunque susurra un mensaje
entre desdicha y lamentos
sé muy bien que no podrá
entristecerte de nuevo.
Porque decirlo no basta
cuando lo grita el silencio;
porque el olvido se pierde
disfrazado de recuerdo.
Porque la noche no acaba;
porque no estás y no entiendo
cómo es posible dormir
y soñar al mismo tiempo.
Cada vez que muere un día
alguien se siente pequeño.
Cada vez que dos sonríen
llora en la sombra un tercero.
De pequeño, recuerdo que una de las cosas que más me ilusionaba era ir a ver al abuelo. Como todos los abuelos, se alegraba cuando mis hermanos y yo le hacíamos una visita; para manifestarlo, siempre nos daba caramelos y jugaba con nosotros. Pero lo mejor de todo era cuando nos contaba sus historias.
Eran esos ratos muertos, cuando el tiempo no parecía querer apremiar a nadie, los que nos sorprendían sentados cerca del hogar, dispuestos en círculo en torno al anciano. Su voz, trémula pero envolvente, nos atrapaba enseguida y caíamos pronto víctimas del singular influjo de sus cuentos. Permanecíamos absortos durante largo tiempo, a veces incluso horas.
Yo me consideraba el más acérrimo fan del abuelo. En cierta ocasión me empeñé en demostrárselo, y el resultado fue una narración realmente peculiar y una tarde mágica.
Aquel día, el viejecito nos había narrado ya una de sus fábulas, y mis hermanos se habían dado por satisfechos y habían salido a jugar. Nos quedamos solos él y yo.
-¿No vas a divertirte, con ellos? -me preguntó afectuosamente.
-No, no me apetece. La verdad, abuelo... es que me gustaría que me contaras otra historia de las tuyas.
-¿Otra? Bueno, pues... -empezó a decir.
No le dejé terminar. Yo sabía perfectamente lo que quería en ese momento.
-Espera. Me gustan mucho tus cuentos, pero... son siempre cuentos para niños. ¡Y yo ya tengo ocho años! -exclamé con infantil orgullo-. Quiero que me cuentes una historia de mayores.
El anciano me sonrió benevolente.
-Pero, hijo mío, no la vas a entender...
-¿Y tú cómo lo sabes? A lo mejor sí que la entiendo. Y si no, pues no pasa nada.
-¿Seguro?
Asentí vigorosamente.
-Está bien, de acuerdo. Una historia de mayores, sí. Allá va, presta atención.
La historia gira en torno a una chica con un nombre muy peculiar, que tenía unos sueños todavía más peculiares. Sus padres eran humildes y de clase media baja. Habían huido de un pueblo triste y falto de oportunidades, para hacerse un pequeño hueco en una ciudad con más futuro, pero no mucho más alegre. La gente vivía apresurada, parecía tener siempre alguna obligación inminente que atender. Comercio, tecnología y búsqueda de nuevas sensaciones marcaban sus vidas como si fueran un condimento indispensable.
Mientras trataban de adaptarse al cambio, tuvieron una hija. El nacimiento les llenó de dicha y optimismo; tanto, que desearon con pasión que fuera una chica especial. Y a una chica especial había que darle un nombre especial. Como los nombres de su pueblo natal les parecían demasiado vulgares y los de la urbe se les antojaban todos iguales, optaron por buscar otra fuente de inspiración. Los felices padres no tenían mucha cultura y todavía menos imaginación, por lo que en un arrebato de lucidez se les ocurrió una idea. Buscarían en el diccionario una palabra cuyo significado no conocieran (cosa bastante fácil para ellos) y que sonara femenino: ése sería el nombre de su hija. Así lo hicieron y la llamaron Utopía.
Pese a los emotivos anhelos de sus progenitores, la niña resultó ser bastante normalita. No daba la impresión de ser especial en nada. Lloraba cuando todo bebé habría llorado, barría el suelo gateando como cualquier otro podría hacer y gozaba con los juguetes con que otras niñas solían divertirse. Cuando comenzó a ir al colegio, tampoco hizo gala de ningún talento notable: sus calificaciones eran poco más que aceptables, sin grandes excesos. Por otro lado, tenía sus amistades y sus aficiones, como es normal. Ésa era la palabra que lo resumía todo: normal.
Naturalmente, sus padres la querían mucho, aunque no fuese en absoluto especial tal y como habían deseado. Sin embargo, cierta desilusión se alojaba en sus corazones.
Fue el tiempo el encargado de cumplir la ilusión depositada en Utopía, pues en efecto acabó revelándose como alguien especial. Pero no como hubieran podido pensar sus padres.
Utopía siempre había imaginado cosas mientras dormía; mas la juventud le trajo sueños dispares, tan extraños que su sentido escapaba a la razón. Al menos a su razón, ya que Utopía no destacaba precisamente por su inteligencia. Noche tras noche, los curiosos episodios se sucedían.
Una vez soñó que una hoguera de cinco metros de altura, producto de la combustión de millones de billetes de 5.000 y 10.000, alumbraba y daba luz y calor a una tribu de agradecidos indígenas. En otra ocasión soñó con un parque tan limpio e inmaculado que los barrenderos, en vez de partirse el espinazo cogiendo papeles, envoltorios y latas de Coca-Cola, se dedicaban a adornar los árboles con relucientes y vistosos colgantes. Otra noche se imaginó que un grupo de ex drogadictos enseñaba informática a varios ancianos.
También soñó con un oscuro bar lleno de globos multicolores, en el que una pareja de greñudos pedía sendos chupitos de zumo de piña y un tipo con chupa de cuero solicitaba una manzanilla bien cargada. Y acto seguido se encontró en una ciudad en la que todos fumaban porros de caramelo y la palabra contaminación no salía en la enciclopedia.
Utopía consideraba estos sueños muy raros, pero, a decir verdad, se despertaba siempre sintiéndose realmente bien, como si se hubiera quitado un peso de encima. Por ello tardó mucho en contar a nadie lo más mínimo sobre sus fantasías nocturnas. Cuando lo hizo, ni siquiera fue a sus padres, pues temía defraudarlos todavía más. Habló con sus amigas, y probablemente aún fue peor. Sus amigas sí que realmente no tenían nada de particular y por ello se rieron de las historias de Utopía. A la risa le sucedió la burla, y por último la fama de loca. Era inconcebible que soñara con tales aberraciones, totalmente opuestas a la realidad. Debía de sentirse realmente mal al despertar tras semejantes pesadillas, decían. Y sin embargo, no había día en que Utopía no amaneciera con una sonrisa en los labios. Aunque no supiera por qué.
No obstante, como suele pasar, la presión de sus amigas y la ausencia de un referente válido con el que compararse, hicieron que Utopía empezara a pensar que en verdad le ocurría algo malo, muy malo. Pidió consejo, y le hablaron del Doctor Todovabién y sus famosos e infalibles baños de sociedad.
No muy convencida, nuestra protagonista visitó al doctor curiosa y esperanzada. El doctor Todovabién desplegó toda la gama de vídeos de su programa "Baños de Sociedad". Las cintas eran de un carácter altamente didáctico: una tras otra , vertiginosamente, aparecieron escenas de corridas de toros, con su punto justo de sangre e insultos; pases de modelos con vestidos tan caros como estrambóticos, reality-shows con las dosis adecuadas de violencia y mal gusto, y anuncios en los que marcas de tabaco patrocinaban eventos deportivos.
Pese a la probada eficacia del método, fue un auténtico fracaso con Utopía. El doctor probó otras técnicas, pero también fallaron. Después fue visitada por el profesor Nopiensesmás y obtuvo idénticos resultados.
No había remedio: Utopía seguía soñando todas las noches con lo mismo. Aunque al principio sentía vergüenza y rabia, con el tiempo comenzó a preguntarse dónde estaba escrito que ella necesitara alguna cura. Cada mañana, lejos de notar tristeza o dolor, se levantaba estupendamente y completamente eufórica. ¿Cuál era el problema?
Por fin, decidió olvidar todo aquello y poner en práctica en su vida diaria lo que predicaban sus sueños. Y fue así como Utopía comenzó arreglando pequeñas cosas, continuó poniendo parches aquí y allá, y terminó convenciendo a éste y a aquél. Como era una única persona, no pudo hacer mucho: le faltó tiempo, fuerza y apoyo. Pero siguió luchando y no se rindió. Finalmente, tras escribir un libro al que puso su propio nombre, se fue de este mundo con la misma sonrisa abierta y sincera que presentaba cada amanecer.
Su obra, aunque humilde, no fue en vano.
Logró convencer a un grupo de seguidores, que se autodenominaron utópicos. Estos utópicos hablaron de ella y su ideal a la gente sencilla, que fue uniéndose a la causa. Y éstos últimos se lo enseñaron a sus hijos, los herederos del mundo que dejaban atrás.
El abuelo pronunció de modo solemne las últimas palabras y calló. Le miré entonces entre maravillado, expectante y ávido de conclusiones. Cuando el silencio se me antojó demasiado largo, dije con cierta desilusión:
-¿Ya ha acabado? -hice una pausa y reconocí:- Sí, tenías razón, abuelo; no he comprendido el cuento. Además... ¿dónde está el final?
-Te advertí que no lo entenderías -un brillo de malicia y resignación empapó lo siguiente:-. Pero no te preocupes, hijo, la mayoría de los adultos tampoco dan muestras de entenderlo. En cuanto al final... ¿no te parece que acaba bien, la historia?
-Bueno... ni bien ni mal... Es que yo creo que no acaba.
El abuelo sonrió de nuevo, como sólo él podía hacer, y dándome unos golpecitos de complicidad en el hombro, concluyó:
-Es cierto, pequeño, tal vez no... Tal vez seamos Nosotros, los únicos capaces de finalizar esta historia de un modo feliz. Tal vez sí sea posible tener un mundo mejor, si lo intentamos todos juntos. Tal vez debamos olvidar los sueños de Utopía...
...mas sólo porque se hayan hecho realidad.
Os aseguro que, mientras viva, jamás olvidaré aquella tarde.
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