Un trueno ronco,
poder contra poder,
la espada en la tierra.
Noche sin luna,
el cielo y nubes oscuras,
lluvia en los cristales.
Ojos tristes,
soledad casera,
amor sin amor.
Castillos de cemento,
cristales y hierro
en el horizonte.
Chapoteos oscuros,
luciérnagas nubladas,
fuego blanco y frío.
Ojos tristes,
soledad urbana,
amor imposible.
Nombrando las alegrías ya ni me acuerdo,
duraron sólo el instante
que nace y muere un silencio.
Almagato.Sueño los momentos
que un día fueron alegrías
y murieron en el silencio
del adiós de tu memoria.
Él nació entre los dos
pero el tiempo acabó
por matarnos.
Sólo duró un segundo,
tan fugaz como triste,
donde nació y murió
todo nuestro amor.
Sueño los buenos momentos
que un día fueron alegrías
y que ahora están muertos
en el silencio de nuestro olvido.
Se dejó caer de rodillas, junto al resto de la gente allí congregada. Aunque su hermana le hizo un gesto para que inclinase la cabeza en señal de respeto, no cesó de observar a su alrededor con curiosidad. Aquélla era la habitación de un enorme templo excavado dentro de una montaña. Las paredes eran de alabastro, con largas columnas que se perdían en un techo decorado con escayola. Muy simple pero a la vez fastuoso.
Como tenía frío, cruzó los brazos con el fin de darse algo más de calor. Por el rabillo del ojo contempló a las miles de personas que tenía a su lado. Todos iban como él: con sendas capas rodeando sus cuerpos y cabezas, que no dejaban entrever mucho más. No entendía por qué Zoha lo había llevado con ella a aquel viaje, siendo que nunca dejaba que la acompañase. Era algo que escapaba de su alcance. Y para colmo, tan lejos de su casa: otro país, otra cultura y otra religión. Precisamente ahora estaban entre los asistentes a un culto que desconocía y del que Zoha le había contado muy poco, ya que ella misma carecía de la información necesaria. Según le había contado, el propio dios - un farsante, por supuesto - se aproximaba para bendecir a los fieles con sangre. Aquello le pareció atroz cuando lo oyó por primera vez pero, más por curiosidad que por otra cosa, accedió a acompañar a su hermana. Mas... ¡qué frío! Aquellas tierras del Himalaya distaban mucho de su Italia, su Roma, su casa...
Ante el codazo de Zoha y la reacción fanática de los allí reunidos, comprendió que el dios había aparecido e imitó a los demás, llegando a tocar con su frente el suelo. ¡Vaya! En esa posición un calor agradable le subió por los brazos. Estuvo por quedarse así pero un nuevo codazo le hizo quedar sentado otra vez. Su hermana le indicó con la mirada un punto. Dirigió su atención allí y pudo ver, entre las dos únicas columnas negras, una plataforma y una figura enlutada subida a ella. Al alzar ésta las manos la reacción del público fue instantánea. Pronto él se vio en pie y empujado por el cuerpo de los demás hacia la tarima. Cuando por fin el movimiento se estabilizó buscó a Zoha con la mirada sin hallarla. Ya vería cómo se las apañaría para encontrarla más tarde... Por lo menos ahora el calor de los otros llegaba hasta él y ya no tenía tanto frío. Tan inmerso estaba en su temperatura corporal que no se dio cuenta de que el hombre había comenzado a hablar, y eso que lo tenía a seis metros de distancia. Aunque más que hablar canturreaba o por lo menos, algo salía del fondo de una capucha oscura. Todo el mundo a su alrededor escuchaba fervorosamente. Él, que de aquel idioma no entendía nada (Zoha había sido su traductora hasta entonces), se limitó a tener la mirada fija en el individuo. Era alto (más o menos como él) y supuso que delgado, aunque la túnica no dejaba ver mucho.
El hombre dijo algo y señaló a alguien situado entre las filas apretadas de gente. Era una mujer (se dio cuenta de ello cuando ésta se quitó la túnica al subir a la plataforma), bastante joven, de piel curtida (el sol del mediodía también allí hacía estragos en las pieles sensibles) y cabellos morenos. Debía de ser del lugar, ya que se parecía a las que había visto por allí.
La muchacha se puso junto al dios, que la tomó del brazo, la roció con algo que no pudo distinguir desde su sitio, y sacó una daga del interior de la túnica negra.
Casi se cayó al suelo cuando contempló, sin poder creérselo, cómo el individuo abría la garganta a la chica y ésta caía a sus pies como un fardo. Aún se quedó más horrorizado al ver a la gente aplaudir y cantar - como locos, a su parecer - en aquella lengua. Pero eso no fue todo. El hombre agarró el cuerpo de la joven y lo lanzó al público como si se tratara de un muñeco. Contempló - casi a punto de vomitar - cómo el cadáver pasaba cerca de él en manos de la gente, describiendo un círculo alrededor de la tarima. Luego, alguien - supuso - se lo debió de llevar.
Buscó a su hermana nervioso ya que quería irse de allí antes de contemplar otra barbaridad. De nuevo una horda de aplausos se produjo y la gente se intentó acercar más a la plataforma. Él tuvo que avanzar para no verse aplastado bajo cientos de pies. Esta vez quedó a tan sólo cuatro metros del individuo que, ante algunas peticiones, se había desembarazado de la capucha y la túnica, quedándose con un traje bastante estrambótico, lleno de adornos dorados, terciopelo de colores extraños, seda de muchos tonos distintos entre sí.... No pudo contener un grito que hizo silenciar todo el tumulto: el individuo era joven, de piel más blanca que la gente del lugar, cabellos largos y oscuros, y ¡aquella cara! Esos labios, esos ojos, esos rasgos... Eran los que contemplaba cada mañana al mirarse al espejo.
Notó con terror cómo un pasillo se abría ante él y cómo la gente lo empujaba hacia la plataforma. Llegó hasta la primera fila, donde dos hombres lo cogieron de los brazos para ayudarle a subir. Intentó rebelarse pero estaba tan nervioso que su cuerpo no respondió a la petición de socorro. El dios se acercó a él y le quitó la capa y el gorro de lana. Otra vez volvió a sentir frío mas ahora no hizo caso de ese detalle y miró al otro a los ojos, para ver su reacción. El individuo si se sorprendió, no se notó, pero el público no hizo lo mismo y pronto un murmullo colectivo recorrió el pabellón. El hombre hizo un gesto a otro, y éste se acercó con la daga limpia en la mano. El dios la tomó y, en vez de clavársela, le dio la vuelta y con ella le propinó un golpe en la cabeza.
Está todo oscuro a su alrededor mas él, valiente, se levanta para espantar las tinieblas. Éstas retroceden y le muestran un bosque de muy frondosa vegetación, el suelo húmedo y, en un lugar cercano, el chapoteo incesante y gutural del agua. Se mueve hacia allí. Su caminar es lento, cauteloso... No oye animal alguno, solo el crujir de las hojas a su paso .Llega a una pequeña cascada, toda rodeada de musgo, sobre el cual se sienta. En el cielo no hay sol ni luna, ni nubes ni azul... Sólo una mancha luminosa de muchos tonos mezclados que pugnan por convertirse en dueños y señores del plano celestial. Está tan absorto mirándolo que no se da cuenta de la figura que tiene detrás. Se vuelve al escuchar su nombre: Azabel. Es Zoha, que lo llama. Se levanta para abrazarla pero ella lleva un cuchillo en la mano. El reflejo de éste es el que más dolor le causa: un rostro como el suyo pero con la marca de la muerte. Intenta huir de ella, sin comprender por qué su hermana le odia tanto y comprende que es por su culpa que se encuentre en un bosque de árboles silenciosos que le cierran el paso en su carrera. Vuelve hacia la cascada pero Zoha ya no está allí. Sigue el riachuelo que serpentea tranquilo entre las rocas. El agua le salpica en las manos y la cara, como pequeños alfileres y ha de alejarse de ella pero los árboles tienen ramas bajas que le cierran el paso. Se sienta en una roca e intenta pensar pero, para colmo, la roca abrasa y ha de levantarse. Al caminar la hierba lo agarra de los tobillo y lo tira al suelo. Intenta incorporarse pero esta vez la caída es al agua, que se ha convertido en una corriente furiosa. Sin embargo, al fondo, una visión conocida... La luna.
La luna. Al abrir los ojos fue lo primero que vio. Lo siguiente, una capa y un gorro junto a él, así como un cuchillo empedrado. Se levantó aterido de frío y se halló en medio de un camino. Zoha no se veía por ninguna parte. Reconoció la ruta bajo la luz plateada, como la que había seguido aquella mañana. Caminó cuesta arriba, tras ponerse las prendas y se paró frente a la montaña pero, en ésta, ni rastro del templo. Sólo rocas y rocas.
Alguien lo llamó:
- Azabel, ¿dónde te has metido? - era su hermana que llegó pronto hasta él-. ¿Se puede saber qué haces aquí a estas horas? El posadero me ha dicho que te vio salir y he venido a buscarte. ¿Acaso te gustan los paisajes nocturnos? Todavía no había descubierto esa faceta tuya...
- Yo... No sé...
- Volvamos al pueblo. Hace frío.
- Sí, mucho frío...
Ya en la habitación de la posada sacó la daga y la observó detenidamente. En una de las caras tenía una inscripción, pero otra vez aquel maldito idioma. Fue a buscar a Zoha.
- ¿Qué es esto? - preguntó la chica tomándola con cuidado-. ¿Dónde la has conseguido? Parece muy antigua...
- La compré el otro día... Pero no es por eso por lo que he venido. ¿Podrías leer esas palabras?
- Sí, espera... - Zoha examinó durante unos segundos las letras -. Sí, ya sé qué quiere decir... Es un dicho de aquí que viene a asemejar a lo nosotros decimos en las cartas. Eso de: “Siempre tuyo”. Lo firma ¡Azazel! - la chica se rió a carcajadas -. ¿Acaso tienes un cuchillo del diablo? - y siguió riendo mientras el chico se sumía en un inexplicable silencio.
Camino pensando en el ayer....
te echo tanto de menos....
respiro y empujan las lágrimas solas.
Tengo tu imagen petrificada;
como la más bonita.
Tu voz;
tus palabras transportándome por un camino sin piedras,
por un suelo de algodón,
de olor dulce,
oxígeno de riqueza interior.
Todo con tu imagen,
todo en el recuerdo,
todo... y nada...
si abro los ojos y no te veo.
Mareo,
abismo,
turbación,
anemia de tus besos es lo que tengo yo.
Vivía en mi mundo de fantasía y color,
y tu has pasado fugaz,
dejando una estela incandescente en mi mente,
dejando un rompecabezas,
y yo... borracha de tristeza.
Reconstruirlo sola...,
sola.
Cogiendo cada añico de tus recuerdos,
llorando sobre cada pieza...,
sola.
El beso en la piscina se despega con las lágrimas,
sola.
Revivir un feliz pasado en un triste presente,
sola.
Tan sola que los minutos se me eternizan,
sola con mi mundo... sola.
Sola porque quiero...,
sola porque no te tengo.
Son fríos los mares del norte
así que pinté estrellas tan bonitas y azules
que a cualquiera llegasen con calor.Los cazadores sureños dormían
y al lucir con fuerza
mi estrella más grande,
que es para ti,
despertaron inquietos en su busca.Alcancé suculentas palabras
que tú provocas,
llenando rincones oscuros
de mares tropicales.Pero estos no son tus mares.
Te asusta el calor tropical
y solo ves fríos mares del norte.En las saladas noches del Atlántico
las lágrimas minan tu rostro
cuando notas el sabor difuso por la brisa.
Nuestra estrella reina en cien playas de plata
y aun así no las alcanza tu aliento.Mis mares no son los tuyos,
porque solo ves fríos mares del norte.
Sueño...
Sueño flores blancas y besos amarillos
en un campo de fina mezcolanza,
sueño decir adiós una mañana
en la que la brisa habladora
enuncie su larga fiesta de cuchillos.
Sueño...
que una caracola ciega nos devora
y en medio de su traje
hecho de llagas diáfanas
preparamos la venida del odio.
Pero sé que todo es soñar
y ya dijo Bécquer, soñar es morir,
así pues sólo queda la espera
y un resquicio de saliva
en la mitad de la noche.
Nubes negras,
densas nubes negras
que anuncian presagios
faltos de futuro.
Cruces negras,
sólo cruces negras
donde dejaron
de hablar los labios.
Cuervos negros,
siempre cuervos negros
con las alas llenas
de gris ceniza.
Una campana
suena a lo lejos
quiero pensar
que no toca a muerto.
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