Un nuevo viaje. Los vientos nos son propicios y nuestra singladura comienza. Nuestro querido barco, marinero de todos los océanos, zarpa con un rumbo concreto. La tripulación de “Mente en Libertad”, tras algunas semanas de asueto, ha decidido aventurarse en el Estrecho de Vigilia que separa el Sueño y la Realidad.
Estos dos mares aparecen en nuestros mapas delimitados por tierras concretas pero veremos cómo, en la derrota de la nave, se entremezclan con tal sutileza que nos será imposible distinguir cuándo se ha cruzado el canal que los une.
No obstante, aun a riesgo de nuestras almas, recalaremos en diversos puertos, nos adentraremos en tierras inexploradas, frecuentaremos parajes que sólo viven en las leyendas, avistaremos indígenas poblados donde todo es distinto y crearemos nuevas rutas en las ancianas olas.
Y, finalmente, llevaremos uno de los botes a la más hermosa playa y allí, con la compañía de la dama lunar, nos contaremos las historias que cada uno ha ido recogiendo en su propia red.
La marea sube. Todos a bordo.
¡Levamos anclas!
La realidad siempre camina descalza
y nunca se perfuma antes de la compra.La realidad se auto-flagela
y nos muestra en la cara,
su blanco cutis malherido.La realidad tiene los ojos muy negros
y por eso nos mira
con la ansiedad de quien sabe
que verdad guarda su mentira.
El barco de la realidad ha anclado
las razones que nunca existieron
en el puerto de la incertidumbre,
donde se desliza la existencia.Y una vida perdida vagará en sueños,
vestida con un camisón de luna,
queriendo encontrar la estrella polar
que nunca volverá a señalar el norte.Y de la nada surgirá un rostro
que no tendrá cuerpo ni tampoco alma
y que sonreirá despacio, sin dientes,
desde esa cala olvidada.Y el susurro será tan cercano
que no hará falta mediar palabra
y esa vida sin pulso claro
se perderá en la ciudad portuaria.Pero nadie la echará en falta
en el tren del vagón vacío.
Nadie preguntará por ella en la hoguera
en la que arderá su recuerdo.Sin embargo, su presencia etérea
será luciérnaga encendida
en el solitario sueño
del pescador de algún río.
Qué lejos estás y qué cerca nos encontramos.
Es esa la distancia que nos separa,
esa que creó un muro infranqueable entre los dos.
Te beso, te acaricio las mejillas suavemente.
Te digo lo mucho que he llegado a quererte,
pero lo cierto es que me encuentro vacío,
incapaz de soportar esta presión que me mata.
Todas las noches lloro a solas en mi cama
y me pregunto por qué emprendimos este viaje.
Te miro pero ya no sé qué siento por ti,
te beso pero las dudas comienzan a asaltarme.
A veces pienso lo que he llegado a sufrir,
sólo para estar junto a ti,
mas sé que únicamente he encontrado espinas
que me dicen que escogí el camino equivocado.
Crees que todo va bien entre los dos,
piensas que no puedes ser más feliz de lo que eres,
pero no pensaste en mi mudo dolor,
aquel que amenaza con cortarme las venas,
aquel que insta a destruir mi corazón.
No quiero hacerte daño,
pero he de emprender otro viaje
que debo hacer en mi triste soledad.
No derrames más lágrimas por mi culpa.
Sé que es duro, pero el tiempo cura heridas
y las mías aún no han logrado cicatrizar.
Adiós mi vida, adiós mi eterno dolor.
Caigo, con el cuerpo en llamas, a través del espacio negro en dirección a ninguna parte, sin proceder de ningún lugar. Silenciosamente, fragmentos abrasados de mi cuerpo son lavados por el éter, el único que intenta desobedecer al impulso que me arrastra; los veo alejarse hasta quedar lejos, minúsculos puntos brillantes que acaban perdiéndose, quizá más que yo mismo. Ardo como una rama seca, contemplo cómo me voy desintegrando mientras el fuego avanza lentamente a través de la epidermis, coagulando la sangre, calcinando huesos y vísceras. Si por algún azar, en este instante, diese de narices con la tierra, lo haría en forma de millones de partículas. No sé si voy a morir pero creo que eso ya no me importa. Tampoco, ya que me lo estoy preguntando, me importa mucho cómo voy a acabar así. El suelo se aproxima, lo que quiere decir que pronto sabré lo que va a pasar.
Viaje en metro. Afortunadamente sentado, gafas de sol, leyendo un libro y dejándome las dioptrías merced a mi propia gilipollez. Todo porque no quiero que vean mis ojos. Una señora me mira, aunque probablemente lo haga con el mismo interés con el que mira los cables que hay detrás de mí en el túnel, fuera de la máquina. Una pareja está sentada a mi lado, pero casi dan la impresión de no ser siquiera conocidos. Ambos miran al frente, a la nada infinita de la pared de ahí fuera. Ni se cogen la mano. Otros tres duermen de pie. Llego a la estación, bajo –esta vez sin dar codazos a nadie–. Mi despacho espera, paciente.
Ahora soy una mujer. Siempre pensé que si realmente lo hubiese sido los hombres me habrían llamado puta, o algo mucho peor. Ahora no les estaría decepcionando, porque estoy en pleno acto con alguien a quien no veo, así que no puedo decir si lo conozco o no. De todas formas creo que estoy equivocando el género. No estoy con un hombre, estoy con otra mujer. Y, como buen hombre que se precie –y por mucha envoltura física femenina y todas esas cosas, lo sigo siendo–, me está gustando esto de que dos mujeres se lo hagan. Además, si soy una de ellas, triple placer. Pero ¿por qué digo “triple”?
Despierto. Me calzo, me ducho, me afeito, abro el armario, me visto, golpeo al perro. Me voy.
Y mientras, no sé cuánto va a durar esta situación de Antorcha Humana que ya me tiene, vaya humorada, frito hasta el tuétano. Si por lo menos pudiera volar, como el idiota de Johnny Storm –siempre me han caído mal los Cuatro efe, qué le vamos a hacer–. Ahora me estoy viendo desde fuera, y la verdad es que hago una bonita estampa, una especie de mezcla de Johnny Blaze, Antorcha e idiota en llamas. ¿Por qué los llamitas de los comics se llaman todos “Johnny”? A ver si me van a contagiar o algo... ¿Por qué no me duele? Ya no se me ve la carne, y me parece que se me están empezando a descomponer los huesos. Si al menos supiera si subo, bajo o voy a algún sitio...
A mi despacho, por las escaleras para no parecer un vago asqueroso, y además porque sólo es un piso. Hola, buenos días, qué tal. Puto calvorota enano. Me recuerda a ese muñequito de los Masters del Universo, el Ram-Man. Espero que el ficticio no sea tan capullo lameculos como su contrapartida aquí, en el plano terrestre. Ahora que caigo, no puede serlo. Es de los buenos, si mal no recuerdo. Como mucho será un buenazas tontorrón. Después del conato de úlcera que me provoca su visión, alcanzo mi mesa, o quizá por fin ella me ha alcanzado a mí. Todos los días al mismo sitio, haciendo las mismas cosas. Botón grande, y el ordenador se enciende. Comienza el día.
Duermo. Antes he tirado al gato por la ventana.
De veras que estoy disfrutando con esto. Y me parece que ella también. Reparo en un nuevo detalle, que hasta ahora no había notado. Un lobo me está mordiendo la mano. Me gusta. No duele, tampoco. No me importa. Me mira como si me conociera de siempre, como si esto que hace fuera algo ya establecido de antemano. Mientras, me parece ver que el Ram-Man capullo se está afeitando los dientes con una cuchilla de afeitar. ¿Es que no se ha afeitado antes de salir de su casa? Mi ordenador no se inicia.
Estoy viendo algo por la ventana, ¿será un avión de esos reactores, que van dejando su estela en el aire? Yo siempre había pensado que eran meteoritos, o mejor todavía, satélites destinados a volatilizarse antes de impactar sobre la cabeza de algún desgraciado, como pasaba en Doctor en Alaska. No estaría mal que lo hiciese sobre la cabeza de mi lameculos favorito. Vaya. Me llama el jefe.
Despierto. Me calzo, me ducho, me afeito, abro el armario, me visto, meto lejía en el bebedero del canario. Me voy.
Parece que las cosas se van aclarando. Bajo en picado hacia un edificio que creo que he visto antes en alguna parte. La verdad, a estas alturas ya no sé qué es lo que va a llegar de mí a ese sitio, si tenemos en cuenta que he perdido parte de mi torso, mi cráneo, y encima se me ha comido la mano el lobo. No va a dar ni para una explosión mínimamente espectacular, qué decepción. Me acuerdo de esos meteoritos que salen en las películas que arden tan estupendamente cuando entran en contacto con la atmósfera. Esos sí que la montan. Creo que a veces me gustaría ser uno de ellos, aunque al final de la peli los buenos me vuelen siempre en pedacitos. Me da igual, porque queda alguno que, merced a su radiación o a la presencia de virus alienígenas malísimos, transforma a alguien en superhéroe o en un amasijo de mierda con tentáculos.
Cada vez me gusta más. Mi compañera está ahora cogiendo una botella de cristal de una conocida marca de refrescos y, tras estamparla contra una mesa cercana, se dispone a clavarme el casco en mi vagina. Si quería algo espectacular, lo voy a tener enseguida. Nos besamos una y otra vez.
Duermo. Varias cucarachas corretean por mi cuerpo, aunque no por mucho tiempo. Sistemáticamente las voy aplastando con mis manos, una a una.
Mi jefe me ha dicho que va a ascenderme. Qué raro, hoy no tenía dientes. Parecía como si alguien se los hubiera afeitado. Se ha comprado un lobo, lo tenía en el despacho y me lo ha presentado formalmente. Creo que no tardaremos mucho en hacernos amigos. Me he excusado por no darle la mano derecha, pero eso es algo normal si se tiene en cuenta el hecho de que el lobo ya la tiene en su boca. Ahora no voy a poder coger el ratón con la mano derecha, eso es toda una contrariedad. Mi mesa me llama. No es cuestión de hacerla esperar, tenemos pendiente una penetración vaginal con botella rota. Me gustaría despertarme ahora, para ver la cara que pondría en un instante como este la señora del metro, pero si soy sincero conmigo mismo, a la señora le daría absolutamente lo mismo. Desgraciadamente no me quedan animales domésticos que matar, así que tendré que conformarme con lo que me toca. Mi pareja me besa locamente los labios, ahora sí que quisiera dormirme en sus brazos, estoy tan enamorada de ella... Ram-Man se la está cascando como pasatiempo pero tampoco esperaba otra cosa. Es un pobre hombre que se merece que un meteorito le caiga encima, y me parece que si apuro un poco más y muevo uno de mis muñones hacia la izquierda voy a poder acertarle en toda la cabeza. ¡Premio! Volamos hechos pedazos. Mi buena obra del día.
Vuelta al principio. En este momento me gustaría despertar, para poder quedarme con el lobo. Buscaríamos juntos los dientes de mi jefe. Pero ella me quiere tanto, me ama.
Es hora de dormir.
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