NAVEGANTES DE LA PLUMA

Nº 10 - JUNIO 2002
MIRANDO ATRÁS

CADUCO

La pasta de dientes caducada,
el despertador estropeado,
la sonrisa olvidada
y la vida gris oscuro.
Tantos días he usado
esta pasta caducada
que ahora comienzo otra
y sólo hay sinsabor
de lo nuevo que comienza.
Cuántos ratos pasaron
y el reloj nunca sonó;
nadie nos avisaba
de las horas que morían.
Muchas sonrisas caducadas,
demasiadas intenciones
e ilusiones, tan pocas,
que la vida
se ha teñido de gris oscuro,
tan triste, para mostrar
caminos de colores esperando.

El Navegante de la Pluma


CREACIÓN

Te llevo en mi pensamiento
y sufro mi condena
tal vez resucite
si apareces
pero para no comprometer
tal instante
dejaré en este poema
que vuele por el aire
tu melodía
para compartir el sufrimiento
de que la creación
es cómplice.
Y en una ilusión
nuestra imagen
se diluya
en el mar de las vanidades.

María José Castejón


LA ESTRELLA AZUL

A Rebeca le encantaba admirar las estrellas por la noche. Contemplar cómo titilaban graciosamente, sin una frecuencia regular, contribuyendo con su pequeña dosis de luz al firmamento, era un espectáculo que le llenaba mucho más que la banal realidad del día. Siempre estaba atenta por si alguna variaba su posición o experimentaba algún cambio significativo; pero, sobre todo, sus ojos veneraban aquella de tintes azulados; aquella que hoy parecía comportarse de una forma muy extraña. Era una estrella que nunca había visto hasta hacía algunas noches y que no figuraba en ninguno de sus libros repletos de mapas del cielo.

Se interesó tanto por aquella estrella, que fue de nuevo a por el viejo telescopio para contemplarla mejor; pero, cuando se dispuso a ello, ya no estaba: fue como si no hubiese querido que nadie la viera. Algo desilusionada, comenzó a recoger el instrumento. Era extraño; como astrónoma aficionada, era plenamente consciente de que eso no podía ocurrir, pero los hechos hablaban por sí mismos: ninguna nube en el cielo y la estrella había desaparecido. ¿Habría sido testigo de la muerte de un astro?

Cuando casi se había dispuesto a irse a dormir, recordó los apuntes nocturnos que había hecho su abuelo en los años de juventud. ¿Dónde podían estar? Poco a poco, se iluminó frente a ella la respuesta: en el baúl del ático. Sin pensarlo dos veces, salió decidida hacia las escaleras y comenzó a subirlas con gran emoción. Mientras lo hacía, no pudo evitar pensar en el viejo Tomás, que fue quien realmente le contagió la pasión por las estrellas. Su padre nunca compartió ese sentir especial acerca de aquellos colosos de luz que sólo la lejanía podía convertir en puntos; de hecho, lo consideraba un estigma inocuo pero inútil propio de románticos y soñadores. Mas recordaba perfectamente los mágicos instantes en los que el abuelo señalaba cada estrella y le hablaba de ellas, con su cálido tono de voz, como si hubiera convivido siempre con sus secretos.

“Ésa de allí es Andrómeda, y allá está Orión, con su espada y su cinto. ¿Lo ves? Protege a la doncella del temible Dragón...”

Cuando pronunciaba estas palabras, sus ojos se llenaban de las estrellas de las que hablaba, y su voz se vertía como un caudal inmenso que la protegía en el frío de la noche.

Sin darse cuenta, había llegado ya a su destino. Frente a ella, el cofre de madera que albergaba lo que quería encontrar. Tras abrirlo con gran cuidado, descubrió ante ella un lote de páginas amarillentas enlazadas por un fino cordel. Lo tomó con suavidad entre sus manos inquietas y, estableciendo un puente inesperado hacia sus años de infancia, se dispuso a buscar respuesta a su gran pregunta. Estiró lentamente, como temiendo que un movimiento brusco lo rompiese, y con él también la magia que impregnaba aquellos mapas astrales. Nerviosamente, buscó su estrella. Quería conocer su nombre y lo que su abuelo había escrito sobre ella, pues él siempre adjuntaba un comentario a cada astro. Presentía que las palabras que acompañaran a su estrella condicionarían su futuro. Sin embargo, en el lugar donde debería estar no había nada. Había cientos de puntos y párrafos alrededor, pero ninguno, ninguno de ellos correspondía a su estrella. Y tenía la suficiente experiencia en la visión del firmamento como para equivocarse. Su querido astro no existía. ¡Pero ella lo había visto! Su fulgor era el más variable de todos; tenía tantos matices, que uno no podía cansarse nunca de admirarlos. Sus tonos, aunque azulados, parecían no ser exactamente iguales en cada momento. ¡Todo eso no podía ser mentira!

De repente, todas las habitaciones se iluminaron, en claro contraste con la oscuridad reinante segundos antes. Una luz añil inundó el lugar, y se vio cegada durante unos instantes. Cuando remitió la intensidad luminosa y el destello inicial quedó convertido en un tenue baño azul, alguien o algo pareció susurrar en el oído de Rebeca...

No busques la estrella en esos mapas, Rebeca; no existía cuando fueron escritos. Pero no te preocupes, porque ella, tu estrella, está ahora contigo. Soy yo, y nunca te abandonaré.

Rebeca sintió el calor remanente de la explosión de luz, y conoció en un instante todos los rincones del espacio que se extendía infinitamente delante de ella. Las palabras que acababa de escuchar llegaron hasta el fondo de su corazón, y comprendió perfectamente quién las había pronunciado.

Se sintió feliz de volver a tener cerca aquella cálida voz. Tenía de nuevo el mágico poder de atrapar el Universo en el puño de su mano.

El Navegante de la Pluma


EXILIO

Estoy condenada a un destierro
tan eterno como tu indiferencia.
Soy como los cuatro elementos
de la Madre Tierra.
Soy como el aire que pasa rápido
y juega con tu cuerpo.
Soy como el fuego que quema
en medio de tu pecho,
que sólo lo apaga el agua de mi boca.
Soy como la tierra que pisas
y siempre está bajo tus pies.
Bien sé cuál es mi sentencia
los jueces me condenaron
por un pecado tan inocente
como irresponsable.
Pero cedros del Líbano
saben de nuestro amor,
tan prohibido como apasionado.
Yo a la oscuridad de mi casa,
tú a los rescoldos de una pavesa.
Huye, huye amado mío
al monte de las Balmasedas:
allí te esperaré yo
pero te miré a los ojos y vi la necedad
leyendo en ellos la sentencia final.
Entonces entendí que estaba condenada
a este exilio en soledad.
Tú vives ahora en los rescoldos
de esta loca pasión nuestra.
Yo vivo en este destierro en esta tierra de nadie
ya nadie puede tocarme.
Porque estoy estigmatizada
por el pecado del amor.

Sonia Tolosana


OTOÑO A LAS DIEZ

La nube de polvo se levanta
dejando visibles los cadáveres
de las hojas muertas en el camino.
El viento de otoño sopla los cerros
y como siempre, sólo una palabra:
amor, mil veces amor.
Sólo tú,
evades el otoño en mi alma
limpiando las hojas en tu camino.
Camino, camino y camino
y cuanto más camino
más solo me siento.
Sólo hasta las diez,
cuando volveremos a encontrarnos.
Mas hasta las diez,
el tiempo es eterno sin ti.
Moriría sin ti,
moriría por ti,
por una sola de tus palabras
o por la peor de tus miradas.

El Navegante de la Pluma


PLACER EN VIERNES

Trozos de carne agridulce salpican la visión americana
de los infinitos bocados de canarios picoteando
y otra vez las dulces hadas del hambre comen
entregadas con pasión en el sagrado ritual.
Desaparece la comezón intensa, fuerte aguijón
que taladra el abismo de los idiomas incomprensibles.
He bebido en los procelosos ríos del surrealismo,
he degustado néctar propio de dioses
y he redactado mi último adiós.
Sublimé los sentidos entregados,
apantallé el calor de tus labios perversos
mas nunca placer igual
que el húmedo aroma del manjar.
Eso es todo, ¿qué más quieres?
Un viernes y nocturnos
entre hawaiana y guiris.
No te olvido, ¿qué pretendes?
Llegar en compañía
para quedar siempre.

El Navegante
de la Pluma


INFANCIA

Papá y mamá están tristes
ya no sonríen como antes.
Inundan la casa de juguetes
y me dejan con la abuela que me arropa.
Dicen que hay que trabajar
y que el viernes por la tarde,
a su regreso,
habrá un regalo muy bonito para mí.
Pero mientras llega el viernes
en el colegio cuentan los niños
que mis papás no trabajan,
que mamá está muy enferma
y buscan medicina que la cure.
Por las tardes,
a las cinco vuelvo a casa
y, sin saber por qué,
la abuela llora si le pregunto por mamá.
Seguro que está enferma si trabaja tanto,
pienso yo,
así que ordenaré mis juguetes
y le pintaré un cielo muy azul
para que se pierda en su color.
Los días pasan despacio
y cuando papá viene a casa
me abraza bien fuerte
y me acuna en su pecho.
“No llores más.
¿Por qué no ha venido contigo mamá?
Le he dibujado un caballo blanco
en un playa tan bonita como ella.”
Nadie me da una respuesta,
todos callan en casa,
y en el colegio los niños
dicen que mamá no encontró
ni doctor ni medicina, sólo leucemia,
y que al mirar al cielo todas las noches
ella es la estrella más grande y brillante
dando fuerza a papá
y cantando una inmensa nana para mí.

Namaste


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