NAVEGANTES DE LA PLUMA

Nº 10 - JUNIO 2002
MIRANDO ATRÁS

Llegué al parque en el momento de los casi-casi.
Casi lluvia, casi noche, medias sombras
que mezclaban sus colores atenuadas.
En el paraguas, la canción de las gotas
acompasaba mi paso al ritmo
pacífico de la tranquilidad.
Camino y cielo se confundían
en el mismo azul violeta de primavera.
Colgadas en la semioscuridad,
se encendieron anaranjadas esferas
y la luz dulce esbozó formas fluyentes
de árboles dormidos, escaleras desiertas.
La lluvia, gota a gota, tocaba su partitura
lenta de paciencia y en el aire
se deslizaba la faz sonriente de la ternura.

Malie Berton


RECUERDO

La luz, la llamada del día.
Un alborozo diferente.
Otro aroma.
Las sábanas tan revueltas,
vistas desde el espejo.
Un desierto blanco
bajo la almohada
y el mismo deseo de ti.
El cansancio de ayer,
la ignorancia de mañana.
El recuerdo nunca certero
de un pasado dibujado.
Pero no estás aquí
y mis lágrimas te llaman.
Borrosa tu figura,
se recrea en la cabecera
y recorro un perfil de vida
preguntando dónde estás.
Mas las paredes
son malas consejeras
para un corazón triste.

El Navegante de la Pluma


CCCXVII

He escrito poemas
de nombres perdidos
que nunca tuvieron
un oído atento.
Palabras sin dueño
que ahora regresan
en la memoria
de importantes fechas.
Hoy voy a recordar,
leerlos de nuevo
y buscar a alguien
que quiera escucharlos.

Nauta


SI PUDIÉRAMOS CAMBIAR EL MUNDO

Los niños ya no corren por el parque.
La gente ya no cree en el amor.
Ya casi no nos reconocemos en la calle.
Los hermanos dejaron de ser hermanos
y los que un día clamaron ser nuestros amigos
nos traicionaron por menos de nada.
La tierra está muerta,
la codicia de los hombres acabó con ella.
Ya no recuerdo qué se siente
cuando un nuevo amanecer se alza frente a mí.
Ya no puedo sentir las olas del mar,
no puedo oír cantar a los pájaros,
ni siquiera notar la brisa de la mañana.
La esperanza fue aniquilada
y mis sueños por ver un futuro mejor
desaparecieron sin dejar rastro.
Si pudiéramos cambiar el mundo
podríamos encontrar un lugar más humano
para poder vivir todos con más dignidad.
Si mi corazón fuese libre,
no vagaría desnudo por el sucio éter.
Si todas las mujeres del mundo alzaran su voz,
si todos dejáramos de lado nuestras diferencias,
existiría un paraíso llamado Tierra.
Si todos pudiéramos gritar alto,
todas las flores del mundo olerían a libertad.
Si yo pudiera sentir lo que no siento,
alcanzaría el cielo con sólo pensarlo.
Ojalá cuando termines de leer estas líneas
podamos decir todos que ahora sí,
que hemos podido cambiar el mundo.

Emilio Gómez


MUÑECA INVERNAL

Era aquella una tarde de enero fría y solitaria; las pocas personas que deambulaban por las olvidadas aceras del invierno caminaban deprisa, hacia un lugar cálido donde seguramente alguien aguardaba su llegada, donde la paz invadía todos los rincones. Sin embargo, sus manos, cubiertas por las huellas indelebles del tiempo, estaban medio congeladas, incapaces de hallar cobijo en los raídos bolsillos del abrigo.

Se encontraba nervioso; quizá alguien lleno de ilusiones se sintiese decepcionado al ver sus ojos apagados y sus manos vacías. Caminaba buscando la cifra justa que le permitiese llenar esa esperanza, pero se le agotaban las posibilidades y el tiempo. Por fin, tras un cristal deslucido, con un cierto grado de opacidad fruto del polvo de los años, pudo divisar el regalo: una muñeca preciosa, un magnífico presente con el que devolver la ilusión a su pequeña; quizá, incluso, un sucedáneo de trapo a esa madre que siempre faltó; el último abrazo antes de abandonarse al sueño cada noche. Pero, por desgracia, el precio marcado excedía con creces lo que podía permitirse.

Sin embargo, la atracción hacia esa muñeca era inmensa. Clavó sus ojos negros en la mirada inmóvil de ella y tuvo la certeza de que debía hacer todo lo posible para llevarla consigo. Un último rayo de sol se reflejó sobre el cristal del escaparate, como si fuera una señal.

La pequeña damisela, acurrucada junto a la chimenea, alumbró con su mirada la habitación cuando contempló fascinada aquella muñeca oculta tras los pliegues del abrigo de su padre. No se fijó, sin embargo, en los rasguños que éste tenía en las manos ni en el moratón que lucía su mejilla derecha, como si alguien lo hubiese golpeado por un delito cometido.

Sus ojos lo decían todo. Por esa sonrisa merecía la pena todo el esfuerzo, todo el dolor. Ese daño siniestro que se agolpaba en su pecho y que hacía tanto mal como una promesa rota o un hasta siempre. Sus manos, siempre firmes, temblaban de emoción al tenderle el regalo.

Y ella nunca sabría que su padre había peleado por conseguirla. Sí: había conseguido el dinero necesario para comprarla en las peleas clandestinas de los barrios bajos. Pero todos esos golpes, y muchos más, bien habían merecido la pena.

La pequeña alargó sus pequeñas manitas blancas hacia la preciada muñeca; él sonrió mientras miraba la escena con un gesto de hombre honrado, con la expresión que una dura jornada deja en cualquier trabajador. Y la niña le devolvió la sonrisa, con la incuestionable seguridad de tener un padre idílico.

El Navegante de la Pluma


CINCO OCASOS

Cinco veces he pensado en ti esta tarde
y he tenido que inventarte lentamente,
trazar líneas inseguras e inconexas
sobre hojas amarillas de papel.

No recuerdo ya el color de tu mirada,
ni siquiera tus palabras, tus silencios,
pero vives en mis sueños, que no es poco,
y no olvido que ésa es mi realidad.

Diluida tu presencia, siempre etérea,
en la niebla no se aprecian los contornos,
en la sombra se deshacen las quimeras
y perecen, suavemente, los latidos.

Quisiera poder creer eso que dicen,
que me observas desde el cielo sonriendo,
pero la luna confirma mi paciencia
y vomita tu ausencia sobre el suelo.
Y no puedo creerlo.

El vacío ha taladrado mis paredes,
agujeros que transpiran cada verso;
son heridas que se abren en la noche
infectadas por un cierzo de oración.

Cállense, voces inmundas, labios necios,
en la iglesia las campanas han cesado,
guárdense sus condolencias tan ajenas,
remolinos de conciencia arrepentida.

Sin máscara, ojos falsos que recelan,
memorias que no recuerdan.
Cinco veces he pensado en ti esta tarde,
cinco ocasos en la noche del dolor.

María Mateo


INÚTILES RECUERDOS

Con la ternura del alba
que lo acaricia todo,
con la sonrisa del viento
recién nacido en la mañana,
con el suave rumor
de las ramas de los árboles,
con el tiempo perdido
en un pasado remoto,
con la memoria oscura
por un reloj obsesivo,
recorro ese camino
de frutales ya viejos
y envejezco lentamente
caminando en tu jardín,
aparto las hojas a mi paso
buscando tu mirada perdida
y el olvido me acecha
desde el pasado que fue nuestro.

El Navegante de la Pluma


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