NAVEGANTES DE LA PLUMA

Nº 10 - JUNIO 2002
MIRANDO ATRÁS

EDITORIAL

El fuerte oleaje se siente notar desde cubierta una vez más, restallando con un tono quejumbroso pero rebosante de orgullo. Ocho años han ido humedeciendo y socavando nuestro bravo navío; demasiado tiempo ya para no sentir la tentación de hacer un guiño de complicidad al pasado.

Constantemente comprobamos que no somos tan sólo un conjunto de grumetes, arrieros y oficiales que actúan separadamente; esto ocurre con tanta frecuencia que hemos sentido la necesidad de recopilar, entre otras obras, aquellas que han nacido fruto de la colaboración de los navegantes.

Lejos de ser un paso atrás, vemos en esta iniciativa una excelente oportunidad para actualizar nuestra nave, para cambiar madera por metal y levantar el vuelo hacia nuevos horizontes. Mientras esto sucede, este diario de a bordo servirá para calmar nuestra sed, y confiamos que también la vuestra.

Buen viaje.

El Navegante de la Pluma


CADÁVER EXQUISITO I

Te mostraré el camino
a los lugares sin retorno.

Mece la luna
tu brillo insondable
de felicidad.

Y unos labios musitaron
vocablos olvidados
en una memoria
siempre frágil.

Creo que esta vez
no haré ningún comentario:
el espejo siempre miente.

¿Crees que correr hacia atrás
sería más útil?

El tintineo
de las cuentas del rosario
calma su mente.

Un soplo renovado
acarició su mejilla.

Tengo ganas...
de comerme un melocotón
a las dos de la mañana
y un vaso de locura
en un café perdido.

Y, por fin, comprenderás
qué me impulsó amarte.

El Navegante de la Pluma


ÁGUILA TRISTE

La llave de tu silencio
se cayó en el abismo
de una tarde fría
como tu propio cuerpo.

Constante tu mirada
en el techo infinito,
donde las raíces del recuerdo
mueren en un segundo.

Ya no puedo oírte,
tarde llegué en el momento
en que las nubes de la vida
ocultaron tu llama.

Se amilanó la esperanza
en los ojos del águila
que protege tu sueño
en el lecho de los siglos.

Elisabet Garrido


UN PATO MUY ESPACIAL

Aquel día fue histórico para la pequeña localidad de Ciudad Silvestre. Uno de los suyos había conseguido por fin legar su nombre a la posteridad: Paquito, la mascota del huraño vendedor de carne, iba a ser el primer pato que ponía los pies –más bien las patas- en la Luna. ¿Cómo era posible que semejante animal llegase tan lejos? Lo que figura a continuación es una somera y pobre narración de una epopeya tan magnífica que harían falta miles y miles de páginas para hacerle justicia.

Nadie recordaba ya qué criterios -en el caso de que éstos hubieran existido- habían sido estimados para que aquel mísero y recóndito poblacho fuera escogido por la Comunidad Espacial Europea para su experimento. De igual modo, se perdía en la memoria qué razón o azar había determinado que fuese Paquito el conejo de indias para realizar el peculiar viaje. Nadie se había fijado en ese deslustrado pato en años, y costaba creer que alguien decidiera contar con él para cualquier cosa.

Y, sin embargo, él había sido el elegido. Y no sin feroz competencia: detrás habían quedado criaturas tan ilustres como Saurín, la lagartija capicúa del herrero, o Plumífero, el inefable canario de doña Virtudes. Todos ellos habían sucumbido ante las arrolladoras cualidades selenitas que Paquito había demostrado tener. Había resultado ser, sin duda alguna, un pato ejemplar. El Pato entre los patos.

Fue una mañana de abril; el sol había salido por primera vez tras una semana de densas nubes y pertinaces lluvias, y todo el mundo disfrutaba de unas horas perfectas. Irrumpiendo en medio de la calma un coche, de esos de anuncio de televisión, surgió en la lejanía para concluir su recorrido en la plaza del pueblo. Era la señal: poco tiempo quedaba para el legendario momento en que Paquito subiese a la cápsula espacial.

Las puertas del brillante automóvil se abrieron para dejar paso, entre otros, al presidente del gobierno. Alzó las manos pidiendo tranquilidad y asegurando vehemente que España seguía yendo bien; subrayó, asimismo, la suerte que tenía la nación de que un palmípedo hispánico de nombre tan castizo fuera a viajar al afamado satélite. Con un gesto de complacencia y un guiño travieso recordó que aquel era, por supuesto, otro de los éxitos de su impecable gestión al frente del país.

Paquito tenía todo lo necesario para que su travesía fuese lo más placentera posible: el equipaje estaba bien provisto de ganchitos, triskis, tarta de queso, varios especiales del Play-Boy y dos cintas de video con los últimos programas de Gran Hermano.

Todo fue tan rápido que el lanzamiento se antojó un sueño para los habitantes de Ciudad Silvestre. El emplumado astronauta había desaparecido en un parpadeo, y casi sin darse cuenta ya se sentían ansiosos de que volviera.

El viaje duró seis meses y pico –y es que no puede haber pato sin pico-, pero al cabo de ese período la cápsula apareció de nuevo en el cielo anunciando su inminente aterrizaje. La larga espera había terminado.

Cuán grande fue, sin embargo, la sorpresa de los lugareños al comprobar que Paquito, el pato de patos, no se hallaba entre la tripulación que acababa de regresar. Desconcertados y llenos de decepción, los asistentes preguntaron a los hombres del espacio acerca de la suerte de su idolatrado convecino. Fueron respondidos con un tenso silencio inicial y luego, finalmente, uno de ellos reconoció:

-No podemos decírselo. Lo siento. Le prometimos guardar el secreto.

Semejante contestación no convenció a nadie, y mucho menos a Saurín, que frunció el ceño antes de inquirir con arrojo:

-No se lo habrán comido, ¿verdad?

Los allí congregados contuvieron el aliento y observaron expectantes a los astronautas. De nuevo el sepulcral silencio; luego, la apagada confesión.

-No hubo más remedio –dijo alguien.

-La misión dependía de ello –le apoyó un segundo.

-Su sacrificio fue fundamental –sentenció el último.

El pueblo entero se quedó paralizado, sumergiéndose en un escalofriante mutismo. Sólo Plumífero pareció componer una mínima reacción, derramando sobre la arena una conmovedora lágrima. Nadie podía asumirlo. Nadie quería creerlo. Paquito, su Paquito, había sido inmolado por esos salvajes.

Incontrolable, una idea brotó entonces en la mente de los provincianos. Había todavía una manera de volver a tener a Paquito en su corazón para siempre. Al fin y al cabo el desdichado pato era ya parte integrante de los recién llegados.

Sin pronunciar palabra, las gentes del pueblo empezaron a rodear siniestramente a los desalmados astronautas.

El Navegante de la Pluma


EL VIEJO SANTUARIO

Elevó su espada el ángel,
al demonio ha encadenado,
lo precipita al abismo,
por mil años lo ha encerrado.

Así se cumple de nuevo
lo que unos ojos leyeron
en algún antiguo libro
de un reino que fue olvidado.

Y en el viejo santuario
se representa una escena:
en un sagrado retablo
es derrotada la bestia.

Guerras, odio, pena y hambre.
La tierra que hemos sembrado,
banderas de color sangre,
lucha hermano contra hermano.

Y en el viejo santuario
se representa una escena:
en un sagrado retablo
es derrotada la bestia.

Iván López


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