NAVEGANTES DE LA PLUMA

Nº 10 - JUNIO 2002
MIRANDO ATRÁS

ME IMPORTA

Me importa que todos
podamos tener un amigo
con el que compartir
nuestra particular locura.
Me importa que haya
más gente romántica
con un cuerpo que abrazar
y menos hipócrita mujeriego
con suerte.
Me importa que las estrellas,
la magnánima luna y la noche
se calen hondo en mis huesos
y en mis vísceras.
Me importa saber
que haya gente a la que no le duela soñar.
Me importa que este poema
sea un trozo de ti.

Nacho Giménez


NUEVO DÍA

Deja de hacer preguntas a ese cielo
que no escucha tus súplicas,
deja de elevar tu voz
a ese Dios siempre indiferente.
Escucha al hombre
que puede tocar tu rostro
y pídele que te muestre el camino
antes de que anochezca.
Olvida el mundo angustiado
que atormenta tus sentidos
y duerme complacido
en el lecho de tu mente.
Porque cuando nada quede,
quedará el olvido.
Por eso coge este momento
y llénalo antes de que acabe.
Un nuevo día llama a nuestra puerta
y no es tarde para la respuesta.

El Navegante de la Pluma


EL PEQUEÑO AFILADOR

Todo empezó el día en que el chico decidió tirar a la basura todos sus desgastados y descoloridos sacapuntas de plástico y comprar uno de calidad, uno metálico. Acudió ansioso a la tienda y, tras procurarse lo que buscaba, salió orgulloso de ella. El sacapuntas era de un tono plateado mate, de fina textura y elegantes contornos. Hacía gala igualmente de una cuchilla tan reluciente como precisa y eficaz: había realizado una gran adquisición.

Al llegar a casa, Nacho se apresuró a probarlo. Sacó del cajón del escritorio su caja nueva de pinturas y afiló a conciencia una de ellas, la amarilla. Al terminar, el resultado era tan magnífico que el lápiz de color parecía recién salido de la serrería; refulgía como un pequeño sol. Pero no sólo el muchacho comprobó su brillante labor, sino que nuestro flamante sacapuntas se apercibió igualmente de lo bien que había perfilado a la pintura. Era la primera vez que alguien lo usaba, y estaba eufórico porque había hecho su tarea a la perfección.

El chico, encantado, se llevó el sacapuntas al colegio y comenzó a usarlo diariamente en clase de Dibujo. ¡Qué bien cortaba! Su diminuto tesoro se convirtió pronto en la envidia de todos los compañeros, que ya no podían mirar los suyos propios sin compararlos con el de Nacho.

Por su parte, nuestro pequeño útil metálico estaba feliz. Disfrutaba ayudando a sus amigos los lápices, dándoles un aspecto impecable y asegurando su buen estado. El hecho de que su dueño utilizara las pinturas una y otra vez no daba la impresión de notarse, pues él las volvía a afilar y les devolvía su noble apariencia.

El tiempo fue pasando. La fama del sacapuntas de Nacho se había extendido ya por todo el colegio y todos se deshacían en elogios en su presencia. Haciendo un símil humano, e inevitablemente, podríamos decir que a nuestro afilador se le empezaron a subir los humos y no tardó en creerse superior a los demás. Primero despreció a los otros como él, que eran de plástico y de colores opacos, insustanciales; más tarde se negó a sacar mina a la pintura negra y a la gris, porque se le antojaban sombrías, opresivas y antiestéticas. Podían manchar su reputación. Además, los lápices que Nacho compraba no podían ser ya cualesquiera: tenían que ser de marca conocida, porque si no ya no era lo mismo. Si alguna vez esto no era así, hacía caso omiso de las pinturas. Él era demasiado bueno e importante para andar jugueteando con materiales baratos.

Durante varios años, el sacapuntas siguió haciendo su trabajo con admirable eficiencia. Siempre que él actuaba, el extremo del lápiz correspondiente quedaba como nuevo; el hecho de que su tamaño fuera decreciendo con cada sesión quedaba relegado a un segundo plano. Al fin y al cabo, Nacho las reponía periódicamente, y todo volvía al principio. Bueno, a decir verdad, no reponía todas. Como el chico apenas usaba el negro y el gris, y además el afilador se negaba a sacarles punta, estas pinturas permanecían semiocultas en un rincón de la caja, desdeñadas, abocadas al olvido y prácticamente intactas. Ninguna de las dos podía disimular su tristeza, pero ambas sabían que no podían hacer nada para modificar la situación.

El muchacho creció y pronto el sacapuntas descubrió que aquél ya no restauraba las pinturas gastadas con tanta frecuencia. De repente, no lo hizo más. Se agotaron decorosamente el rojo, el verde y el marrón, y no hubo sustituto alguno. Todos los lapiceros fueron desapareciendo poco a poco, ineludiblemente. Para mayor desconcierto y ofensa, hacía un tiempo ya que unos extraños ocupaban el estuche de Nacho. Él los llamaba bolígrafos, o bolis, y también eran capaces de generar varios colores. En un primer momento, el afilador no le dio mucha importancia, porque se dio cuenta de que aquella maldita sustancia llamada tinta no se podía borrar. Pero luego llegó algo llamado corrector, o tippex, y entonces quedó patente de modo definitivo que ya no había remedio. Nuestro sacapuntas asistió atónito e impotente a la flagrante traición de su dueño: Nacho abandonó primero las pinturas y luego los lápices que, en el colmo del desastre, dejaron su lugar a otros invasores, los portaminas.

Y fue así como se quedó el arrogante afilador, solo, aburrido, invisible en el fondo de la caja. No se le concedió compañía alguna, a excepción de las dos pinturas que antaño él mismo había marginado, cuando era el más famoso y deseado entre sus iguales. Allí continuaban todavía el negro y el gris, igual de tristes pero con una sonrisa maliciosa que parecía indeleble. Contemplaban al sacapuntas sin inquina ni rencor; lo hacían casi compasivamente. Ellos habían asumido hace mucho su resignada suerte, pero había sido mucho más fácil porque nunca se habían creído más de lo que eran y habían permanecido juntas. Algunas veces oían llorar calladamente al sacapuntas, y preguntarse en voz alta por qué su dueño le había repudiado y desechado, dadas las veces que había aguzado minuciosamente sus lapiceros y siendo que había hecho tantas cosas por él. Las pinturas siempre permanecían en silencio, ignorándole; mas no por despecho ni por tomarse la revancha, sino más bien porque no había nada que decir. Prefirieron otorgarle tiempo para darle opción a que comprendiera sus equivocaciones y, si llegaba el caso, aprovechara la oportunidad de enmendarse y empezar de nuevo.

Los días pasaron. La calma y la reflexión, así como el propio tiempo, se encargaron de ir retirando la melancolía y la congoja del alma del sacapuntas, y le trajeron nuevas conclusiones. Paulatinamente, fueron despertando en él una determinación. Enfrentando con valentía su gran error, decidió desterrar para siempre de su ser el orgullo y la autocomplacencia. De bien poco le habían servido cuando las circunstancias se habían tornado del todo adversas. Del mismo modo, reprochándose dolorosamente su desbordante necedad pretérita, rompió su absurda e injusta negativa a hablar con las pinturas. Desterrando para siempre la soberbia, se deshizo en disculpas ante ellas, sin admitirse excusas. Las otras, aunque un tanto recelosas al principio, no la rechazaron; gradualmente, fue naciendo un fuerte respeto y afecto mutuo. Unidos ahora, se instaron recíprocamente a asumir los cambios inexorables que los años y el progreso traían siempre consigo y aprendieron a superar su tristeza.

Y allí se quedaron los tres; allí, en el fondo de la caja.

Olvidados, pero nunca más solos.

Fernando Lafuente


SUSPIROS DE MAR

Nubes en el cielo de octubre,
cruel presagio de tormenta.
El mar se agita fuertemente
en las rocas del puerto
mientras las gaviotas
vuelan en círculo
sobre aguas espumosas.
Un rayo hiere la mar
y ésta ruge de dolor.
El cielo oscurece,
la tormenta avanza.
Tormenta, espejo de mi alma,
quizá símbolo de mi destino;
destino oscuro y cruel,
que aceptaré sin demora:
no tenerte a mi lado.
La lluvia cae
y regreso al faro:
otro siete de octubre,
como siempre, desolado,
como siempre, sin ti.

El Navegante de la Pluma


LA CHICA MÁS DELICIOSA DEL MUNDO

Érase una vez
la chica más deliciosa del mundo,
tan increíblemente dulce
que los hombres nos sentíamos incapaces
de amarla hasta el límite.
¡Siempre había más! Más al fondo,
superándonos

Tenía la chica más deliciosa del mundo
los ojos tan tristes como retazos
habíamos cosido a su corazón de azúcar.
Conseguía ponernos de acuerdo
y hacernos sentir una mierda,
sin ánimo de alcanzarla
la dejábamos huir al soltar sus manos.

Lamía bien nuestros sexos
regaba de tenues besos nucas egoístas.

Cuanto más sonreía con sus ojos grandes
más adivinábamos en ella
el poso de tristeza
que seguíamos sembrando, uno tras otro,
renaciendo con mayor dificultad
de sus propias miserias.

La chica más deliciosa del mundo
estaba siempre demasiado cerca
y queríamos sentirnos lejos, muy lejos,
únicos e inalcanzables, cobardes.

Uxue Arbe


¿DÓNDE?

En el pasado,
en un pueblo muy pobre,
desastre de agua.
Nada de comer.
En el pasado,
en una tierra viva,
la vida fue muerte.
En el pasado,
un pueblo sufrió:
una guerra,
un desastre,
no hubo esperanza.
Maldita tierra
donde nada vivo creció,
maldita esperanza
que nos hizo soñar.
¿Dónde estabas?
No pudiste
o no quisiste hallarme.
En el pasado,
hubo un desastre peor
porque no calmabas
mi gran angustia.
Me abandonaste.
Y los pasados
se funden en presentes
y estoy solo,
afligido,
vacío,
sin ti.

El Navegante de la Pluma


NO ESTÁS AHÍ

A veces, cuando es de noche
mientras todos duermen miro
aquellas fotos antiguas
que me permiten ser niño.

Y al rescatar esos días
de las garras del olvido
me pregunto qué perdí
qué se quedó en el camino.

Hoy es fácil colocar
cada elección en su sitio
pero entonces no lo fue:
somos lo que decidimos.

Mas no quiere el corazón
aceptar este destino
y me pregunta el porqué
y por qué no estás conmigo.

Yo no sé qué contestar.
Veo clases, veo libros
veo exámenes y notas
y un pasado que no es mío.

Me recuerdan lo que soy:
el adulto ya crecido.
Pero tú no estás ahí
y por ti pregunta el niño.

Christian Glaría


RÍO PROFUNDO

El cielo ha llorado
dejando su tristeza
esparcida por la calle.
El viento nos ha sorprendido
en una esquina de soledad
al calor de un recuerdo.
El mar sigue tocando
mis fríos pies
en la noche de la playa.
Cielo, viento, mar...
infierno de ayer que abrasa,
calma que torna en angustia:
río profundo, mi desdicha.

El Navegante de la Pluma


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