Primero, fue la luz de la mañana.
Era clara, nueva, apenas nacida
pero lejos se fue y con su partida
la ilusión se escapó por la ventana.
Después, la luz del mediodía ufana
se introdujo por sorpresa en mi vida;
duró, mas al fin me dejó una herida
profunda con una seria desgana.
Con fuegos rojos, ahora atardece
y otra vez de la luz me he enamorado,
se acerca la noche y su imagen mece
mi sueño cuando en la cama acostado
recuerdo la luz pero no parece
que mi hado maldito hubiera cambiado.
Nauta
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